EL PRECIO DE LA BELLEZA

Con el fallecimiento en Madrid de una mujer que se sometió a una liposucción en una clínica demasiado modesta, se ha desatado la persecución contra las clínicas clandestinas, que por lo visto han proliferado como los hongos. El de resultado de muerte es sin duda el accidente más grave, porque es el más ciertamente irreversible. Pero entre medio hay otros muchos accidentes que dejan dolorosas huellas. El dolor unas veces es físico, y otras veces, moral.

Mientras no ha habido el resultado de muerte, nadie se había metido con esas baratísimas clínicas, porque son fruto de la presión de la demanda: los medios nos muestran las maravillas que hace la cirugía plástica en las bellezas de revista; por todas partes se ve y se oye publicidad para incitar al consumismo de cirugía plástica; y como la experiencia y el prestigio se cotizan al alza, las que desean someterse a esas operaciones pero no cuentan con los recursos necesarios para costearse esa cirugía en las mejores condiciones, caen en manos de vulgares sacamuelas metidos a cirujanos.

Es que igual que ocurre con las marcas de prestigio, que ofrecen las más altas garantías, también en medicina y cirugía hay nombres de doctores y clínicas de la más alta solvencia, con un espléndido currículum, que los profanos conocen a través de las revistas del corazón impresas, radiadas y televisadas, y por el lujo de sus clínicas; nunca por la lectura de revistas especializadas. Y como no existe el recurso a la medicina pública, de alta calidad media (en especial la hospitalaria), son las leyes del mercado las que mandan. Y esas leyes dicen que si la oferta modera sus precios, alcanzará a economías cada vez más modestas; pero lamentablemente no es posible bajar los precios sin que se resienta la calidad.

Lo que cuesta entender es que las autoridades sanitarias no inspeccionen regularmente y de oficio todos los establecimientos de medicina y cirugía para garantizar a los usuarios, profanos en cualquier caso, las condiciones mínimas exigibles. No se entiende que los centros de salud no estén sometidos a algo semejante a la itv de los vehículos y a las inspecciones eléctricas que pasan anualmente los establecimientos abiertos al público, y a las inspecciones arquitectónicas que están a punto de establecerse para garantizar la solidez de los edificios. Es sorprendente que algo tan delicado como la salud funcione así. Es inquietante que las autoridades municipales y sanitarias estén tan al corriente de la existencia de esos centros, que al día siguiente de un accidente fatal, los localizan todos (a docenas) y los cierran. Que estén al corriente de esas situaciones y que esperen un accidente mortal para actuar.

Y entretanto, decenas o acaso centenares de mujeres que lo único que pretendían era mejorar su aspecto, han de soportar las secuelas de los errores profesionales que se multiplican por trabajar a los mínimos niveles humanos y técnicos. El usuario de la medicina no es capaz de distinguir entre lo esencial y lo accesorio; no tiene más referente que los títulos académicos colgado de las paredes. Pero ni siquiera eso está sometido a normativa fiable.

EL ALMANAQUE vuelve hoy a la palabra estética.

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