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LAS CLAVES LÉXICAS
HEDONISMO
CONTRA ASCETISMO
No
son sólo las fiestas y celebraciones cristianas las que han
sufrido diversos vaivenes, decantándose ora al más extremo
rigor, ora a las licencias más irreverentes. En Roma, por
citar una de las culturas en que se asienta la nuestra,
tuvieron que intervenir los cónsules y los emperadores con
cierta frecuencia para prohibir fiestas que habiendo nacido
como ritos sagrados, degeneraron en francachelas, orgías y
bacanales. Lo cierto es que cuesta encontrar en la historia de
Roma ritos y fiestas que se mantengan durante siglos sin
sufrir variaciones esenciales y sin cambiarles la divinidad
que ostenta su titularidad y patronazgo. Al ser la religión
romana tan eclética, y no tener una iglesia o una casta
sacerdotal que velase por su pureza, estuvo sometida al
inevitable flujo y reflujo de los tiempos.
A
esos avatares han estado expuestas también las fiestas
cristianas, porque parece como si formase parte de la
naturaleza de toda fiesta lograda no crearse ni destruirse,
como la materia, sino transformarse en distintas energías y
en sucesivas transmigraciones a lo largo y ancho del
calendario, pasando por las más variadas ubicaciones e
incluso repeticiones, como resultado de la aglutinación de
distintos usos y ritos. Y son las costumbres, más que las
creencias, las
que dan lugar al predominio de unas fiestas sobre otras, y a
los modos dominantes en éstas.
Si
oponemos Edad Media a Renacimiento, vemos con claridad que las
celebraciones que se crearan en ambas épocas debían de ser
antitéticas: el teocentrismo medieval, cuya síntesis ascética
queda bien definida en el Kempis,
el libro De imitatione
Christi et de contemptione sui ipsíus (“Sobre la
imitación de Cristo y el desprecio de sí mismo), es normal
que produjese una Cuaresma y una Semana Santa lacerantes (Nolo,
Dómine, sine vúlnere vívere, quia te úndique vídeo
vulneratum = No quiero, Señor, vivir sin herida, viéndote
a ti herido por todas partes); una Cuaresma y una Semana Santa
extensas e intensas, recreándose en el dolor y en la
penitencia, tan profundamente que no había manera de
levantarse con fuerza cuando sonaban las campanas de la
Resurrección.
Es
normal que un planteamiento tan extremo sea difícil
mantenerlo incólume durante siglos. Eso sólo es posible en
regímenes teocráticos o casi, como lo fue por ejemplo el
llamado nacionalcatolicismo en España. En cuanto flaquea la
autoridad de los ayatolas, se relajan las costumbres y la vida
vuelve por sus fueros. Ocurrió incluso durante esa época,
que la jerarquía eclesiástica creó un temible frente contra
las formas laicas de celebrar la Semana Santa. No podía
consentir que la liturgia oficial (de lo más sublime en su
propio género) quedase relegada ante ritos que rezumaban
paganismo, a los que el pueblo mostraba un extraño apego. Se
desató la polémica, se intentaron las prohibiciones y las
reconducciones, y finalmente prevaleció el sentido del pueblo
sobre el de la jerarquía eclesiástica.
Frente
al teocentrismo medieval, se irguió soberbio el
antropocentrismo renacentista. El hombre decidió que tenía
derecho a constituirse en su propia razón de ser y en el eje
en torno al que debía girar todo, religión incluida. No
renunció a la religión, ni tenía por qué. No sólo eso,
sino que recuperó cuanto fue capaz de recuperar de las
religiones griega y romana. Se interesó por los antiguos
dioses y por sus ritos. A partir de ellos reasignó valores
nuevos a los ritos cristiano, y los redimensionó. Recreó el
Carnaval, dándole mucha mayor entidad que a toda la Cuaresma
y la Semana Santa juntas. Limitó los ritos penitenciales, que
en la Edad Media habían ocupado demasiado espacio, a sus límites
más estrechos. Aprendió a mirarse la religión como un
importante valor añadido en su vida, no como un lastre o un
contrapeso de la misma. Y eso sólo fue el principio. Los
Carnavales vencieron a la Cuaresma. Hoy, entrados ya en ella,
acaban los de Brasil.
EL
ALMANAQUE continúa hoy su examen de la Cuaresma.
LÉXICO
CUARESMA
Quadragésima
es su nombre latino. Sólo podemos entender la palabra cuaresma,
con la que traducimos el término latino, en el contexto de la
cuenta atrás que se establece para señalar el tiempo
pascual. Con la “Dominica VI post Epiphaniam” concluye
el ciclo litúrgico de la Navidad (que empezó con el
Adviento), y empieza el ciclo pascual. A partir de aquí se
nombran los domingos por la distancia a que se encuentran de
la Pascua.
El
más alejado del ciclo pascual es la “Dominica in Septuagésima”,
el séptimo domingo antes de la Pascua. Le siguen la “Dominica
in Sexagésima” y la “Dominica in Quinquagésima”;
y de ahí se pasa a la “Dominica I in Quadragésima”,
después de haber pasado por la “Feria quarta cínerum”
(el Miércoles de Ceniza). Y aquí se detiene la cuenta atrás.
Este es el actual contexto litúrgico de la cuaresma.
Pero claro, no fue éste un invento litúrgico, ni mucho
menos.
Esta
palabra empezó a sonar ya en el concilio de Nicea,
relacionada con el ayuno cuaresmal. Se ve formada fuera de los
cánones de la lengua latina. Es el ordinal de quadraginta
(cuarenta); su traducción literal, por tanto, es “cuadragésima”,
es decir el ordinal de cuarenta, en femenino.
En
la época clásica se llamó quadragésima
(sobreentendiendo pars)
a un tributo que respondía a esa fracción. Vista, pues, la
palabra que inventaron para denominar la cuaresma,
está claro que queda un tanto descolgada de la ortodoxia léxica:
¿Qué pinta un adjetivo sin nombre? ¿Y un número sin
indicar el objeto al que se refiere? ¿Y por qué en femenino?
Aún en la hipótesis de que supusiésemos el sustantivo dies
para sostener el adjetivo, resultaría la expresión quadragésima
díes, que significaría “día cuadragésimo”, que
tampoco tiene ningún sentido.
Se
adivina la intención de decir “una cuarentena
de días” (quadragésima dierum); pero no es legítima
esta utilización del ordinal. Por todo ello es evidente que
no salió esta palabra de ninguna curia ni de ninguna
universidad: no se hubiesen permitido tales incongruencias
gramaticales. Si la Cuaresma la hubiesen inventado las jerarquías
eclesiásticas, si hubiese tenido su origen en la Santa Sede,
su nombre hubiese sido formalmente perfecto.
Queda
patente, pues, por el nombre, que la Cuaresma fue idea de
legos o de seglares; gente iletrada en cualquier caso. En
efecto, eran los fieles los que decidían por su cuenta, sin
que nadie se los impusiera, los días de ayuno que querían
hacer para conmemorar la pasión de Cristo y prepararse para
la Pascua.
El
ayuno traía ya un gran prestigio viniendo del judaísmo, y
tenía gran implantación. No sabemos a ciencia cierta cuándo
se iniciaron los ayunos de preparación para la Pascua. La
primera noticia la tenemos de san Ireneo obispo de Lyón, cuyo
martirio está fechado en el 202. Pero no había ninguna norma
común para toda la iglesia, ni estaba ésta suficientemente
vertebrada como para que la hubiese.
Así,
mientras en unas diócesis se ayunaba sólo el Viernes Santo,
en otras se añadía el Sábado Santo. En las iglesias de
oriente, ya en el siglo III, alguien pensó en el número cuarenta,
en recuerdo del ayuno de 40 días que nos narra el evangelio.
Pero ni de lejos pensaron en 40 días, sino en 40 horas. Ahí
estaba ya el germen de la cuaresma, con su referente bíblico.
La evolución de esta idea y de su aplicación hasta llegar a
la forma actual de la cuaresma, fue cuestión de tiempo: de
siglos.
El
paso siguiente fue extender el ayuno a seis días seguidos.
Cuando hablamos de estos ayunos de pocos días (hasta 6)
estamos hablando de ayunos rigurosos, de las mismas características
de la huelga de hambre, por poner un referente a nuestro
alcance. Mientras se entendió el ayuno con ese rigor, no fue
posible extenderlo más allá de los 6 días. Tuvo que
suavizarse mucho el concepto de ayuno para pasar a los cuarenta
días de ayuno, que ese pretende ser el significado de cuaresma.
(Continurá)
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