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LÉXICO - BULIMIA

Examinando el origen y desarrollo de los términos toro y vaca, tropecé con la bulimia. Lo usamos como el contrario de anorexia, y con él designamos la neurosis que nos incita a comer constantemente. Digamos que se trataría de una neurosis desenfrenada, fuera de los cánones de las neurosis beneficiosas en las que se nos educa, que son muchas y variadas. BouV (bus) es la vaca o el buey, y limoV (límos) es el hambre, la necesidad de comer. Los griegos fueron los forjadores del compuesto boulimia (bulimía) y de algunos derivados: boulimiasiV (bulimiasis), afección de bulimia; boulimiaw (bulimiao), tener ansias de comer (como un buey o una vaca), sufrir de bulimia; y así otros tres. Era, pues, bien conocido para los griegos el fenómeno de las personas que comen a todas horas, y lo tenían bien definido y denominado.

Pero por lo visto no acabó de gustar a todos esta palabra; otros vieron más adecuada la imagen de la voracidad del perro hambriento, la proverbial hambre canina, y formaron la palabra cinorexia como sinónimo alternativo de bulimia. El perro, en efecto, al igual que su congénere el lobo, come a panzadas: cuando tiene, aprovecha a hincharse; y cuando no tiene, pasa hambre y resiste. Aunque tanto la vaca como el perro comen por hambre, está claro que usando como referente a una o a otro, se describen formas bien distintas del mismo fenómeno. Son formas muy distintas de ansiedad. La vaca es incapaz de engullir como el perro.

Sin embargo la palabra cinorexia (kunoV / kynós = de perro) tiene la ventaja de situarnos en el mismo plano de la anorexia, y por tanto en la raíz del problema; es decir que se refiere a la orexiV (oréxis), al deseo, a la apetencia, que es la clave de la enfermedad, de orden claramente anímico. Esta palabra procede de oregw, wrexa (orégo, órexa), que significa tender, extender: oregein ceiraV eiV ouranon (oréguein jéiras eis uranón) = tender las manos al cielo; lanzarse hacia algo: ou paidoV orexato (hu paidós oréxato) = se lanzó hacia su hijo; y por extensión, desear. OrektoV (orektós), es algo deseado, que excita el deseo; orektikoV (orektikós) es un adjetivo del mismo orden. Es decir que el deseo de comer es una de las muchas concreciones de la orexiV (oréxis), por lo que se mantiene tanto en el término anorexia (falta de apetito) como en cinorexia (hambre de perro) la madre del problema: la apetencia o inapetencia; el deseo o la abulia (un grado más de inapetencia, el empeño en no querer). La lástima es que la cinorexia no la inventaron los griegos.

Es evidente que todas las enfermedades relacionadas con el apetito y con los apetitos son de orden psíquico, inducidas por prácticas aberrantes y por hábitos o tendencias del entorno. En el último siglo el antiguo arte de cebar se convirtió en una ciencia exacta, que se ha empleado en el hombre con óptimos resultados: los animales de granja en que se ensayó esta ciencia experimentaron un avance espectacular en la producción que de ellos se esperaba. Pero no menos prodigioso es el avance experimentado por el hombre: las crías humanas “se hacen”, gracias a los nuevos métodos de cebado, con una rapidez que hubieran sido incapaces de imaginarse nuestras bisabuelas y tatarabuelas. No sólo eso, sino que además hemos aumentado nuestro tamaño en el sentido diseñado por los dietistas, al igual que los animales en los que se aprendió esta ciencia. Pero tanto en ellos como en nosotros ha sido necesaria una intensa acción de cebamiento, forzando los apetitos naturales. Esta forma de comer al margen de lo que manda el apetito, acaba descomponiendo el sistema regulador de la alimentación, de manera que a unos les da por comer sin medida, y a otros les da por el extremo contrario. De la intensidad de este desarreglo es una prueba el hecho de que habiendo inventado la naturaleza el apetito para garantizar la alimentación, sea tan grande su estrago que los unos no se enteren de su peligroso hartazgo, ni los otros de su extremada depauperación. Mariano Arnal

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