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En español tenemos
tres palabras muy próximas que sin embargo guardan entre sí una
notable distancia: el baño,
los baños y el
balneario. Empiezo por
aclarar que “balneario” es la forma culta (latina) de “baños”.
Paso por alto asimismo los usos no personales y los metafóricos de
la palabra “baño”. |
Tenemos pues en
primer lugar que del singular al plural, la palabra
baño sufre una
transformación de significado que va mucho más allá del número.
Eso es debido a una larga historia de rechazo y ocultación de una
realidad higiénica siempre mal resuelta, la de la evacuación de
las “aguas mayores” y de las “menores” (“¡agua va!”, era
preceptivo gritar cuando se vaciaban los orinales por la ventana)
hasta que se inventó el vater
closed, en esencia el tapón de agua para aislar los
malos olores procedentes de las cloacas y de los pozos muertos ..
Así, del mismo modo que a los excrementos sólidos y líquidos se
les llamó “agua”, al lugar que finalmente se destinó a la
evacuación se le dio entre muchos otros el nombre de
baño, aunque no haya en
él más que un váter o retrete. Se le llama simplemente “baño” o
“cuarto de baño” (y también lavabo) no porque sea el lugar de la
casa destinado a bañarse o a lavarse, o porque sea esa su
principal función, sino por seguir nombrando con la mayor
elegancia funciones que se procura ocultar. Eso denota de paso que
el bañarse y el
lavarse sí que se consideran actividades dignas de ser nombradas
incluso con ostentación.
Eso es así desde que
cada uno tiene el váter y la ducha o la bañera en casa, que antes
eran servicios
públicos (en Barcelona, el número 100 de cada calle estaba
reservado para váters y urinarios, y había además en la ciudad
suficientes establecimientos de baños); de ahí que al cuarto de
baño se le llame también “el
servicio”. Cuando no se tenían, pues, estos servicios
en casa existían unos establecimientos públicos precisamente para
asearse (el aseo es
otro de los nombres de este lugar), a los que se llamaba
baños, y que compartían
nombre con las instalaciones playeras en que se ofrecían casetas
para cambiarse y guardar la ropa, duchas, servicio completo de “aseo”
(un nombre más) y piscina. La función higiénica de este otro
género de baños
quedaba en segundo plano.
Frente a estos servicios para la
plebe, había soluciones más refinadas. Quienes no pudiendo
permitirse el lujo de tener el
baño en casa, no querían acudir a los baños públicos,
tenían desde tiempo inmemorial la opción de alquilar el servicio
de baño a domicilio. Los bañeros (en griego,
balaneuV / balanéus)
además de acarrear la bañera, proveían de agua caliente y de todos
los complementos necesarios para sacarle el mayor partido al
baño.
Pero el más alto en la escala de los baños, más allá del singular y del plural, es el balneario (en latín, como está mandado). Es el establecimiento situado por lo general en un lugar idílico, junto a las fuentes de aguas con propiedades terapéuticas. Queda para un segundo artículo al análisis del nombre y de la realidad que bajo él se esconde.
Mariano Arnal
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