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EL FETICHISMO VERBALISTA

La ministra de educación, adelantando algunos de los parámetros de la reforma educativa que está preparando, ha puesto en pie de guerra a todo el patio, en especial al brazo político que alardea de su siniestralidad. Es que estamos gozando de una reforma educativa verdaderamente siniestra. No vale la pena ni argumentar sobre ello, porque los hechos son tan contundentes que nos ahorran los argumentos. En las cocinas de la divina izquierda española se guisó el desaguisado, que se condimentó con demagogias salpimentadas de pedagogismo de última generación. Y puesto que la demagogia se sostiene en eslóganes y en palabras fetiche, que no en razones, he aquí que se han apresurado los padres materiales y espirituales de la reforma a sacar en procesión a sus fetiches. Cualquier propuesta que atente contra el espíritu de su magna obra, ha de ser rechazada con la máxima virulencia. Y en eso están.

Hacía tiempo que no escuchaba cosas tan esperpénticas como las que dijo Zapatero a propósito del anuncio de introducción de cambios en la enseñanza obligatoria. Sacó de las cavernas del pensamiento político de izquierdas que lo peor que podemos hacer en enseñanza es volver a fórmulas (como la reválida) que funcionaron (no importa que fuese bien) durante el franquismo, porque están contaminadas de no sé qué venenos políticos. No importa que se trate de fórmulas objetivamente mejores y que se estén aplicando en países libres de toda sospecha de franquismo. Eso no importa. El razonamiento definitivo, el más contundente contra los exámenes de reválida, es que son franquistas. Es totalmente de agradecer que sus rivales políticos no empleen como argumento definitivo contra cualquier cuestión controvertida, que sus fórmulas son de corte socialista; aunque ¡quién sabe!, Madrazo, después de visitar Cuba, les propone a los vascos que adopten el socialismo de Fidel Castro como modelo político para su construcción nacional. ¡Eso sí que es fidelidad al modelo!

En el juego de palabras en que se mueve la polémica, se trata de marcar cada uno su territorio con los aromas propios inconfundibles. Si la disciplina en la escuela es franquista, el relajarla primero y cargársela después, es de lo más progresista. Si los exámenes son un tic totalitario y de derechas, un medio de discriminación entre los alumnos en razón de su rendimiento escolar, eliminar de raíz todo el sistema, y hacer exámenes que no sirven para nada, porque igual se pasa de curso aunque se suspenda absolutamente todo, eso es lo más progresista que se ha podido idear. Por eso la propuesta del gobierno de introducir de nuevo la discriminación (¡vade retro, Satanás!) mediante una política más rigurosa y realista de exámenes, que garantiza que en cada clase estén sólo los alumnos que alcanzan el nivel que corresponde a la clase (¡qué horror!), eso además de clasista es retrógrado (lo contrario de progresista). ¡Menos mal que les ha dado por recuperar los exámenes de reválida, que son ya fruto del reblandecimiento del franquismo! Son en efecto la división del "examen de estado" que era el filtro para acceder a la universidad (¡eso sí que era selectividad sin contemplaciones!); son, digo, la división de ese terrorífico examen en dos tramos: la reválida de cuarto y la reválida de sexto.

EL ALMANAQUE examina hoy la palabra reválida.


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