SOLIDARIDAD : LÉXICO

SOLIDARIDAD : LÉXICO

Infancia – Sanidad – Voluntariado – Derechos humanos – Cooperación desarrollo – Economía solidaria – Exclusión social

 

ACOSO

AGRESIÓNCORPORATIVISMOCOLONIZACIÓN  –  CULTURACONVIVENCIA

GLOBALIZACIÓN MALARIANIÑO – SOCIEDAD CIVIL 

 

ACOSO

Copio directamente el artículo acosar de la enciclopedia Espasa, que nos sitúa perfectamente: “Forzar, perseguir hasta poner en apuro, especialmente a las fieras. // fig. Perseguir y fatigar a alguno, ocasionándole molestias y trabajos. Admite las preposiciones a, con, por y de.

Acosar. Mil. Voz procedente de la caza de montería, que se ha introducido en los vocabularios militares. Significa perseguir con empeño, hostigar, estrechar, apurar al enemigo en retirada.

Acosar. Taurom. Suerte que no se practica más que en el campo. Consiste en meterse un hombre a caballo en medio de una torada o ganadería y perseguir a la res que se desea acosar hasta separarla del resto de la piara; entonces el jinete sigue persiguiéndola, hasta que cansada se para y, si es brava, acomete a su perseguidor, que procura evitar la acometida y guiarla hacia el resto de la torada, persiguiéndola desde muy cerca en la casi seguridad de que ya no vuelve la cara. Para practicar con éxito esta diversión es preciso conocer los instintos de los toros y contar con jacas adiestradas convenientemente. También se practica llevando los vaqueros la torada a un campo tan grande como sea posible, y entonces éstos son los que separan el animal que se quiere acosar, del resto de la piara; en cuanto lo han conseguido, dos o más jinetes, evitando siempre el barullo, la persiguen a todo escape hasta que logran derribarla con las garrochas. Las puyas que se emplean para derribar, sólo deben tener unos 6 mm, y la garrocha 3.50 m de largo, y son menos pesadas que las ordinarias, usadas para picar. Antes era un espectáculo que hacía las delicias de infinidad de aficionados, no obstante sus muchos peligros, y se amenizaba con fiestas suntuosas y opíparos banquetes, pues constituía para los ganaderos uno de los actos más importantes de su industria. En la actualidad, la afición a esta clase de espectáculos se ha perdido bastante, haciéndolo, la mayor parte de las veces, los mismos vaqueros encargados de la custodia de las reses.”

Hasta ahí la Espasa. He optado por la transcripción íntegra porque eso nos sirve para saber en qué se empleaba el verbo acosar y su respectivo nombre acoso antes de pasar a construir la figura jurídica del acoso sexual. Eso es todo lo que había. Nos queda de la misma familia el término coso, con el que se nombra la plaza de toros, y antes la calle principal de algunas poblaciones (ej. El Coso, de Zaragoza), así llamada porque se utilizaba para carreras y corridas. Sinónimo del coso en urbanismo es la carrera (ej. la Carrera de San Jerónimo en Madrid). En efecto, viene la palabra coso del antiguo cosso, y éste del latín cursus, que pasa también por corso. Nos quedan también cosetada con el valor de carrera o corrida y el antiguo cosetear con el significado de lidiar animales o luchar en un torneo. En el fondo está pues el verbo curro, cúrrere, cucurri, cursum. El prefijo a, residuo de ad, nos indica dirección, finalidad; es decir “para que corra”. Y eso es en principio el acoso: hacer correr para conseguir finalmente la rendición. Recordemos nuestra expresión “acoso y derribo”. Esos son los antecedentes, esa es la memoria, esa es la marca que ha dejado en nuestra memoria colectiva el término acoso, una acción de muy alta intensidad. El llamado acoso sexual no siempre es de tan alto voltaje.

AGRESIÓN

Es difícil pensar en una palabra más inocente que ésta, si no fuese por el rabo y los cuernos de que la hemos dotado. Se trata de una palabra eminentemente territorial, donde lo que importa no es el cómo, sino el qué. En cuanto alguien ha marcado un territorio como suyo convirtiéndolo en comarca exclusiva (es decir excluidora, que deja encerrados (clausi) fuera (ex) a los demás), el hecho de que alguno de los demás, de los encerrados fuera o excluidos se le ocurra acercarse a la demarcación, es considerado por los comarcanos como una agresión. A partir de ahí se sienten plenamente legitimados para atacar. Y no digamos si esos “otros” llegan a entrar en el territorio. Entonces se encuentran ante una invasión, con lo que la cosa es aún más seria.

Y sin embargo, el “agresor” desde su perspectiva no hace nada ilegítimo ni ofensivo. Simplemente “va”; pero claro, va en una dirección que no le conviene a quien en aquella dirección se ha marcado un territorio, un coto cerrado. La verdad es que en nuestra lengua entró ya esta palabra marcada en negativo, porque así la usaron los romanos, aunque muy poco: aggressio era agresión, ataque, acometida, y aggressor el agresor; pero éstos fueron neologismos de uso restringidísimo, porque el verbo del que proceden, de sentido mucho más amplio, no les dejó prosperar. En efecto, aggredior, aggressus sum, aggredi (de ad más gradior, gressus sum, gradi) significa simplemente ir hacia, dirigirse a, acercarse, aproximarse; significados que luego se amplían en emprender, acometer, atacar, agredir. 

Es que desde el momento en que gradior significa tan sólo ir, caminar, avanzar (y un gradus no es más que un paso, que si es de escalera se convierte en escalón), no se podía cerrar tanto su significado que únicamente cupiese en el compuesto aggrédere el ir o avanzar en una dirección con malas intenciones, es decir de forma agresiva. Basta que recorramos todo el espectro de este lexema en español para entender que no puede ser de otro modo. Aparte del grado, la grada, los grados (incluidos los de temperatura), las gradaciones y las graduaciones, tenemos una serie de compuestos como ingreso, regreso, progreso, congreso, que no implican ningún género de malevolencia u hostilidad. Incluso en la transgresión puede no haber agresividad ni hostilidad. 

Así que desde la perspectiva de su origen etimológico, agredir es algo tan neutro como acercarse. Lo que convierte el acercarse en peligroso u ofensivo, es la intención del sujeto en unos casos, y la percepción que de ese acto tiene quien está enfrente en otros. Y en más casos aún lo que determina la agresión es el empeño de alguien en que otro haga o deje de hacer en función de los caminos y fronteras que él por su cuenta y riesgo marca. Eso lo hace acotando para sí un determinado territorio geográfico, económico, político, etcétera, y pretendiendo que los demás asuman que ese coto es para ellos inaccesible e intocable. Por eso se dan por agredidos cuando alguien de fuera de ellos se acerca a su coto. Por eso cuando se trata de meterse en el terreno económico de otro se le pide al vendedor agresividad. Es que en nuestro subconsciente léxico persiste la idea de que una agresión es al fin y al cabo un acercamiento.  

CORPORATIVISMO

Hay palabras que son metáforas muy acertadas, en las que no reparamos por lo habituados que estamos a ellas y porque no tenemos nombres alternativos con que comparar. No sabríamos con qué otra palabra expresar el concepto de organización; seguramente por eso nos cuesta caer en la cuenta de que viene de órgano; de que al hablar de organización nos referimos a una construcción tal de las cosas, que en su estructura y funcionamiento imitan a los órganos. Del mismo modo cuando hablamos de corporación tomamos como referente el cuerpo (en latín corpus). La imagen que pretende transmitir esta palabra es que entre muchos elementos en origen dispersos, se forma un cuerpo, de manera que los componentes del mismo han perdido ya su independencia y autonomía para pasar a ser miembros de ese cuerpo. De donde se infiere que por sí mismos no son nada, como no es nada un miembro arrancado del cuerpo, por muy valioso e importante que sea en él. Ya puede ser la cabeza el centro de dirección de todo el cuerpo, que separada de él no vale nada, pues ya no puede funcionar como tal, y por lo demás en muy poco tiempo hasta dejará de ser cabeza, porque se pudre.

Los romanos tenían ya el término col.legium para referirse a cualquier género de agrupación, empezando por los mismos colegios sacerdotales. Sin embargo encontramos en alguna inscripción el término corporatus para referirse al miembro de una corporación, colegio o cofradía. Es el participio pasado del verbo corporare, que significa las más de las veces dar o tomar un cuerpo, formarse. Eso es señal de que en el latín vulgar relegaron la idea de recoger o juntar a la que se refiere el col.legium del latín culto, para pasarse a la imagen del cuerpo, una metáfora sin duda más sugerente. Conocieron el adjetivo corporativus, pero con el significado de fortificante, que da cuerpo o hace por el cuerpo. Asimismo el sustantivo corporatio también lo emplearon, pero con el significado de naturaleza corporal. Nada que ver por tanto con la corporación y lo corporativo, que tienen ya plena entidad en la edad media.

Partiendo pues de la corporación, que de hecho se refiere a la formación de un cuerpo, se pasa al adjetivo corporativo, que es todo aquello que tiene que ver con la corporación; y de ahí, con la desinencia –ismo propia de doctrinas, tendencias y sistemas, pasamos al corporativismo, que es el espíritu de cuerpo, esa actitud de defensa a ultranza de todo aquel o aquello que tenga que ver con la corporación. Esta actitud se entiende porque históricamente las corporaciones profesionales, luego llamadas también gremios, hermandades o colegios, tenían el monopolio de su respectivo ámbito y lo defendían a ultranza. Lo singular es que siendo esta actitud propia de todas las formas de asociación se eligiese este término para referirse a todos ellos. Existe también la palabra gremialismo, que significa más la inclinación a formar gremios, que la actitud que caracteriza al corporativismo, que es impedir por todos los medios que sea tocado ni uno solo de sus miembros, de hacer piña en torno a cualquier miembro que sea atacado, porque se siente atacada en él toda la corporación. Exactamente igual que reacciona el cuerpo cuando es atacado cualquiera de sus miembros.

COLONIZACIÓN  –  CULTURA

cultivo, culto (religioso) culto (adj.), cultivar, cultivado-a, inculto, incultura agricultura 

Del verbo latino colere (del que derivan colonia, colono, colonizar, colonialismo), cuyo supino (forma nominal) es cultum y que significa cultivar. Tiene su origen en la raíz griega kol (col-) que significa originariamente podar (posiblemente la madre de todas las labores de cultivo, tanto vegetal como humano) y que posteriormente se decantó hacia el culto-cultivo de las personas, con el significado, también muy sintomático, de “adular” en el culto destinado a los de más arriba, y de “castigar” en el cultivo de los de más abajo.

Respecto a los derivados de la raíz col- hay que señalar la fidelidad al origen que ha mantenido la palabra colono (que es el que cultiva la tierra, sinónimo de agricultor), frente a la desviación que han sufrido las palabras colonizar y sobre todo colonialismo, que ya nada tiene que ver con el cultivo, sino con la explotación de los cultivadores, actividad ésta última, propia de los conquistadores o dominadores.

Ejemplo evidente de la enorme diferencia que hay entre ir a un territorio en calidad de colono (es decir a trabajar uno mismo y vivir del propio trabajo) o ir de conquistador (es decir a hacer que trabajen los demás y a vivir de su trabajo), es América. Al cabo de 500 años todavía se diferencian enormemente los territorios que fueron objeto de conquista y los que fueron objeto de colonización. Son dos filosofías distintas que comportan unas praxis absolutamente distintas (no entro en la calificación, sino sólo en la diferencia) y unos resultados también distintos.

Cuando los que fueron colonos se dedican a conquistar, a someter, a sojuzgar, a explotar a las poblaciones de otros territorios, no se atreven a llamar a las cosas por su nombre y encubren sus actividades imperialistas con el nombre mucho más suave de colonialismo (que al haberse usado tan torcidamente ha perdido todo su decoro)

CONVIVENCIA

Convivencia es de hecho la transcripción española del latín conviventia, neutro plural del participio presente del verbo convívere, una sustantivación que nunca emplearon los romanos, y que significaría “todo aquello que convive”. Se trata por tanto de un neologismo culto que nunca hubiesen formado ellos porque se hubiese podido interpretar en cualquiera de los dos sentidos que tiene el verbo convívere y se hubiese prestado por tanto a toda clase de equívocos. En efecto, se echa de ver en esta palabra, que en Roma eran de religión única; aunque justo es decirlo, tan sincrética que agregaba sin mayor esfuerzo a su panteón (pan qewn / pan zeón =de todos los dioses) a los dioses vencidos, con sus ritos y misterios. Es que entre los castigos que infligían a los vencidos, no estaba el de quemarles totalmente las raíces. Algún misterio ha de haber en esta práctica, puesto que no fue exclusiva de los romanos.

Digo esto porque en latín están en paralelo el convidar y el convivir, tanto que comparten origen y significado. El verbo convivo, convívere, convixi, convictum está formado del prefijo de compañía cum, que significa “con”, más el verbo vívere, que significa “vivir”. Hasta aquí nada nuevo. Pero es que este mismo verbo se utiliza con igual legitimidad para expresar la acción de convivir, como la de comer juntamente o de acompañar a alguien en la mesa. Eso en la forma activa; pero es que el mismísimo verbo se adapta a la primera conjugación: convivo, convivare, preferentemente conjugado en voz deponente (equivalente a la voz media griega y a nuestros pronominales): convivor, convivaris, convivatus sum, convivari, con el significado de dar o aceptar una comida, banquetear; y conviva, del mismo origen, es el convidado.

Es decir que para los romanos el comer juntos formaba parte del vivir juntos, formaba parte de la convivencia (bien pensado, no sólo para los romanos, sino para cualquiera; ¿qué clase de convivencia sería esa en la que ni siquiera se coincide para comer?); o dicho en terminología religiosa, en la convivencia estaba implicada la comunión en su sentido estricto, es decir la participación en los mismos ritos y sacrificios, que en su mayoría (sobre todo los festivos) eran de comunión y se compartía por tanto en ellos la carne de las víctimas ofrecidas. Obviamente comulgan en un mismo rito, en una misma mesa sagrada, los que comulgan en una misma fe. La convivencia de estos tales es la más fácil y llevadera. Es asimismo la más primitiva, porque se necesita una cierta madurez colectiva para poder digerir sin empacharse otras comuniones y otras confesiones distintas de la propia. Bien diagnostica Nietzsche en su obra “Más allá del bien y del mal”, que Alemania era una nación demasiado inmadura como para ser capaz de digerir la presencia de un pueblo tan hecho como el judío; que era capaz de convivir, pero no de comulgar con ellos; y pronostica que si no era capaz de superar ese temor irracional a los judíos, nacido de su inmadurez, las consecuencias serían sumamente graves. Y se cumplió la ominosa profecía.

El concepto latino de convivencia implica comulgar con el anfitrión, comer del mismo plato. El concepto democrático de convivencia se conforma con menos.

GLOBALIZACIÓN 

Orbis terrarum llamaron los romanos al mundo entero, es decir al disco que creían que era la tierra (no globo; aunque también usaron excepcionalmente la expresión globus terrae). Orbis es la circunferencia e incluso el círculo: in orbem pugnare era combatir en círculo. Comparemos con la “órbita” que hemos heredado de ellos. En latín la misma palabra órbita es el surco que deja la rueda (que recibía también el nombre de orbis), la rodera, la huella; y de ahí el curso, la órbita de los astros. Con este último significado nos hemos quedado. El globus en cambio es tridimensional: es el globo, la esfera, la bola, la pelota y todo lo que guarde alguna analogía como amontonamiento, pelotón, masa, multitud, apelotonamiento tanto de personas y animales como de cosas. Globus sánguinis es el cuajarón de sangre; y hemos llamado glóbulo (dim. de globo) a la masa más pequeña de sangre que podemos conseguir. 

Existe desde hace siglos en nuestro diccionario el término englobar, que significa juntar cosas que no tienen que ver entre sí, para formar con ellas una unión lógica, una nueva unidad; algo así como uni-vértere, convertir en uno, hacer un universo de muchas cosas distintas. De hecho, la necesidad de simplificar y de sistematizar nos empuja a englobar las cosas, a envolverlas en un mismo globo. La misma idea subyace en el verbo globalizar, pero con el sentido sistemático e insistente que le da la desinencia –izar. Es la tendencia física de los cuerpos menores a orbitar en torno a los mayores y a dejarse absorber por ellos; tendencia que se repite en los demás órdenes de la realidad. Los romanos no definieron bien este concepto. Se pararon en una fase más primitiva: en el verbo globo, globare, que usaron con el significado básico de ponerse redondo, y que ampliaron luego a apelotonarse; agruparse, reunirse. Tal como se complica la palabra, se complica el concepto. Al añadirle el prefijo –en, expresamos la idea de encerrar en un globo, en una totalidad. Y con el sufijo –izar le añadimos al mismo concepto la idea de sistematización, de inexorabilidad. 

Los términos de ampliación, concentración, unificación, en el orden sistemático y lógico, tienen valor positivo. Por eso es extraño que un movimiento de resistencia al sistema haya elegido como símbolo de lo negativo del mismo, justo el concepto de globalización. Y es tanto más extraña esta elección, cuanto estos mismos enemigos del sistema lo son a la vez de la familia, por poner sólo un ejemplo; con lo que hacen absolutamente imprescindible la globalización, si quieren cobrar las pensiones de paro, de enfermedad, de vejez. Es que ellos mismos cuentan con la globalización del trabajo en su propio beneficio; no sólo el de las pensiones ya citado, sino también en el de los precios. Son precisamente estos antisistema los que pretenden vivir lo más económicamente posible; y eso sólo pueden hacerlo gracias a la globalización del mercado, que les permite comprar cada producto del país que más barato lo produce. Por eso cuesta tanto entender qué alcance tiene ese movimiento; porque los antiglobalización no están dispuestos a renunciar de ningún modo a los beneficios que les ha reportado hasta ahora la globalización.

MALARIA

Del italiano mal, malo, y aria, aire, = mal aire. Es una palabra construida sobre la creencia de que el aire puede determinar la salud o la enfermedad. También en nuestra lengua existen expresiones análogas: Ferir el mal viento en uno es una expresión arcaica para decir que han caído sobre alguien desgracias y enfermedades; para decir que le ha dado a uno un ataque de parálisis, se usa popularmente la expresión “le ha dado un aire”, llamado también aire perlático o perlesía. “Estar de buen o mal aire” es estar de buen o mal humor. “Tomar aires” es estar en un lugar distinto de aquel en que uno vive, para recobrar la salud. Lo mismo se expresa con la frase “Mudar aires o de aires”.

La malaria, el “mal aire” por antonomasia es la fiebre intermitente y remitente producida por los efluvios (aires) palúdicos. Se llama así también al aire, es decir a las emanaciones atmosféricas que se consideraron causa de esa fiebre. Al desconocer la causa de esas fiebres, trabajaron otros sobre la hipótesis de que no era ésta el aire, sino el suelo; por lo que se las llamó también fiebres telúricas (en latín tellus telluris es la tierra). De todos modos se vio claro que estaban relacionadas con los pantanos, por darse éstas únicamente en tierras pantanosas y aguas estancadas, por lo que finalmente quedó como nombre más común de esta enfermedad, el de fiebres palúdicas (pantano en latín es palus, paludis; pantanoso, palustris, palustre).

Se vio la relación de las fiebres con los pantanos, pero no con todos, ni siquiera estaba claro que todas las razas se vieran igualmente afectadas (la raza negra era la más resistente; la blanca, la menos), por lo que se continuó buscando la causa y el nombre de la enfermedad. Al final se descubrió que las aguas estancadas eran el hábitat de un mosquito, el Anopheles, que es transmisor del hematozoario de Laveran. Hematozoario es el “animalillo” (zoarion / zoárion) de la sangre (aimatoV háimatos). Ese era finalmente el responsable de la malaria o de las fiebres palúdicas o telúricas: un animalillo que vive en la sangre, cuyo transmisor es un mosquito. La forma de transmisión es mediante la picadura del mosquito, que habiendo chupado los gérmenes patógenos, los inocula con su saliva. Otra forma más acorde con el nombre de malaria es la ingestión de huevos y larvas de mosquitos a través del aire o transportados por las manos al tocar cosas infectadas, que pasan a la sangre a través del sistema digestivo.

Allí donde se produce la malaria, el saneamiento de la zona mediante la desecación de las lagunas infestadas, o haciendo correr por ellas un curso suficiente de agua viva, acaba con los mosquitos anopheles y por tanto con la enfermedad. La fiebre intermitente es la forma clásica de la infección, y según su frecuencia recibe distintos nombres. En los países templados se distinguen tres tipos principales de estas fiebres: las simples, que comprenden cinco frecuencias: la fiebre cotidiana, que se produce cada día; la terciana, que se produce cada tercer día; la cuartana, cada cuarto día; la quintana, sextana y septana cada quinto, sexto y séptimo día. Luego están las dobles, en que las fiebres se producen dos veces cada día, cada tres, etc. siempre a la misma hora; y las redobladas en que los días pares o impares las fiebres tercianas son iguales, mientras que en la cuartana queda un solo día sin fiebre.

NIÑO 

Es ésta una palabra difícil, de las que rehúye el lexicólogo. Aparece aislada en el diccionario, sin campo léxico con que relacionarla. Es que de hecho se trata de una anomalía que se ha colado en el léxico por la puerta falsa. Lo más probable es que haya ocupado durante mucho tiempo en la lengua infantil el lugar que ocupan hoy nene y nena, a la manera como papá y mamá están invadiendo el campo que correspondió en exclusiva a padre y madre. Pudo ser pues, la forma familiar infantilizante de puer, puella o infans (gen. infantis). 

Si partimos, en efecto, de que en latín tenemos las palabras infans (in- fans es el que no habla) para el que hoy llamamos bebé, neonatus para el recién nacido, y puer para el niño en general, está claro que no es en latín donde hemos de buscar el origen de esta palabra. Si exploramos ese campo léxico en el diccionario latino, encontraremos la forma ninus únicamente en la onomástica. Ninos y Ninus es como llamaban a Nínive los romanos, transcribiendo los respectivos nombres griegos. Ninus es asimismo el nombre del fundador de Nínive, esposo de Semíramis. Y se encuentra como nombre de varón a partir del siglo II, con toda probabilidad siguiendo este calco. Eso es todo lo que hay. Está claro por tanto que no es en el latín donde hemos de buscar el origen de nuestra palabra. 

Pero ocurre que la raíz nin la encontramos también en las familias lingüísticas del  catalán, el gallego (menino) y el italiano; por eso los lexicólogos quieren creer en un ninus o ninnus del bajo latín como origen común de esta palabra, que tardó en pasar de la lengua hablada a la escrita. Pero aun con esto, queda por explicar la procedencia o las conexiones de ese hipotético ninus o más probablemente ninnus, porque no hay campo léxico al que asignarlo. Las formas niño y niña testifican la doble nn (observemos cómo de annus hemos pasado a año). La única explicación que nos queda es asignarle a esta palabra un origen infantil imitado por los adultos, que ayer más que hoy se caracterizó por la tan plásticamente llamada ñoñería. Corominas ha rastreado la presencia de palabras análogas en otras lenguas: en ruso, njanja es teta y biberón; en vasco aña es la niñera; en gallego nana o nanai es mamá; en el alemán del Tirol nene es el abuelo; en servio y en otros idiomas, nana es la hermana mayor; en húngaro dan ese mismo significado a nene; en turco nené es la abuela; en búlgaro neni es el viejo.   

Aparte de la tendencia a extender esta denominación a personas cada vez menos niños (obsérvese el mismo fenómeno en infante, mozo, criado, chico o chica que se usan sin límite de edad), llama especialmente la atención el uso de niña con el significado de pupila. El hecho de que no sea exclusiva de nuestras lenguas esta polisemia, puesto que se da en muchas otras la coincidencia de nombre para la pupila y la niña o la chica joven, hace pensar que la asignación de este nombre a la pupila le viene del reflejo en ella de la imagen del que mira a otra persona de muy cerca a los ojos. La uniformación idealizada de esta imagen parece ser que es la responsable de que a las pupilas las llamemos las niñas de los ojos.

SOCIEDAD CIVIL 

Cuando uno piensa en parámetros políticos o sociológicos, a la hora de buscar un nombre que haga buena pareja con el adjetivo “civil”, el primero que se le ocurre es “sociedad”, quizá porque esta asociación léxica es de creación muy reciente, inventada nada más y nada menos que para oponerla a la clase política, o estamento político y al poder político en general; o simplemente al poder; para delimitar una arbitraria distinción entre los derechos civiles y los derechos políticos. Tan flagrante es el saqueo que ha hecho la clase política de los derechos civiles y la usurpación de personalidad de la ciudadanía, que la lengua ha tenido que suplir con nueva terminología lo que la política (la acción ciudadana o civil por antonomasia) le ha robado a la ciudadanía.  

Así hemos de distinguir por una parte a los que han hecho de la carrera política (el cursus honorum que decían los romanos, y que es sólo uno de los grandes derechos de todo ciudadano, complementario del ius suffragii) una profesión, una ambición y en no pocos casos un negocio; y colocar en la otra parte de la barrera a los ciudadanos de a pie, como si se tratase de clases sociales contrapuestas. Y para reflejar esta oposición real, la lengua ha tenido que crear denominaciones distintas para ambos: la clase política por una parte, y la sociedad civil por otra, como si civil y político no fuesen una sola y misma cosa, pero dicha la primera en latín y la segunda en griego; como son la misma cosa el oculista y el oftalmólogo, el dentista y el odontólogo (como siempre, el lexema latino para lo más vulgar, y el griego para lo de más clase). 

Es posible que la resaca de la lucha de clases haya sido la responsable de que se haya rehuido oponer léxicamente la “clase civil” a la “clase política”, a fin de  evitar que las palabras lleven a los hechos, como a menudo ocurre. Así nos hemos quedado en la sociedad civil, un retorcimiento para evitar el nombre de ciudad (o devaluado éste, el de ciudadanía) que en rigor le corresponde. 

Pero la realidad es terca y deja al descubierto los eufemismos: resulta que para colmo de maniqueísmo se denomina “sociedad civil” no a la totalidad de los ciudadanos, sino únicamente a las agrupaciones de ciudadanos, a las que se quiere mantener a raya para que no hagan política (como si dijéramos, para que no hagan ciudad). ¿Y cuál es la manera de mantenerlas a raya? En primer lugar trazar la raya, y así se denominan Organizaciones No Gubernamentales. Organizaciones NO. Pero el invento no funciona; la sociedad civil se empeña en hacer de tal y por consiguiente en hacer política o más bien contrapolítica.  

Pero es que siendo de naturaleza política, es decir ciudadana o cívica, se ven impelidas a entrar en el juego político (ciudadano), porque no puede ser de otro modo. Y juegan al escondite con el poder político, y a menudo se dejan querer por él. Pero se ha conseguido corromper las ideas y las palabras de manera bastante como para que la “sociedad civil” sienta rubor de competir de cara con los políticos, como si no fuese igual de legítimo el gobierno de la ciudad por un orfeón o por un club deportivo, como por un partido político o por una partida de políticos. Es necesario romper ese monopolio para devolverle la política a la “polis” y la ciudad a la sociedad civil (es decir ciudadana).

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