Archivos

rel


    Twitter Facebook Google Plus LinkedIn RSS Feed Email

Los Sanfermines

Los Sanfermines

Las fiestas de Pamplona en honor de San Fermín -los Sanfermines- son unas fiestas que combinan lo oficial con lo popular, lo religioso con lo profano, lo local con lo foráneo, lo viejo con lo nuevo, el orden con la subversión. Y todo ello en una semana larga que va desde la explosión del 6 de julio al mediodía hasta la nostalgia esperanzada de la medianoche del 14.

Los Sanfermines siempre han sido unas fiestas un poco especiales, pero cuando Pamplona era aún una pequeña ciudad desconocida -provinciana y clerical- los Sanfermines encontraron en el escritor estadounidense Hemingway -cosmopolita y laico- su más ferviente valedor, pues convirtió su pequeña novela “The Sun Also Rises” (“Fiesta”, en su versión castellana), publicada en 1926, en la biblia de bolsillo que todos los extranjeros traían ya trabajada en su cerebro y con unas inmensas ansias de reproducirla en su vida durante su más o menos breve estancia en la acogedora ciudad. Los Sanfermines se ofrecen al visitante como unas fiestas abiertas y hospitalarias, donde cualquier extravagancia es bien recibida y pronto se convierte en costumbre si cuenta con el respeto que se debe a los demás.

Los Sanfermines son unas fiestas en las que nadie es forastero, toda la gente se iguala por arriba, y en ellas no se interrumpe nunca el pulso festivo que tiene como protagonista al pueblo de Pamplona en su sentido más amplio: toda la gente que se encuentra en la ciudad durante las siempre cortas 204 horas de jolgorio, de bailes, de oraciones y de libaciones. No se puede olvidar que los Sanfermines son unas fiestas de origen religioso y que este carácter pervive aún en manifestaciones tan multitudinarias como la procesión de la mañana del día 7. Pero el culto religioso se combina perfectamente con el culto al toro -un animal totémico- y con el culto báquico al vino -una bebida no menos totémica-. Los Sanfermines, en fin, son una fiesta total, absoluta, radical, protagonizada fundamentalmente por los pamploneses, pero en la que los de fuera se sienten enseguida como en su propia casa -aquí no vale ser mero espectador- ya que Pamplona se convierte durante nueve días en la capital mundial de la alegría.