LA ESTÉTICA BAJO LA BATUTA

En estética, como ya en tantas cosas del saber humano, predomina la necedad (del latín nescio, nescire), que es el no saber, es decir el no poder fiarse uno de su capacidad de percepción, de su propia aisqhtikh (aiszetiké), "estética", que en origen es la sensación que le producen a cada uno las cosas; prevalece, digo, el no fiarse cada uno de la sensación agradable o desagradable que le producen las cosas, para adherirse a la sensación que les producen a la élite de los estetas del mundo, a los que hemos concedido el privilegio de marcar las pautas del buen gusto en todos los campos de la estética, desde la del propio cuerpo, a la del coche, de la casa, de la ropa, del urbanismo, de la conducta, del lenguaje, de la diversión, de todo.

Recordemos tan sólo, por poner un ejemplo, cómo se nos ha llegado a imponer la estética de la forma física, y las terroríficas consecuencias que acarrea en muchísimos miles de jóvenes, que por apuntarse a la estética que promocionan las casas de moda a través de sus modelos anoréxicas, han caído en las garras de la anorexia en sus formas más agudas. El problema sanitario ha sido tan grave, que las autoridades sanitarias han tenido que intervenir para apelar a la ética de los responsables de una estética que produce en la juventud unos estragos que le van pisando los talones a los de la droga, otro mundo que se mueve dentro de parámetros estéticos, que funciona por mimetismo.

Es que al haberse convertido la estética en pieza clave de muchos negocios, éstos se han visto en la necesidad de secuestrarla y estabularla para sacarle el mayor rendimiento posible. Porque, como las vacas, si se las deja pastar a sus anchas y retozar por los prados sí que viven mejor, y hasta son más auténticas, e incluso es más ético, más estético y más bucólico hacerlo así, pero a la hora de ordeñarlas el rendimiento es muy, pero que muy inferior; así también ocurre con la estética, que si tal como requiere su naturaleza se la deja libre, a merced de la sensibilidad de cada uno, no hay manera de ordeñarla en serio. Por eso los grandes negocios han insistido en sus propagandas en la sabia enseñanza socrática del sólo sé que no sé nada aplicada a la estética para el consumo del gran público, al tiempo que han encomendado a los grandes gurús de la estética que marquen a las masas ignorantes y desorientadas las pautas del buen gusto para cada temporada en cuestiones menores, como el vestir y el oler, y para cada ciclo en las cuestiones mayores, como la estética corporal, auxiliada de la dietética, la gimnasia y la cirugía; como la estética de la comunicación, la estética de la conducta, etcétera, que no pueden cambiar ni cada temporada ni cada año.

Y ahí estamos, dicen que felizmente liberados de la dictadura de la moral y de su hermana laica la ética, y sometidos en cambio a la tiranía de esa estética que llamamos moda. Y cuando los medios consiguen poner de moda (aunque más exacto sería decir "imponernos de moda") una forma de vestir, una figura física, una forma de cuidarnos, una línea de alimentación y de diversión, una marca de ropa o de lo que sea, sucumbimos felices a esa tiranía, porque al estar en ella la mayoría, nos ahorra cualquier análisis, reflexión y decisión.

EL ALMANAQUE completa hoy el examen de la palabra estética.

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