Archivos

rel


    Twitter Facebook Google Plus LinkedIn RSS Feed Email

PLATÓNICO


      SAN VALENTIN    

PLATÓNICO

La mayor genialidad de Platón, cuya fascinación no se ha agotado a pesar del paso de los siglos, fue crear un mundo virtual, como diríamos ahora, mucho más perfecto que el mundo real, y con la fuerza suficiente para suplantarlo con éxito. Su gran invento fue la teoría de las ideas: las cosas que vemos no son más que sombras de la gran realidad, de la esencia de las cosas, que está en las ideas. Así que tanto el conocimiento como la inclinación, tienen que dirigirse a los prototipos, no a sus copias. Más aún: nuestros sentidos y nuestra mente han de usar las cosas como trampolín para llegar a las ideas. El platonismo prendió con fuerza en nuestra cultura: penetró hasta en la Biblia (el inicio del Evangelio de san Juan es de lo más platónico que se puede escribir), y el genial san Agustín hizo una lectura platónica de la teología; y hasta tal punto convenció, que durante siglos fue venerado Platón como un santo profeta.

Amor platónico es, pues, el amor idealizado, el de aquel que considera que sus sentidos no son capaces de percibir toda la perfección del objeto amado, y que ha de guiarse por los ojos del alma, que le ponen en contacto con la misma esencia, con el amor por excelencia. San Agustín identificó al amor con Dios, es decir personificó la idea del amor, poniéndoles filosofía y belleza poética a los textos bíblicos. “Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Y he aquí que tú estabas dentro y yo fuera… Una vez abierto el camino, los místicos siguieron tras la contemplación y goce directo del Amor, no en sus sombras, sino en su esencia, sin la mediación siquiera de los sentidos. Es ésta la forma más platónica del amor. No sería nada extraño que fuese la mística iniciada por san Agustín, que durante siglos mantuvo forma tan sólo teológica, la que influyese de alguna manera en el nacimiento del amor cortés. Tampoco sería éste el primer caso de transferencia de la cultura religiosa a la profana (la misma “palabra” salió de la “parábola”, cuyo hábitat natural era la iglesia). Sin los fundamentos teológicos de la mística, nunca hubiera podido desarrollarse ésta.

¿Por qué habíamos de renunciar a los amores más ideales, si podíamos vivir en ellos del mismo modo que se vive un sueño? Es que la ilusión es como la ambrosía: mantiene siempre encendido el deseo y la esperanza y ennoblece la vida. Si podemos idealizar la realidad en que vivimos, si cada uno puede tener para sí el más sublime y perfecto amor, ¿por qué íbamos a renunciar? Esa es la esencia del amor platónico: la disposición a idealizar al ser amado como encarnación del amor. Es la ilusión de tener cada Quijote su Dulcinea, y cada Dulcinea su Quijote. Pero con el prodigio añadido de que el amor no queda tan sólo en contemplación, sino que obra buena parte de los milagros que se forja. Cuando una Aldonza Lorenzo cualquiera sabe que es tenida por Dulcinea, se metamorfosea en Dulcinea. Y cuando un Alonso Quijano cualquiera se sabe visto como Quijote, es muy capaz de convertirse en tal. He ahí el embeleso, la virtud de infundir belleza. “Cuando tú me mirabas, su gracia en mí tus ojos imprimían” y “ya bien puedes mirarme después que me miraste, que gracia y hermosura en mí dejaste”. Sin Platón no hubiésemos llegado hasta aquí.