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EL
RETORNO A LA MAR |
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El camino está
emprendido: nos volvemos a la mar. Es tan absurdo que tanta
gente padezca graves carencias de agua en un planeta que presenta
su color azul precisamente por estar hecho de agua… Ha sido un
profundo prejuicio cultural el responsable de que a lo largo de la
historia tantos miles de náufragos hayan muerto deshidratados en
medio del mar, y de que tantos pueblos acusen hoy gravísimas
carencias de agua, viviendo como viven rodeados de una fuente tan
inagotable como el mar.
Todas las noticias
apuntan a que el siglo XXI estará marcado por el retorno del
hombre a la mar. Por fin a alguien se le ha ocurrido “enseñar” a
las plantas a beber agua de mar, y esa es la noticia: grandes
empresas agroalimentarias están trabajando con enorme éxito en la
aclimatación de especies agrícolas al agua de mar. Están
modificando poco a poco el metabolismo de las plantas para que
asimilen el agua de mar no sólo sin sufrir trastornos funcionales,
sino experimentando unas mejoras que no alcanzaban con el agua
dulce y los abonos y plaguicidas al uso. El procedimiento es muy
simple: se mezcla agua dulce con agua de mar, empezando con
proporciones mínimas de esta última, de manera que va aumentando
lentamente la salinidad del agua hasta llegar a la total y natural
asimilación por la planta del agua de mar “entera”.
Es que los grandes
descubrimientos son así de sencillos. La ley de la gravedad es tan
obvia, que cualquiera hubiera podido dar con ella. Quiso la
historia que fuese Newton su descubridor y definidor.
Probablemente cuando con cierta perspectiva histórica, ya en pleno
siglo XXI, se busque al descubridor de las propiedades del agua de
mar, se señale al insigne médico francés René Quinton (a caballo
entre los siglos XIX y XX) como punto de partida de esta nueva
cultura.
La trascendencia de
este giro copernicano es inmensa: estamos en vías de incorporar el
agua de mar a nuestra dieta alimentaria; y no precisamente
como algo complementario, sino como pilar fundamental tanto en la
producción y elaboración de alimentos, como en el consumo
directo.
Dicho así de
repente, suena tan áspero y produce tanto malestar como una
bocanada de agua salada cuando te pilla al descuido una ola que
explota en tu misma cara. Pero ocurre con el agua de mar como con
tantos sabores difíciles (“aprende a amar la tónica” fue durante
muchos años el eslogan de Sweppes), que al principio no sólo saben
mal, sino que también sientan mal; hasta que se hace el cuerpo (y
el ánimo) a los nuevos alimentos. Ahí están, en efecto, los que
han entrado en la cultura del agua de mar, que al estar
acostumbrados a consumirla habitualmente mezclada en diversas
proporciones con el agua dulce y con otras bebidas, cuando se
bañan en el mar tragan con placer sorbos y hasta bocanadas de
agua. El proceso es idéntico al de las plantas a las que se les
está enseñando a amar el agua de mar. En vez de ir la montaña a
Mahoma (desalinización), va Mahoma a la montaña (salinizarnos
nosotros). |
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