La Poesía de Mariano Estrada

Hoy en día tendemos a pensar que la poesía no interesa a nadie, pero yo puedo deciros que de vez en cuando me llegan declaraciones que desmienten esa falta de interés. Es más, hay incluso personas dispuestas a gastar una parte de su tiempo no ya leyendo un poema, sino enriqueciéndolo con su arte y su trabajo para darlo masticado a los demás. Es el caso de Mar. Veréis con vuestros ojos. Oiréis con vuestros oídos. Sentiréis con vuestro corazón. Mar es argentina, hija de españoles y me ha dicho que ama a España con locura...

 

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Indice de Poemas


LA LUNA

A Federico García Lorca

Ya nadie mira a la luna,
la luna ya no es de nadie;
ya no la cubren de besos,
ya no la bañan con sangre.

Ni ya le escriben poemas,
ni ya le clavan puñales;
ya no hay tragedias de amores,
ya no hay amor, no hay amantes.

Ya pasa sola la luna,
ya pasa sola, sin nadie;
ya no amontona secretos
ni alumbra sueños, como antes.

¿Adónde fuisteis, poetas,
adónde fuisteis, amantes,
que la dejásteis sin versos,
que sin amor la dejásteis?

Ya no es de nadie, ni es luna,
la luna que ahora nos sale;
porque es un círculo sólo,
y sólo un círculo errante.

Sólo un castillo arrumbado,
sólo un recuerdo distante;
sólo una historia en un libro,
sólo una estatua en un parque.

La luna no será luna
sin corazones que amen;
sin pensamientos que vuelen
y sin poetas que canten.

Y es esa luna, lunero,
la misma luna, no obstante,
que tú metiste en los versos
porque era tuya una parte

Pero los hombres son otros
y otras las cosas que valen;
y otros los ojos que miran
y otras las formas de amarse.

La luna no será luna,
porque la luna es mirarse:
asesinar con los ojos
hasta el dolor de la sangre.


(De el cielo se hizo de amor, 1986)

 


TUS OJOS 

A Rosa 

Tus ojos silencian la noche,
tan llenos de calma,
tan quietos.
 

Tus ojos acallan las ramas,
juguetes que bailan
al viento.
 

Tus ojos envuelven la niebla
que llena la alcoba
de sueños. 

Parecen dos leños que arden
quemando las noches
de invierno. 

El cielo se agolpa en tus ojos,
tejiendo la noche
de negro.
 

Tejiendo las horas nocturnas
de cosas que quitan
el sueño. 

Tus ojos, mujer, amontonan
calor de mis años
enteros. 

Los años que fueron perdidos
de noches gastadas
sin ellos. 

Mariano Estrada

Del libro “Mitad de amor, dos cuartos de querencias”



TUS MANOS

 

No tienen sitio tus manos

entre mis manos.

No tienen sitio.

 

Porque sus leves temblores

no son de amores,

sino de frío.

 

Las manos enamoradas

no están calladas.

Hablan a gritos.

 

Tus manos están vacías

y entre las mías

no tienen sitio.

Mariano Estrada

Del libro "El cielo se hizo de amor"


LA SOMBRA DE D. QUIJOTE 

No tanto soy Don Quijote
como su flaca montura. 
Me arriman a las posadas 
y no me pagan hartura. 
  
Manduco en luengos caminos
  -de grija más que herradura-,
  hocico más que bocado
  y polvo más que verdura.   
Mellados tengo los huesos
  y enderredor, la envoltura, 
nutrida a palo y espuela, 
arenga, insulto, locura. 
  
Y la jaez que me cuelga
¡bendito Dios, con qué holgura!, 
me inclina tanto del lomo 
que todo el campo va en curva. 
  
No tanto soy Don Quijote
como su Triste Figura. 
Caballo que no hace sombra, 
jinete y hambre a la grupa. 
  
Mariano Estrada 
Del libro Tierra Conmovida


BERKELEY 

Lo mismo que hubo un tiempo en que me dio por enamorarme, y entonces leía a Prust, a Goethe o a  Bécquer, hubo otro en que me dio por cultivar el pensamiento, y entonces leía a Rusell,  a Sartre, a Kierkegaard... Leía incluso a Berkeley: ese obispo irlandés, metafísico y estrafalario, al que alguien le tuvo que decir que, por más que se creyese una idea, tuviera la precaución de apartarse cuando se precipitara sobre él otra idea más grande y más corriente con la forma vulgar de un autobús.

Y no es que yo hiciera un soneto después de cada lectura,  es que el inmaterialismo de Berkeley  me pareció una idea realmente redonda. Después leí en Ortega que la poesía era un medio magnífico para llegar al conocimiento, pero el soneto ya había sido redondeado. Con el conocimiento de Berkeley, no con el mío. De esto ya hace mucho, tanto que aún  las flores de España no se habían abierto a la polinización continental ni el Estado gravaba las facturas con  IVA. 

IVA: dentro de una afición general a la lectura, el venate filosófico pudiera parecer un sarampión de juventud;  lo que pasa es que fue tan virulento y desenfrenado que, finalmente,  me llevó a matricularme en la Facultad de Filosofía y Letras de La Universidad de Alicante, allá por el final de los setenta. Pero, vamos, ¿quién no se ha dejado llevar al huerto alguna vez, después de ver la luna derramando  terciopelo sobre  los albaricoques?

El soneto es éste:

BERKELEY. ES DECIR, SU IDEA. 

En esta soledad abrumadora,

aislado como estoy de lo mundano,

¿existo en realidad o soy un vano

concepto de una mente perceptora?

 

Existe o no el reloj que da la hora,

la silla en que me siento y me devano?

¿Existe el corazón, el tuyo, hermano,

o sólo es ilusión de quien lo llora?

 

Filósofos que hubo antes de ahora

negaron la existencia de la mora,

teniendo sus tinturas en la mano.

 

Negaron el reinado soberano

y externo de la cosa más sonora:

el crótalo, el tacón de una señora...

 

Mariano Estrada

(De El Limón Hespérico)

 


SE ME PONE EL ALMA

Se me pone el alma
solitaria y triste,
descreída y vieja,
porque nadie admira,
porque nadie escucha,
porque nadie sueña.

Porque nadie sabe
mantener el fuego
con aquella leña
que nos dio calores
que nos dio esperanzas
que nos dio creencias

Y la vida pasa
como pasa el hombre
que no tiene señas:
sin dejar constancia,
sin hacer ovillo,
sin hacer madeja.

Sin dejar tampoco,
como deja el aire,
como el agua deja,
una marca honda,
una huella firme,
una firma cierta.

Pues si fuimos fuentes
con el agua limpia,
con el agua fresca,
ahora somos pozos
con el agua turbia,
con el agua negra.

Ojalá los hombres,
ojalá las cosas,
ojalá las bestias,
me trajeran sueños
de la Edad de Bronce,
de la Edad de Piedra.
Donde hubiera arraigo,
donde hubiera calma,
donde el tiempo fuera
el reloj callado
de las grandes horas,
de las horas muertas.

Pero nadie sabe
de ese pauso sueño
que nos da paciencia,
porque todo urge,
porque todo empuja,
porque todo aprieta.

Y el aprieto agobia
y el agobio mata
y la muerte entierra
los amores hondos,
los quereres dulces,
las sonrisas tiernas.

Pues las ansias mueren
y las glorias pasan
y las prisas dejan
a los hombres solos,
entre sueños vanos
y palabras hueras.

Que los pies se cansan
y los cuerpos sufren
y las almas quedan
como el alma mía,
solitaria y triste,
descreída y vieja.

(Del libro Vientos de soledad.)

 


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