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ALMANAQUES
Y CALENDARIOS 2008
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Los ALMANAQUES,
a lo largo de su historia, han ofrecido
de todo: desde los antiquísimos conocimientos astrológicos y los
consejos médicos a ellos ligados, hasta las doctrinas religiosas,
el teatro, la música, la historia, la política,
la filosofía, las ciencias, la navegación (almanaques astronómicos),
las noticias de sociedad, el comercio, toda actividad humana y
todo conocimiento.
Los
ALMANAQUES han sido siempre calendarios con contenidos
dosificados día a día, constituyendo por ello una apreciadísima
alternativa de los libros y las revistas especializadas.
Fieles
a esta memorable tradición, Los editores de EL ALMANAQUE ofrecemos, además
de la edición diaria completa, los siguientes ALMANAQUES ESPECÍFICOS,
con el objeto de que cada uno pueda elegir el de su preferencia
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Más
en http://www.elalmanaque.com/Calendarios/index.htm
CALENDARIO
AZTECA
Cuando
llegó Hernán Cortés a México, el calendario azteca acababa de ser
reformado, y el año empezaba el día 1 de Atlacalmaco,
que coincidía con nuestro 1 de marzo. No está claro si fue el mes o la
“semana” la más antigua
unidad de medida de los días. De todos modos, en todos los calendarios
de la historia vemos cómo son los días de mercado los que marcan la
cadencia de las semanas (en algunas lenguas se usa la misma palabra para
denominar la feria o mercado y la semana). Entre las culturas
centroamericanas se instituyó la celebración del mercado cada 5 días
y por tanto la semana de 5 días (fue la sacralización del número 7 en
nuestra cultura lo que determinó que nuestra semana sea de 7 días). La
siguiente unidad era el mes
de 20 días, con un total de 18 meses al año, que sumaban 360 días.
Para
completar los 365 días del año solar (366 los bisiestos, que también
los tenían) añadían al final del año los 5 (o 6) días llamados nomentemis,
que dedicaban íntegramente al placer y la diversión; en esta última
semana del año no había feria,
para no interrumpir las celebraciones. Algo muy parecido a las
saturnales romanas y las navidades cristianas con que se despide el año
viejo y se recibe al nuevo.
El
hecho de que las culturas de centroamérica no hubiesen desarrollado la
escritura, no representó ningún impedimento para el desarrollo de un calendario
perfecto. Asignaron nombres con los respectivos pictogramas a los 20 días
del mes (1 flecha, 2 tigre, 3 águila,
4 cuervo, 5 los cuatro movimientos del sol, 6 pedernal, 7 lluvia, 8 flor,
9 serpiente armada de harpones, 10 Ehecatl (el gran dios Ketzalcoatl en
figura de viento), 11 casa, 12 lagartija, 13 culebra, 14 muerte, 15 venado,
16 conejo, 17 agua, 18 perro, 19 mona, y 20 hierba).
De
este modo era fácil representar el desarrollo del tiempo. Parece que antes
de llegar a este nivel de denominación, sólo tuvieron cuatro nombres (como
una semana de 4 días) que se iban repitiendo hasta completar el mes.
Estos nombres eran ácatl,
tepatl, calli y tochtli,
que representaban a los cuatro astros (Sol, Luna, Venus, Tierra), a los
cuatro vientos, a las cuatro estaciones, o a los cuatro elementos.
Parece que desde muy antiguo dividían el año en cuatro estaciones; que
se guiaban por los equinoccios y los solsticios; y que dividieron el día
en 16 “horas”: 8 laborables, desde la salida a la puesta del sol, y
las 8 restantes de descanso.
Al
igual que ocurrió en el viejo continente, los calendarios avanzaban con
las respectivas culturas. Por más que en los mitos respectivos cada uno
aparezca como iniciador del tiempo, el caso es que los calendarios maya,
nahoa y azteca pertenecen a una misma fuente cultural. En el año 249 a.
de J.C, cuando el calendario romano era un auténtico caos, y aún
faltaban siglos para la reforma juliana que instituyó los años
bisiestos, en ese año se reunieron los sacerdotes de las tribus nahuas
para corregir las desviaciones de su calendario, introduciendo el año
“bisiesto” (la repetición cada cuatro años del último de los días
nomentemis). Esta reunión
tuvo lugar en Huehuetlapallan, una de las siete ciudades mexicanas que
formaron Chicomoztoc, la ciudad mexicana más importante de los
nahuas.
Instituyeron
también el período de 52 años, formado por cuatro haces o gavillas de
años (13 x 4). Con esta ocasión en que ajustaban exactamente el
calendario al sol, celebraban una extraordinaria fiesta religiosa en la
que se extinguía el fuego viejo y se encendía un nuevo fuego sobre el
cuerpo de la víctima humana que con esta ocasión se iba a sacrificar.
Todos los fuegos del imperio se extinguían antes de tan gran ceremonia
(en épocas, los días nomentemis
que la precedían tuvieron carácter de duelo, penitencia y sangrientas
disciplinas, simbolizando la preparación para el fin del mundo); y
después de la gran oscuridad, llegaba la explosión de la luz:
infinidad de antorchas encendidas en el fuego nuevo de la pira del
sacrificio, partían en dirección a todas las ciudades y poblados. Es
de notar el singular paralelo con la celebración judeocristiana de los
jubileos cada 49 años (7 x 7), siendo el quincuagésimo, el año
jubilar.
Mariano
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MESOAMERICA:
OLMECAS, MAYAS, AZTECAS
de AIMI, ANTONIO
Editorial: ELECTA 2003
11.90 €
El
descubrimiento de América coincidió con el momento en que el
imperio azteca había alcanzado el apogeo de su esplendor artístico,
arquitectónico y urbanístico. Las colosales pirámides rituales
de Tenochtitlán, la capital destinada a convertirse en Ciudad de
México, constituyen el capítulo que concluye la historia
milenaria de las civilizaciones de Mesoamérica. Los restos de las
antiguas ciudades emergen hoy en contextos naturales fascinantes,
desde la costa atlántica hasta el altiplano mexicano, desde la
península del Yucatán hasta los bosques a orillas del Pacífico.
Edificios, esculturas, orfebrería, pinturas y códices que nos
remiten a una página extraordinaria de la historia del arte y la
civilización universales.
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