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ARTICULOS - POLÍTICA

TIENEN NOMBRE

Estamos asistiendo a un espectáculo espeluznante, sobrecogedor: el tráfico de emigrantes. Porque claro, hay tráfico, y hay traficantes. Y detrás de ellos hay un mercado que en este momento está absorbiendo encantado a todos los que llegan. Hemos de poner a cada uno en su sitio, y darles a cada uno se nombre: ¿por qué no llamamos directamente negreros a los traficantes de emigrantes? ¿Hay acaso alguna diferencia entre sus homónimos que amasaron grandes y honorables fortunas desde el siglo XVI hasta el XIX? Lo que ocurre hoy es que la esclavitud es mucho más sofisticada: no importa el grado de esclavización y alienación al que se llegue; lo que importa es que la forma jurídica sea la correcta: que medien contratos, que haya consentimiento, avalado por papeles e incluso por dinero entregado voluntariamente. Dicen que una de las fórmulas del tráfico de emigrantes consiste en cobrarles a éstos una razonable cantidad a cuenta, y el resto les queda pendiente de pagar a lo largo de muchísimos años con cargo al sueldo, que no lo cobran directamente de la empresa, sino de las organizaciones mafiosas que se cuidan de trasladarlos al país de destino y de darles trabajo. Lo mismo que se viene haciendo desde que hay memoria histórica con la trata de blancas (es que el origen de la prostitución está en el alquiler de las esclavas propias). Esta fase de la explotación tiene otro nombre; volvamos a la captura del emigrante: en este momento, que se sepa, aún no los cazan ni los roban; les engañan como a chinos (¿por qué se dirá así?), les prometen auténticos paraísos de libertad (seguro que los agentes de este tráfico deben ir pertrechados con sus vídeos, sus ordenadores portátiles y sus teléfonos móviles de última generación con tele, internet, películas y lo que haga falta, para impresionar). Y los incautos, van y pican: les cobran auténticas fortunas por un viaje cuyo final desconocen todos. De los negreros sabemos que finalmente colocaban los negros muy caros en los mercados, porque sólo llegaban vivos el 50% de los que capturaban en Angola, el Senegal, y otros ricos yacimientos de esclavos. No había más que ir allí, y extraerlos, como se procedía con las demás riquezas sometidas a explotación o saqueo. ¿Cuál es el porcentaje de los supervivientes del actual tráfico de pateras, camiones y furgonetas? Como en todo tráfico ilegal (el de los negros, en su día, era una concesión real, legalísimo por tanto; es que esas cosas negras tan útiles para trabajar no tenían alma ¡!), no hay manera de conocer las cifras, nos hemos de conformar con indicios, aunque bien puede ser que no sea mayor la fortuna de los negreros de hoy. Y bien, aquí falta un elemento para completar el cuadro: el mercado. Y un mercado además, que absorbe con ansia todo lo que le venga. Si no hubiese un mercado para tanto inmigrante, no se producirían estas oleadas migratorias. Recordemos que entre ellos mismos la competencia es atroz: los recién llegados siempre están dispuestos a trabajar por mucho menos que los que han conseguido acomodarse. Y estas tensiones del mercado del trabajo van en una sola dirección: el abaratamiento. Más de uno se está frotando las manos ante el panorama que se viene dibujando; y los que tendrían que estar estirándose de los pelos, todavía no se han enterado de que hay película, y que por el camino que andamos ni es bueno el principio, ni será bueno el desarrollo, ni puede serlo el desenlace.

EL ALMANAQUE se ocupa hoy del concepto de negrero, bien actual.


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