El pasado viernes,
a cuenta de la palabra proletario (que es el que en los censos es registrado
únicamente como productor de prole para el Estado) iniciaba el tema de la
incursión de las instituciones en la reproducción y por tanto en la conducta sexual.
Sigo hoy con la institución del celibato, que fue durante la Edad Media el más
poderoso regulador de la natalidad que ofrecía una alternativa distinta a la inexorable
regulación demográfica por el hambre, la guerra y las pestes.
La palabra celibato crece en el desierto. Procede del
latín caelibatus, y la familia se completa con caelebs / caelibis o coelebs
/coelibis (célibe). No parece que se la pueda relacionar o emparentar con las
raíces más afines, que son caelum, que significa "buril", y por
extensión cualquier otro instrumento de grabación; y coelum que significa
"cielo". Las etimologías que se proponen son muy poco consistentes. El
significado es "soltería", sin más connotaciones.
Hay que señalar en primer lugar que lo sustancial en el celibato
es la soltería, de la que se deduce la renuncia a la transmisión patrimonial,
indispensable en el feudalismo; siendo la renuncia a la actividad sexual una circunstancia
que puede acompañar o no al celibato, dependiendo de circunstancias sociales y
culturales. Es, en efecto, una consecuencia casi inevitable del derecho de primogenitura,
en virtud del cual sólo dos hijos tienen derecho al grueso de la herencia: el primer
varón nacido y la primera hembra nacida. En este régimen, diseñado para evitar la
fragmentación de los feudos, el primogénito varón (en Cataluña el HEREU) heredaba la
casa y las tierras, y la primogénita hembra (en Cataluña la PUBILLA) heredaba la mayor
parte del capital acumulado por toda la familia, incluídos los hermanos de los herederos.
Es decir que, de hecho el feudalismo creó dos clases de personas en la familia, en razón
del orden de nacimiento: los primogénitos, que nacían ya con el casamiento resuelto (y
en contrapartida, casi siempre impuesto), porque disponían ya de la conditio sine qua
non para casarse, que eran la casa y los medios de subsistencia (ver web 16-11 y
23-11) y los demás, que tenían que buscarse la vida para conseguir casa y tierras
(fundamentalmente enrolándose en las guerras) u optar por el celibato sirviendo a
Dios o sirviendo a otros señores, en cuyo caso las posibilidades de salir del celibato
eran muy escasas.
Fue una decisión muy dura, que dio lugar a cantidad de
desviaciones en todos los sentidos. En una sociedad cerrada en la que había más
herederos que tierras, se prefirió sacrificar la mayor parte de la población (¡que eran
los propios hijos!) para garantizar el dominio de la tierra. Hubo que optar por tener
hijos de primera e hijos de tercera. Pero a todo se acostumbra el cuerpo. De ahí nos
vienen "la parejita" como ideal de reproducción, o en su defecto empeñarse en
tener tener un hijo varón a costa de todas las hijas que haga falta; y una hija a costa
de todos los hijos que vengan. Había que ajustar la familia al "modelo" que
funcionaba. Una misma tierra y una misma casa no podían ser de todos. A alguien había
que sacrificar.