Suena a paradoja que precisamente los griegos,
que rendían un culto exquisito a la estética, no hubiesen sido
los creadores si no de este término, del nomen, sí del
concepto, de la res (la cosa). Es cierto que al genio
sistematizador y recopilador de Aristóteles, que dio forma a la
lógica, la ética y la metafísica (lo demás no lo creó ex novo,
de nuevo), se le escapó la estética; y más que su idea, que sí
la tenía, su sistematización. Es posible que esto ocurriese
porque la estética, que ellos llamaban belleza, no
era algo distinto y aislable de las cosas, sino que formaba
parte inseparable de las mismas; era un accidente casi
sustancial. Quizás por eso no lo percibieron como una realidad
distinta de las realidades que iluminaba; porque era la luz que
convertía la realidad en perceptible, que seleccionaba lo que
era digno de ser contemplado. Ellos que a la hora de buscarle un
nombre al conjunto de todas las realidades, al mundo , lo
llamaron kosmos (kosmoV) = orden, belleza, armonía, no
pensaron en la estética como algo codificable. Si lo
hubiesen hecho, habría sido sin duda bajo el epígrafe de to
kallon (to kál.lon)
= la belleza, o ta kala
(tá kalá) = las cosas
bellas.
Es que por fin la estética ha venido a ser el catálogo de
las cosas bellas y de las razones de su belleza. Pero he aquí la
primera dificultad de esta disciplina: la definición de la
propia belleza, porque siendo carácter distintivo de la
misma el placer que produce en quien la contempla, no es esto
suficiente, puesto que no nos acerca a una definición objetiva.
"¿Qué es eso que en la naturaleza, en las letras, en las artes
produce sobre nuestra alma una impresión de placer variable en
intensidad, pero no en su condición?. He aquí el gran problema…
insoluble", opinaba R. Töpfer, el gran pintor ginebrino. Cada
escuela filosófica da distintas respuestas a esta pregunta; los
elementos definidores de la belleza que han quedado en la
estética clásica como fundamentales son: la integridad, el
orden y el resplandor. En cuanto a las categorías estéticas se
establecen las de lo sublime, lo gracioso, lo cómico y lo
trágico, cada una de éstas con sus obvias subcategorías.
Los tratadistas de estética del siglo XIX se emplearon a fondo
en la creación del catálogo de los objetos bellos de la
naturaleza siguiendo la división clásica de los reinos mineral,
vegetal y animal. El catálogo tenía que saltar de la naturaleza
al arte, y así fue, dando lugar a la filosofía del arte, que
examina dentro de los objetivos de éste la imitación, la
expresión y el ideal como línea maestra que dirige la ejecución.
Y en ésta establece las leyes del orden, de la claridad, de la
imitación, de la verdad, de la expresión, del placer estético y
de la armonía.
Mariano Arnal