EL ALMANAQUE  - 12 Meses 12 Causas 

1ª CAUSA - No Violencia y Paz

Donna Race - Radiance of Peace
Radiance of Peace
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12 meses, 12 causas 

Para las calendas se hicieron los calendarios. Ayer las calendas fueron las lecturas e incluso las representaciones religiosas en que se recordaban la vida y prodigios de los santos que sirvieron de patrones de conducta a nuestros antepasados. 

Hoy, sin rechazar éstas, que son un precioso legado de la tradición, conviene ofrecer alternativas acordes con las conciencia actual. 

En un almanaque moderno debe haber además de las tradicionales, otras calendas, y han de referirse a tantas causas que tenemos pendientes. 

Por eso, igual que la iglesia instituyó el santoral, empezando por llenar unas pocas casillas de todo el año, y acabando por llenarlas todas; así también la UNESCO, el organismo de las Naciones Unidas que ha asumido la responsabilidad de velar por la educación, la ciencia y la cultura a nivel global, ha creado sus propias calendas, que son los días dedicados en todo el mundo a una causa determinada. 

EL ALMANAQUE quiere contribuir a consolidar esta meritoria línea cultural, dedicando cada uno de los 12 meses del año a una causa, y atendiendo a los días mundiales que se van sucediendo a lo largo de cada mes. 

Serán nuestras calendas especiales, expuestas en los respectivos calendarios que ofrecemos en esta sección. Ofreceremos en cada caso nuestros materiales, complementados con enlaces a lo mejor que hay en la red con respecto a cada tema. 

Confiamos en que quienes dedican algún tiempo a su propia formación o a la de otros, encontrarán en esta nueva formulación de EL ALMANAQUE los materiales que les permitan abordar cada uno de los temas a los que se dedican meses y días, con amplitud y con profundidad.

 


ENERO - JANUARY 
LUNES MARTES MIÉRCOLES JUEVES VIERNES SÁBADO DOMINGO

 

 

 

 

 

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Dia Mundial de la Lepra

 

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Día Escolar de la No Violencia y de la Paz

 

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Portada | Febrero

30 de enero Día Escolar de la No Violencia y de la Paz

Este día se celebra cada año el 30 de enero, desde 1964,
en el aniversario de la muerte del Mahatma Gandhi.

Propugna una educación permanente en y para la concordia, la tolerancia, la solidaridad,
el respeto a los derechos humanos, la no-violencia y la paz.

ENLACES DE INTERÉS

Edualter Red de Recursos Educativos de Educación para la Paz, el Desarrollo y la Interculturalidad
Paz y Cooperación http://es.geocities.com/ahimsadenip/denip.spanish.html
Educa en la Red Recursos educativos de educación para el desarrollo.
Sedupaz
Seminario de Educación para la Paz de la Asociación Pro-Derechos Humanos de España.
AI-Paz Asociación Española de centros de investigación por la paz
IEARN
Red educativa internacional: recursos, proyectos, debates, ...
EIP
Asociación Mundial "Escuela instrumento de Paz".
IPRA
International Peace Research Association
People for Peace
People for Peace Project
Fellowship of Reconciliation MIR-IFOR. Movimiento internacional de la Reconciliación.
JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ PACEM IN TERRIS. Una tarea permanente.
Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II. 1 de enero de 2003

MENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

1 DE ENERO DE 2004

UN COMPROMISO SIEMPRE ACTUAL: EDUCAR A LA PAZ  

Me dirijo a vosotros, Jefes de las Naciones, que tenéis el deber de promover la paz.

A vosotros, Juristas, dedicados a abrir caminos de entendimiento pacífico, preparando convenciones y tratados que refuerzan la legalidad internacional.

A vosotros, Educadores de la juventud, que en cada continente trabajáis incansablemente para formar las conciencias en el camino de la comprensión y del diálogo.

Y me dirijo también a vosotros, hombres y mujeres que sentís la tentación de recurrir al terrorismo como instrumento inaceptable, comprometiendo así, desde la raíz, la causa por la cual estáis combatiendo.

Escuchad todos el humilde llamamiento del sucesor de Pedro que grita: ¡Aún hoy, al inicio del nuevo año 2004, la paz es posible. Y, si es posible, la paz es también una necesidad apremiante.

Una iniciativa concreta

1. El primer Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, al inicio de enero de 1979, se centraba en el lema: «Para lograr la paz, educar a la paz».

Con aquel Mensaje de Año Nuevo se continuaba el plan trazado por Pablo VI, el cual había querido para el 1 de enero de cada año la celebración de una Jornada Mundial de oración por la Paz. Recuerdo las palabras del mencionado Pontífice en el Año Nuevo de 1968: «Sería nuestro deseo que después, cada año, esta celebración se repitiese como presagio y como promesa, al principio del calendario que mide y describe el camino de la vida en el tiempo, de que sea la Paz con su justo y benéfico equilibrio la que domine el desarrollo de la historia futura».(1)

Haciendo mío el deseo expresado por mi venerado Predecesor en la Cátedra de Pedro, cada año he mantenido esta noble tradición dedicando el primer día del año civil a la reflexión y la oración por la paz en el mundo.

En los veinticinco años de Pontificado, que el Señor me ha concedido hasta ahora, no he dejado de levantar mi voz, ante la Iglesia y ante el mundo, para invitar a los creyentes, así como a todas las personas de buena voluntad, a hacer propia la causa de la paz, para contribuir a la realización de este bien primordial, asegurando así al mundo una era mejor, en serena convivencia y respeto recíproco.

Este año siento también el deber de invitar a los hombres y mujeres de cada continente a celebrar una nueva Jornada Mundial de la Paz. En efecto, la humanidad necesita más que nunca reencontrar la vía de la concordia, al estar estremecida por egoísmos y odios, por afán de poder y deseos de venganza.

La ciencia de la paz

2. Los once Mensajes dirigidos al mundo por el Papa Pablo VI han trazado progresivamente las coordenadas del camino a recorrer para alcanzar el ideal de la paz. Poco a poco el gran Pontífice fue ilustrando los diversos capítulos de una verdadera y propia «ciencia de la paz». Puede ser útil recordar los temas de los Mensajes dejados por el Papa Montini para dicha ocasión.(2)

Cada uno de ellos conserva aún hoy una gran actualidad. Incluso frente al drama de las guerras que, al comienzo del Tercer Milenio, todavía ensangrientan las regiones del mundo, sobre todo en Oriente Medio, estos escritos, en algunos de sus pasajes, tienen el valor de avisos proféticos.

Glosario de la paz

3. Por mi parte, a lo largo de estos veinticinco años de Pontificado, he procurado avanzar por el camino iniciado por mi venerado Predecesor. Al comienzo de cada nuevo año, he exhortado a las personas de buena voluntad a reflexionar, a la luz de la razón y de la fe, sobre los diversos aspectos de una convivencia ordenada.

Ha surgido así una síntesis de doctrina sobre la paz, que es como un glosario sobre este argumento fundamental; un glosario fácil de entender para quien tiene el ánimo bien dispuesto, pero al mismo tiempo extremamente exigente para toda persona sensible al porvenir de la humanidad.(3)

Los distintos aspectos de la paz ya han sido ilustrados abundantemente. Ahora no queda más que actuar para que el ideal de la convivencia pacífica, con sus precisas exigencias, entre en la conciencia de los individuos y de los pueblos. Los cristianos sentimos, como característica propia de nuestra religión, el deber de formarnos a nosotros mismos y a los demás para la paz . En efecto, para el cristiano proclamar la paz es anunciar a Cristo que es « nuestra paz» (Ef 2,14) y anunciar su Evangelio que es «el Evangelio de la paz» (Ef 6,15), exhortando a todos a la bienaventuranza de ser «constructores de la paz» (cf. Mt 5,9).

Educar a la paz

4. En el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del 1o de enero de 1979 dirigía ya este llamamiento: «Para lograr la paz, educar a la paz». Esto es hoy más urgente que nunca porque los hombres, ante las tragedias que siguen afligiendo a la humanidad, están tentados de abandonarse al fatalismo, como si la paz fuera un ideal inalcanzable.

La Iglesia, en cambio, ha enseñado siempre y sigue enseñando una evidencia muy sencilla: la paz es posible. Más aún, la Iglesia no se cansa de repetir: la paz es necesaria. Ésta se ha de construir sobre las cuatro bases indicadas por el Beato Juan XXIII en la Encíclica Pacem in terris: la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Se impone, pues, un deber a todos los amantes de la paz: educar a las nuevas generaciones en estos ideales, para preparar una era mejor para toda la humanidad.

Educar a la legalidad

5. En este cometido de educar a la paz, se ve la urgente necesidad de enseñar a los individuos y los pueblos a respetar el orden internacional y observar los compromisos asumidos por las Autoridades, que los representan legítimamente. La paz y el derecho internacional están íntimamente unidos entre sí: el derecho favorece la paz.

Desde los albores de la civilización, las agrupaciones humanas que se formaron establecieron acuerdos y pactos para evitar el uso arbitrario de la violencia y buscar una solución pacífica a las controversias que surgían. Además de los ordenamientos jurídicos de cada pueblo, se formó progresivamente otro conjunto de normas que fue calificado como jus gentium (derecho de gentes). Con el paso del tiempo, éste se fue difundiendo y precisando a la luz de las vicisitudes históricas de los pueblos.

Este proceso tuvo notable auge con el nacimiento de los Estados modernos. A partir del siglo XVI juristas, filósofos y teólogos se dedicaron a elaborar los diversos capítulos del derecho internacional, basándolo en postulados fundamentales del derecho natural. En este proceso tomaron forma, con mayor fuerza, unos principios universales que son anteriores y superiores al derecho interno de los Estados, y que tienen en cuenta la unidad y la común vocación de la familia humana.

Entre todos estos principios destaca ciertamente aquél según el cual pacta sunt servanda: los acuerdos firmados libremente deben ser cumplidos. Ésta es la base y el presupuesto inderogable de toda relación entre las partes contratantes responsables. Su violación llevaría a una situación de ilegalidad y de consiguientes roces y contraposiciones, que tendrían repercusiones negativas duraderas. Es oportuno recordar esta regla fundamental, sobre todo en los momentos en que se percibe la tentación de apelar al derecho de la fuerza más que a la fuerza del derecho.

Uno de estos momentos fue sin duda el drama que experimentó la humanidad durante la segunda guerra mundial: una espiral de violencia, destrucción y muerte, como nunca se había conocido hasta entonces.

La observancia del derecho

6. Aquella guerra, con los horrores y las terribles violaciones de la dignidad humana que causó, llevó a una renovación profunda del ordenamiento jurídico internacional. La defensa y promoción de la paz fueron el centro de un sistema normativo e institucional actualizado ampliamente. Para proteger la paz y la seguridad global, y fomentar los esfuerzos de los Estados para mantener y garantizar estos bienes fundamentales de la humanidad, los Gobiernos crearon una organización específica al respecto –la Organización de las Naciones Unidas– con un Consejo de Seguridad dotado de amplios poderes de acción. Como eje del sistema se puso la prohibición del recurso a la fuerza. Una prohibición que, según el conocido Cap. VII de la Carta de las Naciones Unidas, prevé únicamente dos excepciones. Una confirma el derecho natural a la legítima defensa, que se ha de ejercer según las modalidades previstas en el ámbito de las Naciones Unidas; por consiguiente, dentro también de los tradicionales límites de la necesidad y de la proporcionalidad.

La otra excepción es el sistema de seguridad colectiva, que atribuye al Consejo de Seguridad la competencia y responsabilidad para el mantenimiento de la paz, con poder de decisión y amplia discrecionalidad.

El sistema elaborado con la Carta de las Naciones Unidas debía haber preservado a «las futuras generaciones del azote de la guerra, que dos veces, en el arco de tiempo de una vida humana, ha infligido indecibles sufrimientos a la humanidad».(4) En los decenios sucesivos, sin embargo, la división de la comunidad internacional en bloques contrapuestos, la guerra fría en una parte del globo terrestre, así como los violentos conflictos surgidos en otras regiones y el fenómeno del terrorismo, han producido un alejamiento creciente de las previsiones y expectativas de la inmediata posguerra.

Un nuevo ordenamiento internacional

7. Sin embargo, es preciso reconocer que la Organización de las Naciones Unidas, incluso con límites y retrasos debidos en gran parte al incumplimiento por parte de sus miembros, ha contribuido a promover notablemente el respeto de la dignidad humana, la libertad de los pueblos y la exigencia del desarrollo, preparando el terreno cultural e institucional sobre el cual construir la paz.

La acción de los Gobiernos nacionales recibirá un gran impulso al constatar que los ideales de las Naciones Unidas están muy extendidos, especialmente a través de los gestos concretos de solidaridad y de paz de tantas personas que trabajan en las Organizaciones No Gubernativas y en los Movimientos en favor de los derechos humanos.

Se trata de un significativo estímulo para una reforma que capacite a la Organización de las Naciones Unidas para funcionar eficazmente en la consecución de sus propios objetivos estatutarios, todavía válidos: «la humanidad, enfrentada a una etapa nueva y más difícil de su auténtico desarrollo, necesita hoy un grado superior de ordenamiento internacional»(5) Los Estados deben considerar este objetivo como una precisa obligación moral y política, que requiere prudencia y determinación. Renuevo a este respecto el deseo formulado en 1995: «Es preciso que la Organización de las Naciones Unidas se eleve cada vez más de la fría condición de institución de tipo administrativo a la de ser centro moral, en el que todas las naciones del mundo se sientan en su casa, desarrollando la conciencia común de ser, por así decir, una “familia de naciones”».(6)

La plaga funesta del terrorismo

8. Hoy el derecho internacional tiene dificultades para ofrecer soluciones a las situaciones conflictivas derivadas de los cambios en el panorama del mundo contemporáneo. En efecto, estas mismas situaciones cuentan frecuentemente entre sus protagonistas con agentes que no son Estados, sino entes derivados de la disgregación de los Estados mismos, o vinculados a reivindicaciones independentistas, o bien relacionados con aguerridas organizaciones criminales. Un ordenamiento jurídico constituido por normas elaboradas a lo largo de los siglos para regular las relaciones entre Estados soberanos encuentra dificultades para hacer frente a conflictos en los que intervienen también entes no asimilables a las características tradicionales de un Estado. Esto vale, concretamente, para el caso de los grupos terroristas.

La plaga del terrorismo se ha hecho más virulenta en estos últimos años y ha producido masacres atroces que han obstaculizado cada vez más el proceso del diálogo y la negociación, exacerbando los ánimos y agravando los problemas, especialmente en Oriente Medio.

Sin embargo, para lograr su objetivo, la lucha contra el terrorismo no puede reducirse sólo a operaciones represivas y punitivas. Es esencial que incluso el recurso necesario a la fuerza vaya acompañado por un análisis lúcido y decidido de los motivos subyacentes a los ataques terroristas. Al mismo tiempo, la lucha contra el terrorismo debe realizarse también en el plano político y pedagógico: por un lado, evitando las causas que originan las situaciones de injusticia de las cuales surgen a menudo los móviles de los actos más desesperados y sanguinarios; por otro, insistiendo en una educación inspirada en el respeto de la vida humana en todas las circunstancias. En efecto, la unidad del género humano es una realidad más fuerte que las divisiones contingentes que separan a los hombres y los pueblos.

En la necesaria lucha contra el terrorismo, el derecho internacional ha de elaborar ahora instrumentos jurídicos dotados de mecanismos eficientes de prevención, control y represión de los delitos. En todo caso, los Gobiernos democráticos saben bien que el uso de la fuerza contra los terroristas no puede justificar la renuncia a los principios de un Estado de derecho. Serían opciones políticas inaceptables las que buscasen el éxito sin tener en cuenta los derechos humanos fundamentales, dado que !el fin nunca justifica los medios¡

Aportación de la Iglesia

9. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). ¿Cómo esta palabra, que invita a trabajar en el inmenso campo de la paz, podría tener resonancias tan intensas en el corazón humano si no correspondiera a un anhelo y una esperanza que nosotros tenemos de manera imborrable? Y, ¿por qué otro motivo los que trabajan por la paz serán llamados hijos de Dios, si no es porque Él, por su naturaleza, es el Dios de la paz? Precisamente por esto, en el anuncio de salvación que la Iglesia propaga por todo el mundo hay elementos doctrinales de fundamental importancia para la elaboración de los principios necesarios para una pacífica convivencia entre las Naciones.

Las vicisitudes históricas enseñan que la edificación de la paz no puede prescindir del respeto de un orden ético y jurídico, según el antiguo adagio: «Serva ordinem et ordo servabit te» (conserva el orden y el orden te conservará a ti). El derecho internacional debe evitar que prevalezca la ley del más fuerte. Su objetivo esencial es reemplazar «la fuerza material de las armas con la fuerza moral del derecho»,(7) previendo sanciones apropiadas para los transgresores, además de la debida reparación para las víctimas. Esto ha de valer también para aquellos gobernantes que violen impunemente la dignidad y los derechos humanos con el pretexto inaceptable de que se trata de cuestiones internas de su Estado.

Dirigiéndome al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, el 13 de enero de 1997, indicaba en el Derecho internacional un instrumento de primer orden para la búsqueda de la paz: «El derecho internacional ha sido durante mucho tiempo un derecho de la guerra y de la paz. Creo que está llamado cada vez más a ser exclusivamente un derecho de la paz concebida en función de la justicia y de la solidaridad. Y, en este contexto, la moral debe fecundar el derecho; ella puede ejercer también una función de anticipación del derecho, en la medida en que indica la dirección de lo que es justo y bueno».(8)

A lo largo de los siglos, ha sido relevante la contribución doctrinal ofrecida por la Iglesia   –a través de la reflexión filosófica y teológica de numerosos pensadores cristianos– para orientar el derecho internacional hacia el bien común de toda la familia humana. En la historia contemporánea concretamente, los Papas no han dudado en subrayar la importancia del derecho internacional como garantía de la paz, con la convicción de que «frutos de justicia se siembran en la paz para los que procuran la paz» (St 3, 18). La acción de la Iglesia –mediante sus propios instrumentos– está comprometida en este sentido, a la luz perenne del Evangelio y con la ayuda indispensable de la oración.

La civilización del amor

10. Al final de estas reflexiones considero obligado, no obstante, recordar que, para instaurar la verdadera paz en el mundo, la justicia ha de complementarse con la caridad. El derecho es, ciertamente, el primer camino que se debe tomar para llegar a la paz. Y los pueblos deben ser formados en el respeto de este derecho. Pero no se llegará al final del camino si la justicia no se integra con el amor. A veces, justicia y amor aparentan ser fuerzas antagónicas. Verdaderamente, no son más que las dos caras de una misma realidad, dos dimensiones de la existencia humana que deben completarse mutuamente. Lo confirma la experiencia histórica. Ésta enseña cómo, a menudo, la justicia no consigue liberarse del rencor, del odio e incluso de la crueldad. Por sí sola, la justicia no basta. Más aún, puede llegar a negarse a sí misma, si no se abre a la fuerza más profunda que es el amor.

Por eso he recordado varias veces a los cristianos y a todas las personas de buena voluntad la necesidad del perdón para solucionar los problemas, tanto de los individuos como de los pueblos. ¡No hay paz sin perdón! Lo repito también en esta circunstancia, teniendo concretamente ante los ojos la crisis que sigue arreciando en Palestina y en Medio Oriente. No se encontrará una solución a los graves problemas que aquejan a las poblaciones de aquellas regiones, desde hace demasiado tiempo, hasta que no se decida superar la lógica de la estricta justicia para abrirse también a la del perdón.

El cristiano sabe que el amor es el motivo por el cual Dios entra en relación con el hombre. Es también el amor lo que Él espera como respuesta del hombre. Por eso el amor es la forma más alta y más noble de relación de los seres humanos entre sí. El amor debe animar, pues, todos los ámbitos de la vida humana, extendiéndose igualmente al orden internacional. Sólo una humanidad en la que reine la «civilización del amorpodrá gozar de una paz auténtica y duradera.

Al principio de un nuevo año deseo recordar a las mujeres y a los hombres de cada lengua, religión y cultura el antiguo principio: «Omnia vincit amor!» (Todo lo vence el amor) ¡Sí, queridos hermanos y hermanas de todas las partes del mundo, al final vencerá el amor! Que cada uno se esfuerce para que esta victoria llegue pronto. A ella, en el fondo, aspira el corazón de todos.

Vaticano, 8 de diciembre de 2003.

JUAN PABLO II

 

 

 

 

 

 


(1)Insegnamenti, V (1967), 620.

(2)1968: 1o de enero: Jornada Mundial de la Paz

1969: La promoción de los derechos del hombre, camino hacia la paz

1970: Educarse para la paz a través de la reconciliación

1971: Todo hombre es mi hermano

1972: Si quieres la paz, trabaja por la justicia

1973: La paz es posible

1974: La paz depende también de ti

1975: La reconciliación, camino hacia la paz

1976: Las verdaderas armas de la paz

1977: Si quieres la paz, defiende la vida

1978: No a la violencia, sí a la paz

(3) Siguen los temas de las 25 sucesivas Jornadas Mundiales de la Paz:

1979: Para lograr la paz, educar a la paz

1980: La verdad, fuerza de la paz

1981: Para servir a la paz, respeta la libertad

1982: La paz, don de Dios confiado a los hombres

1983: El diálogo por la paz, una urgencia para nuestro tiempo

1984: La paz nace de un corazón nuevo

1985: La paz y los jóvenes caminan juntos

1986: La paz es un valor sin fronteras. Norte-Sur, Este-Oeste: una sola paz

1987: Desarrollo y solidaridad: dos claves para la paz

1988: La libertad religiosa, una condición para la pacífica convivencia

1989: Para construir la paz, respeta las minorías

1990: Paz con Dios creador, paz con todas las criaturas

1991: Si quieres la paz, respeta la conciencia de cada persona

1992: Creyentes unidos en la construcción de la paz

1993: Si quieres la paz, sal al encuentro del pobre

1994: De la familia nace la paz de la familia humana

1995: La mujer: educadora para la paz

1996: Demos a los niños un futuro de paz

1997: Ofrece el perdón, recibe la paz

1998: De la justicia de cada uno nace la paz para todos

1999: El secreto de la verdadera paz reside en el respeto de los derechos humanos

2000: Paz en la tierra a los hombres que Dios ama

2001: Diálogo entre culturas para una civilización del amor y la paz

2002: No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón

2003: «Pacem in terris»: una tarea permanente

(4) Preámbulo.

(5) Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 43: AAS 80 (1988), 575.

(6) Discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Nueva York (5 octubre 1995), 14: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (13 octubre 1995), p. 9.

(7) Benedicto XV, Appello ai Capi dei popoli belligeranti, 1 enero 1917: AAS 9 (1917), 422.

(8) N. 4: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (17 enero 1997), p. 6.





PACEM IN TERRIS
: UNA TAREA PERMANENTE 

Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II
1 de enero de 2003


1. Han transcurrido casi cuarenta años desde aquel 11 de abril de 1963, en que el Papa Juan XXIII publicó la histórica Carta encíclica Pacem in terris. Aquel día era Jueves Santo. Dirigiéndose « a todos los hombres de buena voluntad», mi venerado Predecesor, que moriría dos meses después, compendiaba su mensaje de paz al mundo en la primera afirmación de la Encíclica: «La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios» (Pacem in terris, Introd., AAS 55 [1963], 257). 

Hablar de paz a un mundo dividido 

2. En realidad, el mundo al cual se dirigía Juan XXIII se encontraba en un profundo estado de desorden. El siglo XX se había iniciado con una gran expectativa de progreso. En cambio, la humanidad había asistido, en sesenta años de historia, al estallido de dos guerras mundiales, la consolidación de sistemas totalitarios demoledores, la acumulación de inmensos sufrimientos humanos y el desencadenamiento, contra la Iglesia, de la mayor persecución que la historia haya conocido jamás. 

Sólo dos años antes de la Pacem in terris, en 1961, se erigió el «  muro de Berlín  » para dividir y oponer no solamente dos partes de aquella ciudad, sino también dos modos de comprender y de construir la ciudad terrena. De una parte y de otra del muro la vida tuvo un estilo diferente, inspirado en reglas a menudo contrapuestas, en un clima difuso de sospecha y desconfianza. Tanto como visión del mundo que como planteamiento concreto de la vida, aquel muro atravesó la humanidad en su conjunto y penetró en el corazón y mente de las personas, creando divisiones que parecían destinadas a durar siempre. 

Además, justo seis meses antes de la publicación de la Encíclica, mientras en Roma se había inaugurado hacía pocos días el Concilio Vaticano II, el mundo, debido a la crisis de los misiles en Cuba, se encontró al borde de una guerra nuclear. Parecía bloqueado el camino hacia un mundo de paz, de justicia y de libertad. Muchos pensaban que la humanidad estaba condenada a vivir todavía durante largo tiempo en aquellas condiciones precarias de «  guerra fría  », sometida constantemente a la pesadilla de que una agresión o un percance cualquiera pudieran desencadenar de un día a otro la peor guerra de toda la historia humana. En efecto, el uso de armas atómicas, podía transformarla en un conflicto que habría puesto en peligro el futuro mismo de la humanidad. 

Los cuatro pilares de la paz 

3. El Papa Juan XXIII no estaba de acuerdo con los que creían imposible la paz. Con la Encíclica logró que este valor fundamental –con toda su exigente verdad– empezara a hacerse sentir en ambas partes de aquel muro y de todos los muros. A muchos la Encíclica les hizo ver la común pertenencia a la familia humana y les encendió una luz respecto a la aspiración de la gente de todos los lugares de la tierra a vivir en seguridad, justicia y esperanza ante el futuro.

Con su espíritu clarividente, Juan XXIII indicó las condiciones esenciales para la paz en cuatro exigencias concretas del ánimo humano: la verdad, la justicia, el amor y la libertad (cf. ibíd., I: l.c., 265-266). La verdad –dijo– será fundamento de la paz cuando cada individuo tome consciencia rectamente, más que de los propios derechos, también de los propios deberes con los otros. La justicia edificará la paz cuando cada uno respete concretamente los derechos ajenos y se esfuerce por cumplir plenamente los mismos deberes con los demás. El amor será fermento de paz, cuando la gente sienta las necesidades de los otros como propias y comparta con ellos lo que posee, empezando por los valores del espíritu. Finalmente, la libertad alimentará la paz y la hará fructificar cuando, en la elección de los medios para alcanzarla, los individuos se guíen por la razón y asuman con valentía la responsabilidad de las propias acciones. 

Mirando al presente y al futuro con los ojos de la fe y de la razón, el beato Juan XXIII vislumbró e interpretó los dinamismos profundos que estaban actuando ya en la historia. Sabía que las cosas no son siempre como aparecen exteriormente. A pesar de las guerras y las amenazas de guerras, había algo nuevo que se percibía en las vicisitudes humanas, algo que el Papa consideró como el inicio prometedor de una revolución espiritual. 

Una nueva consciencia de la dignidad del hombre y de sus derechos inalienables 

4. La humanidad, escribió, ha emprendido una nueva etapa de su camino (cf. ibíd., I: l.c., 267-269). El fin del colonialismo, el nacimiento de nuevos Estados independientes, la defensa más eficaz de los derechos de los trabajadores, la nueva y agradable presencia de las mujeres en la vida pública, le parecían como otros tantos signos de una humanidad que estaba entrando en una nueva fase de su historia, una fase caracterizada por la «convicción de que todos los hombres son, por dignidad natural, iguales entre sí » (ibíd., I: l.c., 268). Ciertamente, esta dignidad era vilipendiada aún en muchas partes del mundo. El Papa no lo ignoraba. Sin embargo estaba convencido de que, no obstante la situación fuese dramática bajo algunos aspectos, el mundo era cada día más consciente de algunos valores espirituales y cada vez estaba más abierto a la riqueza de contenido de aquellos «pilares de la paz» que eran la verdad, la justicia, el amor y la libertad (cf. ibíd., I: l.c., 268-269). A través del esfuerzo por llevar estos valores a la vida social, tanto nacional como internacional, los hombres y las mujeres serían cada vez más conscientes de la importancia de su relación con Dios, fuente de todo bien, como sólido fundamento y criterio supremo de su vida, ya sea como individuos que como seres sociales (cf. ibíd.). Esta sensibilidad espiritual más aguda –el Papa estaba convencido de ello– tendría también profundas consecuencias públicas y políticas. 

Ante la creciente conciencia de los derechos humanos que iba aflorando a nivel nacional e internacional, Juan XXIII intuyó la fuerza interior de este fenómeno y su extraordinario poder de cambiar la historia. Lo que ocurrió pocos años después, sobre todo en Europa central y oriental, fue una excelente prueba de ello. El camino hacia la paz, enseñaba el Papa en su Encíclica, debía pasar por la defensa y promoción de los derechos humanos fundamentales. En efecto, cada persona humana goza de ellos, no como de un beneficio concedido por una cierta clase social o por el Estado, sino como de una prerrogativa propia por ser persona: «En toda convivencia humana bien ordenada y fecunda hay que establecer como fundamento el principio de que todo hombre es persona, esto es, naturaleza dotada de inteligencia y de libre albedrío, y que, por tanto, el hombre tiene por sí mismo derechos y deberes que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo de su propia naturaleza. Estos derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables, y no pueden renunciarse por ningún concepto» (ibíd., I: l.c., 259). 

No se trataba simplemente de ideas abstractas. Eran ideas de vastas consecuencias prácticas, como en seguida demostraría la historia. Basados en la convicción de que cada ser humano es igual en dignidad y que, por consiguiente, la sociedad tiene que adecuar sus estructuras a esta premisa, surgieron muy pronto los movimientos por los derechos humanos, que dieron expresión política concreta a una de las grandes dinámicas de la historia contemporánea. La promoción de la libertad fue reconocida como un elemento indispensable del empeño por la paz. Surgiendo prácticamente en todas las partes del mundo, estos movimientos contribuyeron al derrocamiento de formas de gobierno dictatoriales y ayudaron a cambiarlas con otras formas más democráticas y participativas. En la práctica, demostraron que la paz y el progreso pueden alcanzarse sólo a través del respeto de la ley moral universal, inscrita en el corazón del hombre (cf. Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea de las Naciones Unidas, 5 octubre 1995, 3). 

El bien común universal 

5. En otro punto el magisterio de la Pacem in terris se mostró profético, anticipándose a la fase sucesiva de la evolución de las políticas mundiales. Ante un mundo que se hacía cada vez más interdependiente y global, el Papa Juan XXIII sugirió que el concepto de bien común debía formularse con una perspectiva mundial. Para ser correcto, debía referirse al concepto de «bien común universal» (Pacem in terris, IV: l.c., 292). Una de las consecuencias de esta evolución era la exigencia evidente de que hubiera una autoridad pública a nivel internacional, que pudiese disponer de capacidad efectiva para promover este bien común universal. Esta autoridad, añadía enseguida el Papa, no debería instituirse mediante la coacción, sino sólo a través del consenso de las naciones. Debería tratarse de un organismo que tuviese como «objetivo fundamental el reconocimiento, el respeto, la tutela y la promoción de los derechos de la persona» (ibíd., IV: l.c., 294). 

Por esto no sorprende que Juan XXIII mirara con gran esperanza hacia la Organización de las Naciones Unidas, constituida el 26 de junio de 1945. En ella veía un instrumento válido para mantener y reforzar la paz en el mundo. Justamente por esto expresó un particular aprecio por la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 1948, considerándola «un primer paso introductorio para el establecimiento de una constitución jurídica y política de todos los pueblos del mundo» (ibíd., IV: l.c., 295). En efecto, en dicha Declaración se habían fijado los fundamentos morales sobre los que se habría podido basar la edificación de un mundo caracterizado por el orden en vez del desorden, por el diálogo en vez de la fuerza. Con esta perspectiva, el Papa dejaba entender que la defensa de los derechos humanos por parte de la Organización de las Naciones Unidas era el presupuesto indispensable para el desarrollo de la capacidad de la Organización misma para promover y defender la seguridad internacional. 

La visión precursora del Papa, es decir, la propuesta de una autoridad pública internacional al servicio de los derechos humanos, de la libertad y de la paz, no sólo no se ha logrado aún completamente, sino que se debe constatar, por desgracia, la frecuente indecisión de la comunidad internacional sobre el deber de respetar y aplicar los derechos humanos. Este deber atañe a todos los derechos fundamentales y no permite decisiones arbitrarias que acabarían en formas de discriminación e injusticia. Al mismo tiempo, somos testigos del incremento de una preocupante divergencia entre una serie de nuevos «derechos» promovidos en las sociedades tecnológicamente avanzadas y derechos humanos elementales que todavía no son respetados en situaciones de subdesarrollo: pienso, por ejemplo, en el derecho a la alimentación, al agua potable, a la vivienda, a la autodeterminación y a la independencia. La paz exige que esta divergencia se reduzca urgentemente y que finalmente se supere

Debe hacerse todavía una observación: la comunidad internacional, que desde 1948 posee una carta de los derechos de la persona humana, ha dejado además de insistir adecuadamente sobre los deberes que se derivan de la misma. En realidad, es el deber el que establece el ámbito dentro del cual los derechos tienen que regularse para no transformarse en el ejercicio de una arbitrariedad. Una mayor conciencia de los deberes humanos universales reportaría un gran beneficio para la causa de la paz, porque le daría la base moral del reconocimiento compartido de un orden de las cosas que no depende de la voluntad de un individuo o de un grupo. 

Un nuevo orden moral internacional 

6. Es asimismo verdad que, a pesar de muchas dificultades y retrasos, en los cuarenta años transcurridos ha habido un notable progreso hacia la realización de la noble visión del Papa Juan XXIII. El hecho de que los Estados casi en todas las partes del mundo se sientan obligados a respetar la idea de los derechos humanos muestra cómo son eficaces los instrumentos de la convicción moral y de la entereza espiritual. Estas fuerzas fueron decisivas en aquella movilización de las conciencias que originó la revolución no violenta de 1989, acontecimiento que determinó la caída del comunismo europeo. Y aunque se den concepciones erróneas de libertad, entendida como desenfreno, que siguen amenazando la democracia y las sociedades libres, es sin duda significativo que, en los cuarenta años transcurridos desde la Pacem in terris, muchas poblaciones del mundo hayan llegado a ser más libres, se hayan consolidado estructuras de diálogo y cooperación entre las naciones y la amenaza de una guerra global nuclear, como la que se vislumbró drásticamente en tiempos del Papa Juan XXIII, haya sido controlada eficazmente. 

A este respecto, con humilde valentía querría observar cómo la enseñanza plurisecular de la Iglesia sobre la paz entendida como «tranquillitas ordinis» – «tranquilidad del orden», según la definición de San Agustín, (De civitate Dei, 19, 13) y a la luz también de las reflexiones de la Pacem in terris, se haya revelado particularmente significativa para el mundo actual, tanto para los Jefes de las naciones como para los simples ciudadanos. Que haya un gran desorden en la situación del mundo contemporáneo es una constatación compartida fácilmente por todos. Por tanto, la pregunta que se impone es la siguiente: ¿qué tipo de orden puede reemplazar este desorden, para dar a los hombres y mujeres la posibilidad de vivir en libertad, justicia y seguridad? Y ya que el mundo, incluso en su desorden, se está «organizando» en varios campos (económico, cultural y hasta político), surge otra pregunta igualmente apremiante: ¿bajo qué principios se están desarrollando estas nuevas formas de orden mundial? 

Estas preguntas de vasta irradiación indican que el problema del orden en los asuntos mundiales, que es también el problema de la paz rectamente entendida, no puede prescindir de cuestiones relacionadas con los principios morales. Con otras palabras, desde esta perspectiva se toma también conciencia de que la cuestión de la paz no puede separarse de la cuestión de la dignidad y de los derechos humanos. Ésta es precisamente una de las verdades perennes enseñada por la Pacem in terris, y nosotros haríamos bien en recordarla y meditarla en este cuadragésimo aniversario.           

¿No es éste quizás el tiempo en el que todos deben colaborar en la constitución de una nueva organización de toda la familia humana, para asegurar la paz y la armonía entre los pueblos, y promover juntos su progreso integral? Es importante evitar tergiversaciones: aquí no se quiere aludir a la constitución de un superestado global. Más bien se piensa subrayar la urgencia de acelerar los procesos ya en acto para responder a la casi universal pregunta sobre modos democráticos en el ejercicio de la autoridad política, sea nacional que internacional, como también a la exigencia de transparencia y credibilidad a cualquier nivel de la vida pública.

            Confiando en la bondad presente en el corazón de cada persona, el Papa Juan XXIII quiso valerse de la misma e invitó al mundo entero hacia una visión más noble de la vida pública y del ejercicio de la autoridad pública. Con audacia, animó al mundo a proyectarse más allá del propio estado de desorden actual y a imaginar nuevas formas de orden internacional que estuviesen de acuerdo con la dignidad humana.
 

Relación entre paz y verdad 

7. Contrastando la visión de quienes pensaban en la política como un ámbito desvinculado de la moral y sujeto al solo criterio del interés, Juan XXIII, a través de la Encíclica Pacem in terris, presentó una imagen más verdadera de la realidad humana e indicó el camino hacia un futuro mejor para todos. Precisamente porque las personas son creadas con la capacidad de tomar opciones morales, ninguna actividad humana está fuera del ámbito de los valores éticos. La política es una actividad humana; por tanto, está sometida también al juicio moral. Esto es también válido para la política internacional. El Papa escribió: «La misma ley natural que rige las relaciones de convivencia entre los ciudadanos debe regular también las relaciones mutuas entre las comunidades políticas» (Pacem in terris, III: l.c., 279). Cuantos creen que la vida pública internacional se desarrolla de algún modo fuera del ámbito del juicio moral, no tienen más que reflexionar sobre el impacto de los movimientos por los derechos humanos en las políticas nacionales e internacionales del siglo XX, recientemente concluido. Estas perspectivas, que anticipó la enseñanza de la Encíclica, contrastan claramente con la pretensión de que las políticas internacionales se sitúen en una especie de «zona franca» en la que la ley moral no tendría ninguna fuerza. 

Quizás no hay otro lugar en el que se vea con igual claridad la necesidad de un uso correcto de la autoridad política, como en la dramática situación de Oriente Medio y de Tierra Santa. Día tras día y año tras año, el efecto creciente de un rechazo recíproco exacerbado y de una cadena infinita de violencias y venganzas ha hecho fracasar hasta ahora todo intento de iniciar un diálogo serio sobre las cuestiones reales en litigio. La situación precaria se hace todavía más dramática por el contraste de intereses entre los miembros de la comunidad internacional. Hasta que quienes ocupan puestos de responsabilidad no acepten cuestionarse con valentía su modo de administrar el poder y de procurar el bienestar de sus pueblos, será difícil imaginar que se pueda progresar verdaderamente hacia la paz. La lucha fratricida, que cada día afecta a Tierra Santa contraponiendo entre sí las fuerzas que preparan el futuro inmediato de Oriente Medio, muestra la urgente exigencia de hombres y mujeres convencidos de la necesidad de una política basada en el respeto de la dignidad y de los derechos de la persona. Semejante política es para todos incomparablemente más ventajosa que continuar con las situaciones del conflicto actual. Hace falta partir de esta verdad. Ésta es siempre más liberadora que cualquier forma de propaganda, especialmente cuando dicha propaganda sirviera para disimular intenciones inconfesables. 

Las premisas de una paz duradera 

8. Hay una relación inseparable entre el compromiso por la paz y el respeto de la verdad. La honestidad en dar informaciones, la imparcialidad de los sistemas jurídicos y la transparencia de los procedimientos democráticos dan a los ciudadanos el sentido de seguridad, la disponibilidad para resolver las controversias con medios pacíficos y la voluntad de acuerdo leal y constructivo que constituyen las verdaderas premisas de una paz duradera. Los encuentros políticos a nivel nacional e internacional sólo sirven a la causa de la paz si los compromisos tomados en común son respetados después por cada parte. En caso contrario, estos encuentros corren el riesgo de ser irrelevantes e inútiles, y su resultado es que la gente se siente tentada a creer cada vez menos en la utilidad del diálogo y, en cambio, a confiar en el uso de la fuerza como camino para solucionar las controversias. Las repercusiones negativas, que tienen los compromisos adquiridos y luego no respetados sobre el proceso de paz, deben inducir a los Jefes de Estado y de Gobierno a ponderar todas sus decisiones con gran sentido de responsabilidad. 

Pacta sunt servanda, dice el antiguo adagio. Si han de respetarse todos los compromisos asumidos, debe ponerse especial atención en cumplir los compromisos asumidos para con los pobres. En efecto, sería particularmente frustrante para los mismos no cumplir las promesas consideradas por ellos como de interés vital. Con esta perspectiva, el no cumplir los compromisos con las naciones en vías de desarrollo constituye una seria cuestión moral y pone aún más de relieve la injusticia de las desigualdades existentes en el mundo. El sufrimiento causado por la pobreza se ve agudizado dramáticamente cuando falta la confianza. El resultado final es el desmoronamiento de toda esperanza. La existencia de confianza en las relaciones internacionales es un capital social de valor fundamental. 

Una cultura de paz 

9. Si se examinan los problemas profundamente, se debe reconocer que la paz no es tanto cuestión de estructuras, como de personas. Estructuras y procedimientos de paz –jurídicos, políticos y económicos– son ciertamente necesarios y afortunadamente se dan a menudo. Sin embargo, no son sino el fruto de la sensatez y de la experiencia acumulada a lo largo de la historia a través de innumerables gestos de paz, llevados a cabo por hombres y mujeres que han sabido esperar sin desanimarse nunca. Gestos de paz se dan en la vida de personas que cultivan en su propio ánimo constantes actitudes de paz. Son obra de la mente y del corazón de quienes «trabajan por la paz» (Mt 5, 9). Gestos de paz son posibles cuando la gente aprecia plenamente la dimensión comunitaria de la vida, que les hace percibir el significado y las consecuencias que ciertos acontecimientos tienen sobre su propia comunidad y sobre el mundo en general. Gestos de paz crean una tradición y una cultura de paz.

La religión tiene un papel vital para suscitar gestos de paz y consolidar condiciones de paz. Este papel lo puede desempeñar tanto más eficazmente cuanto más decididamente se concentra en lo que la caracteriza: la apertura a Dios, la enseñanza de una fraternidad universal y la promoción de una cultura de solidaridad. La «Jornada de oración por la paz», que he promovido en Asís el 24 de enero de 2002, comprometiendo a los representantes de numerosas religiones, tenía justamente este objetivo. Quería expresar el deseo de educar para la paz mediante la difusión de una espiritualidad y de una cultura de paz. 

La herencia de la «Pacem in terris» 

10. El beato Juan XXIII era una persona que no temía el futuro. Lo ayudaba en esta actitud de optimismo la confianza segura en Dios y en el hombre, aprendida en el profundo clima de fe en el que había crecido. Persuadido de este abandono en la Providencia, incluso en un contexto que parecía de permanente conflicto, no dudó en proponer a los líderes de su tiempo una nueva visión del mundo. Ésta es la herencia que nos ha dejado. Fijándonos en él, en esta Jornada Mundial de la Paz de 2003, nos sentimos invitados a comprometernos en sus mismos sentimientos: confianza en Dios misericordioso y compasivo, que nos llama a la fraternidad; confianza en los hombres y mujeres tanto de hoy como de cualquier otro tiempo, gracias a la imagen de Dios impresa igualmente en los espíritus de todos. A partir de estos sentimientos es como se puede esperar en la construcción un mundo de paz en la tierra. 

Al inicio de un nuevo año en la historia de la humanidad, éste es el augurio que surge espontáneo de lo más profundo de mi corazón: que en el ánimo de todos brote un impulso de renovada adhesión a la noble misión que la Encíclica Pacem in terris propuso hace cuarenta años a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Esta tarea, que la Encíclica calificó como «inmensa», se concretaba en «establecer un nuevo sistema de relaciones en la sociedad humana, bajo la enseñanza y el apoyo de la verdad, la justicia, el amor y la libertad». El Papa precisaba además que se refería a las «relaciones de convivencia en la sociedad humana..., primero, entre los individuos; en segundo lugar, entre los ciudadanos y sus respectivos Estados; tercero, entre los Estados entre sí, y, finalmente, entre los individuos, familias, entidades intermedias y Estados particulares, de un lado, y, de otro, la comunidad mundial». Y concluía afirmando que el empeño de «consolidar la paz verdadera según el orden establecido por Dios » constituía una «tarea sin duda gloriosa» (Pacem in terris, V: l.c., 301-302). 

El cuadragésimo aniversario de la Pacem in terris es una ocasión muy oportuna para beneficiarse de la enseñanza profética del Papa Juan XXIII. Las comunidades eclesiales estudiarán cómo celebrar este aniversario de modo apropiado durante el año, con iniciativas que pueden tener un carácter ecuménico e interreligioso, abriéndose a todos los que sienten un profundo anhelo de «echar por tierra las barreras que dividen a unos de otros, para estrechar los vínculos de la mutua caridad, para fomentar la recíproca comprensión, para perdonar, en fin, a cuantos nos hayan injuriado» (ibíd., 304). 

Acompaño estos augurios con la oración a Dios Omnipotente, fuente de todo nuestro bien. Que Él, que desde las condiciones de opresión y conflicto nos llama a la libertad y la cooperación para bien de todos, ayude a las personas en cada lugar de la tierra a construir un mundo de paz, basados siempre cada vez más firmemente en los cuatro pilares que el beato Juan XXIII indicó a todos en su histórica Encíclica: verdad, justicia, amor y libertad

Vaticano, 8 de diciembre de 2002.

 IOANNES PAULUS II

 

PAZ

Indicado ya el origen de la palabra en la sección anterior, entro directamente al desarrollo de la misma a través de denominaciones que nos dan cuenta de su paulatina institucionalización.

La obligación sagrada de la venganza (vindicatio) fue el motor de buena parte de las hostilidades en que constantemente estaban enzarzados individuos, familias y pueblos desde el principio de la historia. Y la limitación de estas hostilidades fue el inicio de la construcción del concepto de paz que actualmente manejamos.

La piedra de la paz era un asiento de piedra colocado en las iglesias generalmente junto al altar para escapar a la acción de los vengadores y de la justicia. Desde la misma fundación del pueblo de Israel, Dios ordena a Moisés que reserve ciudades de refugio a las que no pueda llegar la persecución de los homicidas involuntarios, con lo que los parientes de la víctima, obligados a la venganza, quedan eximidos de esta obligación. Esta institución de los lugares de asilo se generalizó, siendo todas las iglesias lugar sagrado de asilo dentro del que no podía continuar la persecución, bajo gravísimas penas eclesiásticas y civiles. La piedra de la paz que algunas iglesias conservan es el último vestigio de esa antiquísima institución denominada la paz de las iglesias.

La paz de Dios fue instituida por San Luis rey de Francia en 1245 para limitar en el tiempo las guerras en que estaban enzarzados los señores entre sí. Abarcaba desde Adviento hasta Epifanía (mes y medio); Desde Quincuagésima hasta Pentecostés (dos meses y medio), más las cuatro témporas, más las fiestas principales. El señor que mataba a alguien durante la paz de Dios era expulsado de sus tierras.

La paz del rey era la tregua de 24 horas que se hacía en algunas guerras civiles con ocasión del santo del rey.

La paz de las estaciones y de la agricultura era la que regía mientras el labrador estaba ocupado en las labores del campo. No podía recibir citaciones judiciales, ni se le podían requisar los bueyes o los caballos. Atacar a un labrador o a sus bienes durante las labores del campo era casigado con pena mayor.

La paz del domicilio prohibía en él toda violencia, de manera que si ésta se producía era castigada con mayor severidad. Desde muy antiguo se consideró la casa como un lugar sagrado porque en ella se mantenía el fuego (hogar), del que participaban los dioses familiares (lares). De esas lejanías viene el moderno concepto jurídico de inviolabilidad del domicilio.

PAZ II

Ahora que han pasado los días idílicos de la "noche de paz" y de la "paz en la tierra a los hombres de buena voluntad", podemos hablar seriamente de paz. Y lo más serio es el mismo origen de la palabra. Su raíz es pac-. Probablemente el primitivo del que derivan todas las demás palabras de este grupo léxico, es el verbo paco / pacare / pacatum, que significa pacificar tras haber vencido, sometido, sojuzgado, etc.; domar, someter, reducir, vencer. Y el resultado de la acción de este verbo es la pax (paz).

De la misma manera que para definir la libertad es imprescindible la esclavitud, porque de ella procede; así también para definir la paz se necesita la guerra, porque sin ésta puede haber quietud, tranquilidad, sosiego, pero no paz. Como muy bien dice el verbo pacare, para pacificar a un pueblo, antes se le ha tenido que vencer, sojuzgar y reducir; antes se le ha tenido que someter por la violencia. Y el pacificador no puede ser otro que el mismo que ha ejercido sobre él la violencia, el vencedor. Si la victoria sobre ese pueblo es total, si ese pueblo se ha rendido por no poder soportar ya más violencia y más guerra, pacificación es sinónimo de sojuzgamiento total y absoluto. Si por el contrario el agresor ha sido vencido, es el vencedor quien impone la paz, quien determina las condiciones de pacificación, que no pueden ser otras que la reducción y el sometimiento total del vencido. Si el agresor ha decidido cesar en su violencia después de unas operaciones de intimidación y castigo, las condiciones de pacificación serán proporcionales a la eficacia de la intimidación y el castigo. En cualquier caso, la pacificación es el objetivo y la culminación de toda acción bélica.

En la órbita de paco / pacare tenemos paco / pacere, usado preferentemente en su forma frecuentativa deponente paciscor / pactus sum, de la que procede la palabra y el concepto de pacto. La forma de participio pasivo a que da lugar la conjugación deponente, nos sugiere la idea de que el mismo sujeto es agente y paciente de la pacificación. El pacto sería, en ese caso, la autoimposición por cada una de las partes de las condiciones de paz: al no haber conseguido el agresor sojuzgar al agredido, le propone un pacto, es decir una autoimposición de la paz por cada uno de los bandos, en virtud del cual el agresor se compromete a cesar en su agresión y el agredido renuncia a tomarse la revancha.

Si no se trata de pactar una terminación de la partida en tablas, sin vencedores ni vencidos, es que se trata de coronar los objetivos de la guerra y recoger sus frutos imponiendo una pacificación proporcional a la intimidación alcanzada.

Mariano Arnal



Día Mundial de la Lepra


El último domingo de enero de cada año se celebra el Día Mundial de la Lepra con el objetivo de recordarnos que esta enfermedad todavía no esta erradicada. Se calcula que son más de siete millones de personas en todo el mundo los que padecen de lepra. 

Historia de una enfermedad milenaria
La lepra es una enfermedad que ha azotado a la humanidad desde hace miles de años (en códices egipcios de 1500 a.C. ya se habla sobre su existencia). Su expansión mundial se debe a las conquistas, cruzadas y colonizaciones entre diferentes países y continentes.

Para evitar su contagio, a los enfermos de lepra se les excluía de la vida común, recluyéndolos en determinados lugares, llamados lazaretos, de los que no podían salir.

Un claro ejemplo de esto es la isla de Culión (Filipinas): en 1906 los americanos, para aislarlos totalmente, la convirtieron en reserva exclusiva de enfermos de lepra. El Doctor noruego A. Hansen descubrió en 1876 el bacilo causante de la lepra: el Mycobacterium Leprae.

Síntomas: Tres fases de la lepra
Los síntomas pueden aparecer después de varios años de la infección, ya que el proceso de incubación de la enfermedad es largo (de 2 a 7 años).
Uno de los primeros síntomas es la insensibilidad al dolor, que no se advierte ante rasguños o quemaduras. Las zonas insensibles adquieren una coloración distinta al resto de la piel.
Con frecuencia aparecen parálisis musculares y fragilidad en los huesos, especialmente en los dedos de las manos y pies.
Otros síntomas, ya más tardíos, son el abultamiento de la frente y la distorsión facial, a la que se ha llamado "cara leonina".

Autor: ANESVAD. Cortesía de Fondotema


LA ENFERMEDAD CON MÁS HISTORIA 

Desde el mismo momento en que los historiadores declaran iniciada la historia con la aparición de los primeros escritos de la humanidad, ahí aparece en ellos la enfermedad de la lepra. En efecto, en unos papiros egipcios datados hacia el 4.600 antes de Cristo, se pueden leer recomendaciones para combatir esta plaga. 

Tres factores son los que han convertido a la lepra en enfermedad histórica: la absoluta imposibilidad de ocultar las graves deformaciones y ulceraciones de la cara y de todo el cuerpo cuando está muy desarrollada; la constatación de que se transmite por contagio; y el carácter epidémico que llegó a tener en algunos lugares y momentos. 

Una parte de la historia de esta enfermedad nos la proporciona el pueblo judío, que la sufrió con especial virulencia. Los historiadores creen que la contrajeron en Egipto, porque la Biblia no la menciona en absoluto antes de que emigrasen a ese país. Pero entre los papiros hay uno escrito por el sacerdote egipcio Manethon, que cuentan de forma muy distinta la salida de Israel de Egipto. 

Según este documento, la huida de Israel de Egipto no fue tal, sino expulsión: habiéndose extendido por el país una enfermedad contagiosa que manchaba todo el cuerpo -dice el papiro refiriéndose probablemente a la lepra-, el faraón Bochoris acudió al oráculo de Amón en busca de remedio. La respuesta fue que era preciso purificar el pueblo expulsando de él a todos los que padecían esa enfermedad. Y al estar extendida especialmente entre la población judía de Egipto, el faraón decidió expulsar a los judíos, y con ellos a los demás leprosos del país, empujándolos al mar y luego al desierto. Es aquí donde Moisés, uno de los expulsados, se convierte en caudillo y refundador del pueblo de Israel. 

También el historiador Tácito se hace eco de esta leyenda, que no es la única que achaca a los judíos la propagación de esta enfermedad, que ellos vivieron y sintieron como una maldición bíblica. El historiador judío Flavio Josefo replicó a estas leyendas con sólidos argumentos. Pero los judíos eran una espina en el imperio romano, y su leyenda negra se iba tejiendo inexorable. Los estudios epidemiológicos no avalan la asignación de un pueblo determinado como foco de esta enfermedad, pues desde la más remota antigüedad se detecta también en India y China, sin referencia alguna a si es autóctona o importada. 

Al tener la lepra formas muy diversas, unas muy benignas y otras sumamente malignas, su diagnóstico no ha sido nada seguro. De hecho buena parte de los rituales judíos encaminados a aislar a los leprosos del resto de la población, no eran sino procesos de diagnóstico. Y se iba realmente a tientas. Dermatólogos de gran renombre como el Dr. Hebra han sostenido que el santo Job no fue castigado por Dios con la lepra, sino con la sífilis; pues a esta enfermedad, que es curable, responden más bien los síntomas descritos en la Biblia. Asimismo en los cementerios de leprosos (que hasta ahí llegó su segregación), se han hallado numerosos cráneos de sifilíticos; señal de que fueron diagnosticados erróneamente como leprosos. Estos errores de diagnóstico han incrementado el historial de esta enfermedad más allá de sus dimensiones reales.


LEPRA 

No hemos necesitado cambiarle a esta palabra ni una letra. Nos la conservaron los romanos en latín tal y cual (lepra, ae), transcrita del griego lepra (lépra), con el mismo acento y con el mismo significado. Esta palabra nació para nombrar las escamas, porque así vieron los griegos la lepra, y así es en un momento de su evolución. Finalmente acabaron reservando y especializando este lexema para la enfermedad, dejando de aplicarlo a otros campos, por no contagiarlos. Los griegos destinaron pues esta palabra para denominar la enfermedad de la piel que se levanta en escamas. Eso hizo que algunas enfermedades que  no son propiamente lepra quedaran incluidas bajo este nombre por presentar el mismo aspecto. 

Fueron conscientes de que este término tenía una extensión excesiva; por eso junto a él formaron el adjetivo leprwdhV (lepródes) para referirse a todo aquello que tiene aspecto de leproso o que es parecido a la lepra. Denominaron así a las pieles sospechosamente rugosas, a los que presentaban enfermedades parecidas a la lepra y a los que tenían aspecto leproso. Desarrollaron también el verbo lepraw (lepráo) con el significado de estar leproso, raerse, consumirse; parece que lo usaron también para referirse al enmohecimiento del vino. Otro adjetivo del mismo grupo léxico es lepraV, lepradoV (leprás, leprádos), que se usó también fuera del ámbito significativo de la lepra, con los significados de  nudoso, escabroso, desigual, áspero, fragoso, doblado; caracteres todos que se manifiestan en las malformaciones que produce esta enfermedad. 

Lepra (lepra (lépra)) significaba pues, para los griegos, lo mismo que para nosotros, lepra; pero con la diferencia de que mientras hoy tenemos acotado el uso de esta palabra exclusivamente para la "enfermedad infecciosa crónica generalizada del hombre, producida por el Mycobacterium leprae y caracterizada por lesiones granulomatosas específicas en la piel, mucosas, nervios, hueso y vísceras", para los griegos era una enfermedad de la piel que hace que ésta se levante en escamas. 

La definición, es decir la delimitación de la lepra a su agente patológico no se produjo hasta que en 1871 Armando Hansen aisló un bacilo (nombre latino que en griego es bakterion (bactérion) y en español bastoncito) en los tubérculos cutáneos, que presenta bastantes similitudes con el bacilo de Koch. A partir de este descubrimiento decisivo, dejaron de diagnosticarse como lepra muchas enfermedades, entre ellas la sífilis, que habían estado incluidas en este grupo. Esta confusión es comprensible, puesto que al referirse originariamente el nombre de lepra a las afecciones cutáneas graves a partir de su descamación y a las fases más agudas que le seguían, se aplicó a todas las manifestaciones cutáneas análogas a la de la lepra, aunque no fuese ese su origen. Contribuyó a la confusión el hecho de que hay muchas clases de lepra

Al ser ésta una enfermedad contagiosa, se instituyeron las leproserías para tener a los enfermos aislados. Se las llamó también lazaretos porque se creó la leyenda de que el Lázaro al que resucitó Jesús, había muerto de lepra.


CASTIGO BÍBLICO POR EXCELENCIA 

Desde que el hombre es capaz de racionalizar las cosas, ha andado buscando explicación a sus enfermedades; y la primera que halló fue de carácter mágico, y luego religioso. La salud y la enfermedad estaban en manos de las fuerzas de la naturaleza y de sus espíritus, que con el tiempo pasaron a independizarse de éstas y adquirir personalidad propia e independiente, llegando a convertirse en divinidades. La intervención divina en las enfermedades era tanto más patente cuanto más terrible era la enfermedad. Es obvio que las grandes epidemias, la peste entre ellas, se hayan considerado castigo divino. En los primeros versos de la Ilíada tenemos la descripción de la peste que asolaba al ejército de los aqueos, castigados por el dios Apolo, irritado porque Aquiles no le devolvía a su sacerdote la hermosa Criseida, la parte más preciada de su botín de guerra.    

Para las enfermedades que se autoinfligía el hombre por sus malos hábitos, no era necesaria la intervención divina; todas aquellas, en cambio, cuya causa era desconocida, se achacaban a la voluntad divina, que avisaba o castigaba con ellas a los hombres. La lepra, cuyas causas todavía hoy se desconocen (no nos basta saber que su agente es una bacteria, puesto que eso no nos permite prevenirla), se consideró un castigo divino. Ahí tenemos en la tradición bíblica el ejemplo de Job, y la intervención de los sacerdotes en el diagnóstico de esta enfermedad, rigurosamente regulada en el levítico. 

Al tratarse de una enfermedad infecciosa, y al considerarse las grandes plagas en todas las culturas como castigo de los dioses, se busca un culpable. Y como estaba dentro de los parámetros de la justicia antigua que los hijos debían sufrir el castigo por las culpas y debilidades de los padres (en esos criterios se basan las doctrinas de la esclavitud y del pecado original), bastaba que los abuelos o los tatarabuelos hubiesen transgredido alguna ley divina para que sufrieran sus descendientes el castigo divino. Y la lepra fue uno de los más crueles. 

Vale la pena indicar que durante muchos siglos se consideró vinculada la lepra con el consumo de carne de cerdo (animal impuro por excelencia, del que toma nombre toda impureza, tanto física como moral), pero también con el consumo de pescado en general, y especialmente de pescados crudos secados al sol, con los climas húmedos de los pantanos y con la falta de higiene. Por estos motivos se tiende a colocar en Egipto el primer foco de lepra de los pueblos semitas y europeos. Y no son pocos los historiadores que creen que ahí fue donde se contagió el pueblo de Israel, y que su voluntad de huir de esta enfermedad achacada a Egipto y a sus condiciones de alimentación y de vida, hubo de tener un peso importante en la huida del pueblo de Israel. 

Lo cierto es que se produjo esa huida; que la hermana de Moisés, María, fue leprosa; que la propia Biblia estableció normas rigurosísimas de higiene, tanto en la alimentación (un cuidado riguroso de que los animales fuesen sanos y de que no se consumiesen carnes peligrosas, en especial la de cerdo) como en la limpieza corporal y en la del campamento; que la ley confió a los sacerdotes la misión sagrada de velar por todo ello, y puso a su cargo la rigurosa inspección de todos los casos de lepra: ellos eran los responsables de detectar al leproso y apartarlo de la comunidad, o declararlo limpio e integrarlo en ella.


EL RIESGO DE COMER ANIMALES LEPROSOS (ESCAMOSOS) 

La creencia de que la lepra vino de Egipto estuvo siempre muy generalizada. Herodoto, que habla mucho de este país en sus Historias, no la menciona para nada, pero refiere que los egipcios se alimentaban de pescado crudo secado al sol. Y hasta muy recientemente se ha considerado que esta alimentación tenía que inducir necesariamente la lepra. ¿Por qué? 

Parece que la misma palabra contiene la explicación: lepra es rugosidad de la piel, escama. Y como siempre ha prevalecido la creencia de que “de lo que se come se cría”, la visión de pieles escamosas, rugosas, irregulares o castigadas por cualquier causa, produjeron un serio rechazo por el temor de asimilar con la alimentación el causante de esa deformidad. De ahí probablemente la prohibición de comer carnes cuyas pieles tienen el aspecto de manchadas, agrietadas, etcétera. Quizás haya que ver desde ese prisma la prohibición de los animales “impuros”, por creer que de un modo u otro acababan produciendo su misma impureza en quienes los comían (el sacerdote que examinaba al que presentaba indicios de lepra, al finalizar los ritos, abluciones y sacrificios que ordenaba la ley, acababa declarándolo “puro” o “impuro”, según cuál fuese el resultado). 

Es un hecho digno de notarse que entre los alimentos dignos de ofrecerse a los dioses en sacrificio, no figura el pescado: de ninguna clase. Sin duda alguna porque se lo ha despreciado como alimento de ínfima categoría. Por eso se le consideró siempre alimento de los que no tenían otra cosa que comer; por eso en la cuaresma, el gran ayuno cristiano, el pescado ocupaba el lugar de la carne, como que ni siquiera se le consideraba comida de verdad. La ley de Moisés no llegó a prohibirlo, pero no hizo de él el menor aprecio. Y es posible que fuese esa suspicacia contra todo lo que tenía escamas, la causa de su relegación. 

Pero si fue el cerdo el animal que mayor recelo produjo en cuanto a su peligrosidad, quizá se debió a la falta de higiene en que se le tuvo siempre. Al revolcarse en los charcos sin importarle cuán sucios estén, su piel presenta un aspecto cuarteado ciertamente repulsivo. Por otra parte, al ser omnívoro, come todo lo que está a su alcance, de manera que además de su aspecto sucio da la impresión de que se alimenta de basura (así ha sido por lo general: se le ha engordado con cualesquiera restos). El hecho cierto es que ha servido como prototipo de toda suciedad, tanto interna (por la alimentación) como externa (por su afición a revolcarse en su propia pocilga). Y por analogía se han adoptado sus diversos nombres para calificar también la suciedad moral. 

El caso es que tanto la ley de Moisés como la de Mahoma, fundadores de pueblos que conocieron con mayor virulencia que otros el castigo de la lepra, prohíben con especial énfasis el consumo de carne de cerdo. Y por lo mismo, porque asociaron la lepra especialmente con la suciedad, es por lo que por una parte prohíben comer la carne del animal sucio por antonomasia, y por otra prescriben prolijos rituales lustrales, sobre todo a los que presentan señales de que su piel se está contaminando de impurezas. Nada tendría de extraño pues, que fuese la lepra el desencadenante de esos ritos y preceptos. 


Continuando con la exitosa iniciativa realizada en la pasada edición del Día Mundial de la Lepra, ANESVAD pone en marcha en Internet, durante el mes de enero la Cadena Contra la Lepra. El objetivo es unir cibernéticamente a aquellas personas que quieran manifestar su apoyo a la lucha contra esta milenaria enfermedad y animarles a que dejen un mensaje de apoyo a los afectados y las personas que trabajan con ellos. Un patrocinador destinará un euro a diferentes Proyectos de lucha contra la enfermedad de la lepra por cada persona que se sume a la cadena.

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