La Poesía de Mariano Estrada

LA IMPORTANCIA DE LAS ABEJAS 

                                                                        A Daniel Estrada y a Eli Expósito

A lomos de una yegua rojiza, Juan , padre, e Isidro, hijo, se dirigen al colmenar de Tijera (Tijera es un paraje de Muelas de los Caballeros, en la provincia de Zamora). A la altura del cementerio, se les une una tercera persona que, en contra de lo que pudiera parecer,  no es el Espíritu Santo, sino un ocasional compañero de viaje. Se llama José Antonio y  lleva perro y montura.

-         Los cementerios siempre me producen escalofríos –reflexionó el incorporado en voz alta.

-         Hombre, en el invierno son lógicos –repuso Juan con un rictus de sorna.

-         Lógicos o cronológicos, lo cierto es que la carne se me pone de gallina.

-         Entonces, José Antonio, el caldo lo tienes de balde. 

El lugar llamado Tijera, donde se curva el Fontirín para adentrarse, después,  en territorios ignotos, es la parte más baja que Isidro anduvo nunca del río, un río cuyas aguas transparentes permiten ver a las truchas cuando salen de sus escondrijos bajo las piedras. Y es ahí, bajo las piedras, donde a veces son sorprendidas por determinados pescadores aventureros que, emulando a un gato famoso, suelen pescar con botas. Otros pescan con cañas de bambú, pasando del mosquito a la cucharilla, tal vez de la paciencia al desánimo. El trasmallo se considera un aparejo depredador y está prohibido por ley, como la nasa. No digamos las redes o los venenos.

-         ¿Y la lombriz? –inquirió en este punto José Antonio.

-         Quien pesca con lombriz –repuso Juan- no sólo no transgrede la ley, sino que es un inocente y un cándido. A no ser que las lombrices sean las propias, porque entonces está ahorrando el ricino.

-         Tan cierto es lo que acabas de decir, Juan,  que incluso tiene un nombre: pescar a ojete.

-         ¿Con lombrices? No sé, José Antonio, la versión original venía con un garbanzo en el culo... 

A pesar de la edad, o precisamente por ella, a Isidro no le impresionaban estas conversaciones de chirigota que, asumidas por la costumbre, tomaba exactamente por lo que valían. En cambio, había otras cosas que, siendo mucho más naturales, no le dejaban de impresionar:

-         ¿Sabes, papá?: ayer vi una culebra que estaba tragándose a una trucha.

-         ¡Vaya! ¿Era la primera que veías?

-         Sí, la primera. La tenía engullida por la mitad y no podía moverse ¡Menuda boca, Dios, parecía que se le iba a desencajar!

-         Claro, la trucha sería grande y... –razonó Juan, un tanto  absurdamente- ¿Y tú qué hiciste? –concluyó.

-         Nada, las empujé con un palo hasta la orilla y las estuve mirando un buen rato; luego las dejé donde estaban.

-         ¿Y no sentiste una especie de repelús?.

-         Al principio, sí, un poco. Luego las miré tranquilamente y... ¡qué quieres!, al final me dio pena.

-         ¿Pena?  -se sorprendió Juan- ¿Por qué?

-         Hombre... –razonó Isidro, tratando de justificar su sentimiento- la trucha estaba muerta, la pobre; y  la culebra era inválida... ¿Cuánto le costará digerirla?

-         No lo sé, Isidro, pero tiene todo el tiempo del mundo...

 

Al llegar a Villarrío, donde la primavera es un manto que estremece, José Antonio procede a despedirse de sus circunstanciales compañeros de viaje, pero antes se ve en la necesidad de decir:

-          Virgen Santa, Juan, ¿será por flores?... Si este año no hay miel es que las abejas son zánganos.

-          Así es –contestó Juan, desde una satisfacción no contenida- a finales de semana las colmenas pueden ser hervideros; además,  los robles van a atiborrarse de enjambres.

-          ¿Enjambres? –se sorprendió José Antonio- Yo soy lego en abejas, Juan, pero si veo un enjambre lo que hago es que salgo zumbando.

-           Bien se ve, José Antonio –se apresuró a decir Juan- que tu reina no es de este mundo. Pero estás en un error: las abejas de un enjambre pierden el instinto de la picadura. Mucho las tienes que cabrear para que piquen...

-          ¿Cabrearlas yo? ¡Ni churros, hombre! Y te digo más, Juan,  acabas de conjurar el peligro de por vida...

A medida que avanzaba  la mañana, la mente de Isidro se iba acabando de despejar. Máxime cuando los pensamientos, tras la última conversación de los mayores, estaban taladrados por las abejas.

-          Papá –dijo, mientras miraba las espaldas de José Antonio- ¿Es verdad que las abejas son machorras?

-          Sí, salvo la reina, que es la que pone los huevos.

-          Pues a mí me parecen delicadas y femeninas, como las mujeres.

-          Y lo son, pero también son estériles como las mulas ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

-          No sé, yo me acuerdo de Justa, la hermana del pastor, ya sabes. Es una mujer pero parece un hombre. Las abejas, en cambio,  jamás parecen zánganos.

-          Menos mal, Isidro, así no se matan entre ellas.

-          ¿Y por qué los matarán,  por holgazanes?

-          ¿A los zánganos? No creo –Contestó Juan, serena y razonadamente- Lo hacen porque, cumplida su misión, las abejas los juzgan  inservibles.

-          Entonces, papá, ¿por qué no matamos nosotros a los viejos?

-           ¡Vaya una pregunta, muchacho! –se admiró Juan, en tanto meditaba una respuesta- Las abejas –dijo finalmente- actúan por instinto. A nosotros, por fortuna, nos mueve el corazón y las razones.

 

Cuando a Isidro le decían en la escuela que mayo era el mes de las flores, nadie le hablaba jamás de las abejas, sino de la Virgen. ¿Por qué?. Es más, nadie pensaba en las abejas cuando, por indicación de maestros o de curas,  salía a coger flores a los prados para ofrecérselas a La Virgen.  Y para colmo, a la Virgen se la honraba con flores pero, como éstas, posteriormente, no se veían muy bien en el altar debido a que la Iglesia era oscura, entonces se iluminaban con cirios. ¿Y a alguien se le ocurría pensar que los cirios  provenían de la cera donde las abejas depositaban la miel? No, la Virgen se llevaba las flores y los cirios, porque tenía de antemano la veneración, lo cual se relaciona con la fe. Y la fe mueve montañas, ciertamente,  pero sugiere la sumisión de la voluntad, y la sumisión de la voluntad asume el reconocimiento de la concepción sin mancilla. Virgen y madre. Génesis misteriosa. No ha conocido varón. Para ella los cirios y las flores.

-         Papá: ¿las abejas son importantes?

-         No sé, Isidro, ¿es importante la miel?

A Isidro se le fueron los pensamientos a las rebanadas de pan de la merienda y reconoció gustosamente:

-   Sí, la miel es importante, pero, si quitáramos la miel, ¿las abejas seguirían siendo Importantes?

-         Tú dirás, muchacho, ¿son importantes las lagartijas y las mariposas?

 

Las colmenas eran troncos de roble vaciados interiormente, sobre los que se ponía, después, una losa plana de pizarra. Entre el vaciado de los troncos y la colocación de la losa, mediaban unos cuantos agujeros, por los que las abejas se comunicaban con el mundo, y una serie de travesaños que servían de sujeción a los panales de cera.

Las colmenas de Juan estaban en el interior de un recinto, levemente escarpado y pizarroso, en el lateral este del Fontirín, quedando hacia el oeste el agua y la vista. Las flores emergían por todas partes, ya que el monte limítrofe era un brezo profuso y extendido. Los alrededores del colmenar, incluidas las paredes y los peñascales, acogían a una hueste prolija de lagartijas. ¿Eran importantes las lagartijas? “Tú dirás, muchacho”. Las mariposas trazaban sobre las flores un número incontable de revoloteos. ¿Eran importantes las mariposas?

-         ¡Siiií! –gritó Isidro de pronto-. ¡Las abejas son importantes!

-         Vaya –replicó Juan- ¿Y cómo lo has sabido?

-         No lo sé, papá, sólo te puedo decir que estaba viendo un campo enorme de flores donde, extrañamente,  no revoloteaban las abejas ni las mariposas, y pensé: esas flores no pueden ser sólo para la Virgen, porque juntas no cabrían en todas las Catedrales del mundo....  Pero las flores, cortadas por manos invisibles, llegaban en manojos a la Iglesia, amontonándose en el altar, donde crecían y crecían... Hasta tal punto crecieron que los fieles, “venid y vamos todos”, se vieron aplastados contra los muros, “con flores a porfía”, donde antes se proyectaban  sus cánticos, “con flores a María”, y ahora se ahogaban sus estertores, “que Madre nuestra es”.... Ninguna mariposa, ni una triste abeja, ni un solo abejorro...

-         ¡Caramba! –susurró Juan, entre ahogos y enternecimientos- Sí que has ido tú lejos con los dibujos...

Pero Isidro, que estaba como ausente, no dio muestras de oír el comentario de su padre, de modo que prosiguió con la linde:

-         Entonces miré hacia el exterior y vi la escuela sin niños, los aleros sin golondrinas, las calles sin gatos y sin perros. Y de pronto me vi sólo en el mundo: sin padres, sin hermanos, sin amigos, sin sonrisas... Por eso temblaba cuando grité. ¿Te diste cuenta? Por eso te he cogido la mano...

-         Pues ahora me la tienes que soltar, amigo, porque acabas de reencontrarte con el mundo y porque, mira, ya nos están esperando las abejas.

 

Cuando llegaron al colmenar, al que Isidro accedió con el respeto conveniente y, por lo tanto, con la debida protección, Juan se dirigió a la colmena más próxima a la entrada y, remangándose la camisa, metió dentro los brazos y los dejó a merced de las abejas durante algunos segundos. Cinco, diez, quince, veinte...  Isidro miraba a su padre desde una confianza absoluta, por supuesto, pero también con el corazón asombrado y encogido. Veinticinco, treinta, treinta y cinco... Un tiempo, en todo caso, que a Isidro le pareció la eternidad.

-         Ya sabes, Isidro, que con esto se me quita el reúma –le aclaró su padre, mientras sacaba los brazos de la colmena.

-         ¿Y no sientes dolor? –le preguntó Isidro.

-         Claro que lo siento...

-         ¿Y por qué no se te tuerce la cara?

-         ¿A ti se te torcería?

-         Ya lo creo, incluso si me picara una sola.

-         No sé, a lo mejor quiero hacerme el valiente...

-         Sí, sí, el valiente...

Se quedó pensativo unos momentos y, sin dejar de mirar a su padre, prosiguió con el interrogatorio:

-         ¿Y por qué no se te hinchan los brazos, vamos a ver?

-         No lo sé, Isidro, quizás por la costumbre  –contestó Juan,  casi desmigando las palabras- Pero quiero decirte una cosa: las picaduras de abeja no son malas en sí, siempre que no sean excesivas. Y, lo que es más importante, siempre que no tengas alergias. ¿Tú tienes alergias, Isidro?

-         ¿Alergias? No las conozco ni de nombre, papá,  pero, si son como el miedo, se me van a juntar con las lombrices...

-         Son peor que el miedo, Isidro; tanto es así que “alergia y picadura pueden acabar en sepultura”.

 

De Tijera hacia arriba, el río tiene parajes intransitables que a Isidro le parecen particularmente maravillosos.  Hay zonas abruptas y peñascosas,  que están cubiertas de ramas enmarañadas en un mestizaje selvático: salgueras, urces, carrizos, escobas, helechos, zarzamoras, escaramujos...  Hasta los robles se acercan a la orilla a compartir la humedad con los humeros, árboles genuinos y definitorios, formas vegetales, acaso trascendencias del agua.

De vuelta hacia el pueblo, montado en su alazán y con su padre al lado, Isidro va recreándose en un río cuyo cauce no se deja ver, pero que puede imaginar perfectamente, porque él ha estado allí, por dentro, en esa soledad íntima y sonora, en esa insospechada magnificencia,  donde los árboles hacen arco al agua y ésta se estanca o se derrama, caprichosa y libremente,  en repentinos saltos de espuma.

Y en medio de esa nube, a Isidro se le va asomando a los ojos una sonrisa tranquila ¿Es feliz? Sin duda. Pero él no tiene conciencia de su felicidad, ni siquiera de una forma remota, sino que se limita a vivir cada momento, involucrado en su vida no sólo a sus padres, a sus hermanos y a sus amigos, sino también a las culebras, a las truchas, a las lagartijas...  y especialmente a los árboles, a los que se sube tan a menudo, a los que abraza y a los que quiere, sintiéndose savia de sus savias, hoja de sus hojas, madera de sus maderas. Desde esa dimensión, en ese espacio ancho de naturaleza compartida, ¿no iban a ser importantes las abejas y las mariposas?

Mariano Estrada

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