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MÁS QUE MÉDICOS
Hay dos maneras de
afrontar una enfermedad: oponiéndose a ella por todos los medios
posibles, violentando a la naturaleza tanto como sea necesario, o
poniéndose decididamente a su lado, ayudándola a soportar o a
superar la enfermedad. La medicina de alta titulación, la de los
doctores, ha optado por sanar a los enfermos contra viento y
marea, incluso contra natura. La medicina de tono menor, la
de los terapeutas (los cuidadores) ha optado en cambio por seguir
a la naturaleza y someterse dócilmente a ella. Característica
diferencial de esta línea es imponerle al paciente dosis de fe muy
elevadas. En esta clase de medicina la fe es la palanca para mover
la voluntad. Hay quien llama a esto engaño; y como en la viña del
Señor hay de todo, tampoco el colectivo de los terapeutas está
libre de desaprensivos que recurren directamente al fraude.
Pero descontados
esos casos, hay que reconocer que la capacidad de poner en marcha
para la curación el factor psíquico es un recurso terapéutico de
primer orden. No en vano éste es decisivo en todo proceso de
enfermación (¡qué cosas, no existe palabra con la que expresar la
acción de enfermar!) y de curación. En muchas naturalezas este
poder psíquico supera en mucho al factor físico. Y en la puesta en
marcha y mantenimiento de las fuerzas psíquicas juega un papel muy
importante una cierta ritualización.
Porque resulta que
otro de los elementos que caracterizan a la terapéutica frente a
la medicina, es que mientras en ésta es el médico el que sabe y
hace, y son las medicinas que administra el médico las que tienen
eficacia, y la tienen en tanto en cuanto es él su prescriptor, en
la terapéutica el principal actor es el propio enfermo. Él se
cuida a sí mismo, es él quien se aplica los remedios (que
comparados con los de la farmacopea se puede decir que
prácticamente no tienen contraindicaciones), porque él es quien
mejor se conoce a sí mismo y más interés tiene en hacer por sí
mismo.
Nada tiene por tanto
de extraño que frente al gigantismo y al poderío de la medicina
convencional, no exenta de cierto orgullo y prepotencia, gane cada
vez más terreno la terapéutica, más amable, menos agresiva, más
respetuosa con el enfermo y con la naturaleza. Y es tal el
prestigio que se ha ganado, que afortunadamente la seguridad
social obligatoria incluye dentro de su cobertura cada vez más
recursos y prácticas que pertenecen totalmente al campo de la
terapéutica.
Es que al fin y al
cabo no se trata tanto de luchar a brazo partido contra las
enfermedades y las degeneraciones funcionales propias de la edad,
que es absurdo en muchos casos, sino de conseguir la máxima
calidad de vida en las condiciones físicas que en cada momento se
tengan. Esta filosofía, propia de terapeutas (cuidadores) es la
que ha permitido mejorar las condiciones de vida de importantes
colectivos que antes eran considerados y tratados como
desahuciados porque la medicina era incapaz de hacer nada por
ellos. Es el caso de todos los que hoy participan en los juegos
llamados paralímpicos, expresión de una política de actividad y
vitalidad constante. EL ALMANAQUE examina hoy el término fisioterapeuta. |
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