SANTORAL - ONOMÁSTICA

Santos del día 13 de Julio


SARA

"Princesa", ese es el bello significado de la palabra hebrea Sarai. Es hermoso que te llamen princesa. Eso es señal de que quien así te llama, te ha entronizado en su corazón. Es tener la seguridad de que para alguien eres una princesa. ¡Claro que es un nombre seductor! ¡Claro que es halagador! Por eso sigue llevándose desde hace casi tres mil años; y mientras se conozca su valor, no desaparecerá. Seguirá siendo el nombre de las que han sido elegidas por el destino para ser princesas de corazones.

Santa Sara es una abadesa de principios del siglo IV, durante el reinado de Teodosio el Menor, que rigió su monasterio situado en la región de Libia llamada Sokhit Hmamou, en griego nitriothV nwmoV / nitriotes nómos (región de la sosa). Las fuentes de la época destacan la virtud de la abadesa Sara, que llevó la comunidad que gobernaba a uno de sus momentos de mayor esplendor. Recuerda el santoral romano otras dos Saras que merecieron el honor de los altares, por lo que pueden las que llevan este nombre celebrar su onomástica el 13 de julio, o bien el 12 de septiembre o el 9 de octubre.

Pero es de Sara, la mujer del patriarca Abraham, de donde proviene la grandeza de este nombre. En un pueblo de estructura patriarcal como lo son todos los que forman nuestro tejido cultural, el simple hecho de que la historia se ocupe de una mujer, es señal de la enorme relevancia que ésta tiene en la construcción de su pueblo. Es el caso de Sara, esposa de Abraham, mujer de belleza legendaria. Dos episodios de su vida confirman el irresistible atractivo de Sara. Primero fue en Egipto, donde el Faraón mandó incorporarla a su harén, convencido de que era la hermana, y no la esposa de Abraham. Colmó de dones a Abraham: le regaló "ovejas y ganado vacuno y esclavos y esclavas y asnas y camellos" (Gén. 12, 16). Cuando se enteró el faraón por las calamidades que Dios le mandó, de que Sara era intocable por ser la mujer de Abraham, los despidió a ambos con todo cuanto les había regalado. Volvió Abraham a las andadas con Abimelec, rey de Gerara: también éste hizo llevar a Sara a su palacio, convencido de que era la hermana de aquel gran jeque que se había instalado como extranjero en su territorio. Abimelec tuvo una premonición en sueños. Dios le dijo que devolviese a Sara, y así lo hizo. Pero fue la maternidad de Sara, en competencia con la de su esclava Agar, lo que marcó su vida. Un día que estaban peleando el hijo de ésta, Ismael, con su propio hijo, Isaac, decidió que aunque ambos fuesen hijos del mismo padre, tenían que seguir caminos distintos. Y de este modo se deshizo de la esclava y de su hijo, quedando ella como única mujer de Abraham, y su hijo como único heredero.

La historia de Sara nos rebela que fue una gran mujer no sólo por su belleza, sino también por su carácter y por su gran habilidad en el manejo de situaciones altamente conflictivas. Las Saras tienen en ella un espejo que no ha perdido el brillo a pesar del paso de los siglos. Su nombre fue una premonición de lo que fue su vida. Es lo que tienen derecho a esperar las Saras. ¡Felicidades, princesa!

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