SECUESTRO
El primer campo de batalla en que se
desarrolla la confrontación entre ideas e intereses opuestos, es el
de la palabra. Cada uno de los dos bandos intenta adueñarse él de
las palabras dignas, limpias y nobles, al tiempo que le endosa al
contrario las denominaciones más peyorativas que es capaz de
encontrar en la lengua. Ese es el caso del secuestro. Resulta
que nació en el ordenamiento jurídico como un mecanismo para
garantizar la conservación de los bienes en litigio quitándoselos a
su poseedor durante el juicio sobre la legitimidad de su posesión.
Desde que el término ha sido usurpado por mafiosos y terroristas, la
justicia lo evita y se apaña con los sinónimos "embargo" y
"confiscación".
El María Moliner dice que secuestrar
es depositar una cosa en poder de un tercero hasta que se
decida a quién pertenece entre los que se la disputan. Como
segunda acepción da la de embargar: disponer la
autoridad competente que ciertos bienes de alguien queden momentáneamente
intervenidos y su dueño no pueda disponer de ellos. Y como
tercera acepción, raptar, robar a una persona para
obtener dinero por su rescate. Está claro cómo el crimen le ha
usurpado a la justicia un término noble para presentar como acción
justa algo tan ignominioso como el robo de personas, que en lenguaje
culto se llama rapto (del latín rapio, rápere, rápui,
raptum, que significa robar).
Dejo para una ampliación de este artículo
el origen latino de secuestro, para detenerme en el significado
fraudulento que le hemos asignado para encubrir el peor crimen que se
puede cometer contra la humanidad, la inmoralidad más abyecta, el
peor retroceso de nuestra civilización, a partir del cual se
justifica ya y se hace posible toda degradación e inmoralidad (no
olvidemos que ese fue el método que empleó Hitler para nutrir los
campos de exterminio). Tendríamos que dejarnos de eufemismos (¡uno más!)
y llamar a las cosas por su nombre. El nombre llano, claro y
transparente del secuestro es "Robo de personas",
y el de los secuestradores es el de "Ladrones de
personas".
¿Y qué significa robar personas?
Pues significa ni más ni menos que el ladrón se ha convertido
gracias a ese robo, en dueño y señor de esa persona (del
mismo modo que el ladrón de reses o de cualesquiera otros objetos se
convierte en su dueño). Y a partir de ahí, fuera de toda ley, de
todo control y de toda norma, puede hacer con el objeto de su
robo todo lo que le apetezca (recordemos, una vez más, las crueldades
y las indignidades que cometieron los nazis con sus secuestrados). Es
la situación de posesión la que abre el camino a todos los crímenes
y abusos, que dejan de serlo desde el momento en que no hay legalidad
ni moralidad que controle lo que sucede a partir de ahí. Por eso digo
que el secuestro, más propiamente llamado robo de personas,
es el peor de los crímenes contra la humanidad; porque es el
retroceso a la esclavitud más arcaica; y encima con las pretensiones
legitimadoras que lleva implícita la denominación jurídica que
entre todos le hemos asignado. Los ladrones de personas
pretenden homologar sus secuestros con nuestro sistema
penitenciario. Y nosotros, ingenuos papanatas, no sólo hemos picado
el anzuelo, sino que nos hemos tragado la caña y el sedal.
Mariano
Arnal
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