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ALMANAQUES
Y CALENDARIOS 2008
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Los ALMANAQUES,
a lo largo de su historia, han ofrecido
de todo: desde los antiquísimos conocimientos astrológicos y los
consejos médicos a ellos ligados, hasta las doctrinas religiosas,
el teatro, la música, la historia, la política,
la filosofía, las ciencias, la navegación (almanaques astronómicos),
las noticias de sociedad, el comercio, toda actividad humana y
todo conocimiento.
Los
ALMANAQUES han sido siempre calendarios con contenidos
dosificados día a día, constituyendo por ello una apreciadísima
alternativa de los libros y las revistas especializadas.
Fieles
a esta memorable tradición, Los editores de EL ALMANAQUE ofrecemos, además
de la edición diaria completa, los siguientes ALMANAQUES ESPECÍFICOS,
con el objeto de que cada uno pueda elegir el de su preferencia
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Más
en http://www.elalmanaque.com/Calendarios/index.htm
LAS
COSAS Y SUS NOMBRES - ORIGEN
DE LA PALABRA
EL
CALENDARIO, PROFESIÓN DE FE
No
erraríamos en exceso si afirmásemos que si las distintas culturas tienen
calendarios distintos no es tanto porque tengan una visión distinta de
la astronomía, o porque sus
cálculos matemáticos sean sustancialmente distintos. No está ahí,
sino en la religión, la clave de la diferencia de unos calendarios con
otros. Incluso es razonable pensar que las opciones astronómicas y contables
están supeditadas a razones totalmente ajenas a la correcta construcción
del calendario.
Para no salirnos de nuestra cultura, tenemos justo el mes de febrero, que
es más cojo de la cuenta (con 28 días los años normales, y 29 los bisiestos),
porque el emperador Augusto, en cuyo honor se dio el nombre de Agosto al
octavo mes del año, no quiso ser menos que Julio César, en cuyo honor
se llamó Julio al séptimo mes del año, y mandó que se hiciese agosto
de 31 días, igual que julio.
¿Que
con eso se rompía el diseño inicial de la alternancia entre meses de
30 días y meses de 31? Bien poco les importaba eso; como poco les
importó que el noveno mes se llame séptimo (septiembre); el décimo se
llame octavo (octubre); el undécimo se llame noveno (noviembre); y el
duodécimo se llame décimo (diciembre), cuando les hubiese bastado
colocar los meses y los nombres de julio y agosto al final del año,
para que se hubiese mantenido la coherencia entre el nombre y el orden
de los meses que llevan incorporado el respectivo ordinal en su nombre.
Pero si la consagración de esos dos meses a los grandes emperadores era
un acto de culto, no iban a elegir dos meses cualesquiera, sino
precisamente los que estacionalmente caen en la época más propicia
para fiestas y festejos. Tanto es así que en esos dos meses se da la
mayor concentración de fiestas mayores y vacaciones.
Razones
religiosa fueron también las que determinaron la intercalación en
nuestro calendario, de carácter solar, de la fiesta de Pascua en régimen
de calendario lunar. Es evidentemente un parche que atenta contra el espíritu
regulador del tiempo que inspira todo calendario. Con la movilidad de la
Pascua, quedan bailando también cada año los Carnavales, la Semana
Santa, la Segunda Pascua y las pequeñas vacaciones ligadas a estas
fechas. Y eso es así porque en cualquier calendario, y por supuesto
también en el nuestro, las razones religiosas son mucho más poderosas
que cualquier consideración civil.
Es
que, a poco que nos fijemos, caeremos en la cuenta de que nos regimos
por un calendario religioso; más aún, eclesiástico. Empezando por los
domingos (que son la razón de ser de toda la semana) y continuando por
todas las demás fiestas. Todas las señales que hay a lo largo del
recorrido de los días, todos los mojones que nos marcan el camino, son
religiosos. Porque al final, lo más importante de un calendario,
aquello que lo justifica, son las calendas, es decir las lecciones de
vida que contiene: un calendario es siempre una incitación a vivir de
determinada manera.
Vivir
en un calendario no es únicamente vivir en una determinada cultura,
sino también en su religión. Tan acostumbrados estamos al agua en que
nadamos, y al calendario por el que nos regimos, que ni siquiera
percibimos su carácter eminentemente religioso. Uno de otra cultura es
lo primero que ve en un calendario. Por eso todos los calendarios salen
de los templos y llevan a los templos. Esto que se muestra como una
obviedad a poco que se analice cualquier calendario, es preciso
explicitarlo en épocas agnósticas.
Afortunadamente
ha remitido el anticlericalismo iconoclasta que arremetía contra todo lo
que recordase la religión, y hoy se están restaurando muchas celebraciones
de nuestro calendario con el mismo interés y rigor con que se restauran
construcciones antiguas, que tienen valor por sí mismas con independencia
de quién y con qué fines los instauró. No es ese el caso de la Revolución
Francesa, que en plena guerra contra el sistema estamental y contra sus
cimientos ideológicos, se propuso arrasar con todo, empezando por las cabezas,
que segaba a guillotina. Y queriendo arrancar el árbol hasta sus mismas
raíces, no podía dejar intacto el calendario, porque lo percibió como
un gran depósito de doctrinas e inductor de conductas contrarias a la Revolución.
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