Un recorrido por la Semana Santa Andina

Semana Santa en Guatemala, con los cinco sentidos

En la época de Cuaresma en Guatemala se siente el olor a corozo, incienso y aserrín; se observa el morado en las decoraciones que adornan las calles; y se escucha la música sacra que acompaña a las procesiones. La urbe guatemalteca, de edificios bajos pero de gente grande en tradición, se viste de gala todos los años para celebrar la cuaresma, la conmemoración católica que inicia desde el Miércoles de Ceniza y concluye el Domingo de Resurrección. Esta festividad se remonta a la época colonial, cuando el cristianismo arribó al continente americano en los siglos XV y XVI.  Desde su aparición hasta nuestros días, la Semana Santa es la celebración cultural más grande del país, aunque ha sufrido ciertos cambios, como lo describe el antropólogo Celso Lara. En un principio se realizaban danzas y se utilizaban elementos particulares de carácter dramático de influencia medieval, que poco a poco dieron la pauta a los Autos Sacramentales, dedicados a la resurrección de Cristo, que algunos pueblos aún conservan como tradición. Este fue el punto de partida de la evangelización de los pueblos del nuevo continente y de la Semana Santa. Según Lara, como proceso de evangelización se debe entender la representación de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, que dio origen a los cortejos procesionales en Guatemala, que en un principio se hacían intramuros. Las primeras procesiones del país datan del siglo XVI y principios del siglo XVII, las que coincidentemente se vincularon a la nueva liturgia que establece el Concilio de Trento (entre 1560 y 1565).

Hablar de la Semana Santa de Guatemala, es hablar de una gran mezcla de creencias y tradiciones, es hablar de la cultura y la identidad de un país que sigue con devoción y conmemora de manera solemne la pasión, muerte y resurección de nuestro Señor Jesucristo. Al referirnos a la Semana Santa guatemalteca, debemos hablar de tiempos que se remontan a la época de la colonia, desde ese entonces, bellas imagenes, que aún en nuestros días existen, han recorrido y todavía recorren lo que en aquel entonces eran calles empedradas y hoy se hace en la algarabía de la Ciudad Capital, pasando al lado de grandes edificios, mudos testigos de lo que se vive en esa semana, que es esperada por millares de cucuruchos, como el novio espera a su prometida en el altar y una vez se acaba dicha época, empieza de nuevo la espera hasta el año siguiente. Se puede decir que la Semana Mayor se vive y se siente por los cinco sentidos.Nuestra Semana Santa se vive por medio del sentido de la vista, en el contexto que nuestros ojos son testigos de el paso majestuoso de bellísimas y monumentales andas que recorren lentamente las calles de nuestra ciudad con un mensaje que nos haga reflexionar y darnos cuenta del amor que Dios manifestó a nosotros por medio de su Hijo. La vista percibe los colores, las formas y la creatividad de aquellos que han trabajado durante todo el año para dar un resultado final excelente. Con nuestra vista podemos apreciar la belleza de las esculturas de nuestro Señor, su Madre y los apóstoles que le acompañaron en aquellos momentos de nuestra redención. De igual forma se aprecian sagrarios, huertos, altares y alfombras. El sentido del oído se deleita de gran manera ya que Guatemala posee un género único en el mundo: las marchas fúnebres, si bien es cierto que dichas composiciones son utilizadas en España y otros países que tienen estas manifestaciones, en Guatemala se desarrollaron de gran manera y se ha tenido la oportunidad tener verdaderas obras maestras de reconocidos maestros del pentagrama fúnebre guatemalteco. El olfato percibe una gran cantidad de aromas propios de la época, el corozo, el pino de las alfombras, el aserrín, la blanca azucena con su aroma tan característico, el incienso y la mirra que se queman al paso de la bendita imagen son un preámbulo para lo que se acerca. El gusto es otro sentido privilegiado que goza de la gastronomía propia de la época, que se fundamente en las aves y principalmente en los productos de mar, asi como también en los dulces. El bacalao a la vizcaina, el pescado seco, las torrejas y los molletes, son platos propios de este período tan especial que se inicia el Miércoles de Ceniza. Por último con el tacto sentimos el peso de las andas que cae sobre nuestros hombros, el frío de la horquilla, el encarnado de una imagen, el aserrín que utilizamos para elaborar las alfombras. El ambiente se torna sofocante debido al calor del verano en el cual vivimos esta época muy mística y mágica que con sus huertos procesiones y sagrarios nos ayudan a rememorar el sacrificio del Redentor.

 

 

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