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A LA ORILLITA DEL MAR

Esta semana el ministro español de medio ambiente se permitía el placer de volar un hotel que se había construido demasiado cerca del mar. Lo importante no es por qué se voló, sino por qué se había construido contraviniendo la disciplina urbanística, que ha creado una tierra de todos entre las aguas del mar y la tierra firme. Es que hace algo menos de dos siglos, intuyeron algunos médicos europeos que el mar era como un bálsamo para la salud. El tiempo les dio la razón. No necesitaron escribir largos protocolos para darle forma científica a su descubrimiento; no necesitaron hacer campañas de divulgación de su nueva medicina. El éxito les arrolló: la gente lo vio claro, clarísimo, sin necesidad de mayores explicaciones. Poco se imaginaron cuando trasladaron al mar la práctica de los baños, que kilómetros y kilómetros de playas en todo el mundo estarían flanqueadas dos siglos después por millones de hoteles, casas y apartamentos, construidos con el único fin de desplazarse las gentes de tierra adentro a gozar todos los veranos de los baños de mar y de sol.

Se nos ha hecho familiar la imagen veraniega de las playas atestadas de gente que, con el más exiguo atuendo posible, van a gozar del agua y del microclima que se genera en la estrecha línea en que el agua de la mar entra en contacto con la tierra. Las olas que rompen en la playa generan una atmósfera que impregna la piel y entra por sus poros, que regenera el aire que se almacena en los bronquios y en los pulmones y llega transportado por la sangre a cada célula del cuerpo. Quizás lo sepan los millones de bañistas que acuden cada verano a cumplir con su rito de adoración al sol, al mar y a la arena; o quizás no lo sepan ya ni necesiten saberlo, porque igual que las golondrinas vuelan cada invierno al África, así vuelan ellos cada verano a las orillas de la mar.

Hace 150 años las playas de todo el mundo estaban desiertas. La humanidad vivía de espaldas a la mar, a la que temía sobremanera y miraba con recelo. Del mismo modo que en las ciudades fluviales se instalaron las industrias junto a los ríos para limpiar con ellas sus productos y devolvérselas cargadas de escoria, así también las ciudades costeras se instalaron a la orilla del mar para tener bien cerca dónde verter sus residuos. Al mar no se le veía más utilidad que la pesca y la función de vertedero. Los niveles de salud de la gente eran bajos a causa de la mala alimentación, la falta de higiene y el desconocimiento del origen de las infecciones.

Y entre las grandes revoluciones de carácter terapéutico que se pusieron en marcha, se fue abriendo paso el recurso al mar como gran fuente de salud. En 1828 se construían en Viareggio, Italia, los primeros establecimientos para los baños de mar, en una costa que ya los romanos habían privilegiado, haciendo en ella importantes obras de saneamiento. Por entonces los baños de mar eran una gran revolución dentro del concepto clásico de los balnearios. Los baños de mar fueron lo más nuevo en terapéutica. Y algo tuvieron que encontrar en ellos los habituales de los balnearios, que eran quienes allí acudían asistidos en lujosas instalaciones hoteleras, puesto que de 330 habitantes que tenía la villa un siglo antes, centuplicó a lo largo del siglo siguiente su población, con esa sola actividad como motor de su crecimiento.

En 1860 se creaba en esa misma villa el Hospicio Marino, destinado a ofrecer también a los hijos de los pobres ese plus de salud que tan generosamente regalaba el mar. No olvidemos que por aquel entonces la tuberculosis hacía estragos entre los más jóvenes. Las propias condiciones de vida en medio de las más severas privaciones, en casas lúgubres que no se permitían derrochar ni la luz del sol, eran criadero de niños y adolescentes tísicos que llevaban en su tez macilenta la marca de la enfermedad. Los que tenían la fortuna de pasar unos meses por el Hospicio Marino mostraban junto con el moreno de su piel signos tan evidentes de la mejora general de su salud, que no tardó en crearse la conciencia de la necesidad de mandar cada año los niños a la playa. "Si se le hubiese podido enviar al mar, no hubiese muerto", se lamentaban cuando moría un niño o un adolescente en sus brazos. La cultura marina se abría paso con fuerza: los padres soñaban en acercar los niños al mar cada verano a acumular salud para el resto del año. Estaba naciendo el turismo terapéutico. Porque fue la salud, tan placentera en este caso, la chispa que encendió ese ardor playero que inunda las costas de todo el mundo.

La fuerza con que ha arraigado este nuevo hábito, nos hace pensar que es el instinto, es el atavismo de la especie, el que nos empuja hacia el mar, a beber su aire salutífero, cargado de humedad si se pone uno a tocar la rompiente de las olas, y tórrido si se retira tan sólo unos metros, pero igualmente denso de los efluvios de la mar.

EL ALMANAQUE examina hoy el término turismo.

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