CRECE LA DEMANDA DE CIRUGÍA ESTÉTICA 

Lo noticioso no está en que crezca la demanda de cirugía estética, sino en que crece como la demanda de gafas de sol de determinadas marcas. En esto, como en muchas otras cosas, hemos  pasado de la necesidad a la moda; de la decisión meditada al capricho. Y aquí choca frontalmente la realidad que vive en esta palabra, con el sentido genuino de la misma. Porque si algo no es la estética, es capricho y moda. Y aunque en los dos siglos y medio que tiene la palabra ha pasado por muchas interpretaciones, por esas no ha pasado. 

Lo más chocante de la actual demanda de cirugía estética, es que los cirujanos se ven obligados cada vez más a menudo a realizar intervenciones que nada tienen que ver con la estética, porque no aportan belleza, sino tan sólo cambios de forma que no obedecen a criterios estéticos, sino a otras motivaciones, tan peregrinas a veces como la moda. 

¿Y por qué se plegan finalmente a realizar esas intervenciones que por su instinto profesional no harían? Pues porque finalmente lo que prevalece en la propia belleza no es el ser, sino el sentirse. Al haberse hecho tan asequible esta cirugía, los usuarios (mujeres en su inmensa mayoría) prefieren cambiar sus facciones y sus carnes, mejor que su propia valoración estética. Muchas operaciones de cirugía estética obedecen a criterios objetivos de belleza. En esos casos podríamos calificar las intervenciones de necesarias, o de muy convenientes. Pero fuera de ahí se realizan cada vez más intervenciones innecesarias, entre las que se cuelan incluso algunas inconvenientes. Pero la clienta manda; y aunque lo que hoy le parece excelente, pasado mañana lo vea mal y quiera cambiarlo, hay que complacerla. En fin, que empieza a haber gente que frecuentan el quirófano como si fuese una extensión del salón de belleza. 

Está claro que salvo los casos graves, que son los menos, hay que ver el recurso a la cirugía estética como un problema más psicológico que estético. Demasiada gente hay que no se gusta a sí misma, que no se acepta como es en aquello que no está hecho para cambiarse. Y sin embargo son demasiado indulgentes consigo mismas en cosas que sí podrían y deberían cambiar, como son la conducta y su construcción interior. 

Pero ¡mira por dónde!, desde su nacimiento la estética se ha construido más con la percepción, que con los objetos percibidos. Y cuando es uno mismo el objeto de su percepción, nos encontramos con el problema añadido de que siendo tan amplio nuestro conocimiento sobre tantas cosas (aunque sean futilidades), somos para nosotros mismos unos perfectos desconocidos. De ahí que si nos planteamos armonizar nuestro aspecto externo con nuestra íntima forma de ser, no sabemos ni por dónde empezar; de manera que muchas de las personas que acuden a un centro de cirugía estética se limitan a elegir sobre catálogo los cambios que desean hacerse. Otro gallo nos cantara si la cirugía estética fuera un complemento menor de la estética integral de la persona (incluida la del alma, la mente, la psyque), y no su sucedáneo. 

EL ALMANAQUE se detiene hoy en el impreciso concepto de estética.  

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