LÉXICO DERECHO
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TERRORISTA Vamos
a ser consecuentes, y ya que hemos creado la palabra, asumamos lo que
lleva consigo. Está formada por el radical terror,
ya explicado, y por el sufijo –ista,
que es el que me interesa en este momento. Veamos qué es eso de –ista.
El María Moliner nos lo define con absoluta claridad: 1. Sufijo
con que se forman nombres de agente, oficio o profesión: almacenista,
taxista, dentista. 2. Nombres
adjetivos de partidario de, o adicto a lo que expresa la misma raíz con
la terminación “-ismo”:
carlista, modernista, fatalista. Es decir que allí donde hay un –ismo,
un –ista es un partidario
o un adicto a ese –ismo. Es la lengua la que quiere que así sea, y
por tanto es siempre así.
Si comunista es el
partidario o adicto del comunismo,
y nacionalista el partidario
o adicto del nacionalismo, terrorista
no será sólo el que ejerce el oficio del terror, como el taxista
ejerce el oficio del taxi o el editorialista
ejerce el de los editoriales; no será sólo ese, sino también y no en
último lugar, el que es partidario o adicto del terrorismo.
Es lógico que así sea, porque sin el soporte ideológico del terrorismo
que los viste y los santifica, los actos de terror se convierten en
meros delitos comunes, que también causan terror, sobre todo los más
violentos; y sin embargo no pasan por ello a llamarse actos terroristas,
y menos aún “de terrorismo”,
puesto que no tienen una doctrina que los defienda, los justifique, los
santifique y les asigne categoría, dignidad y discurso. Eso es lo que
manda la lengua. Los conceptos de terrorismo
y terrorista no se deben
tanto al terror como a la ideología
sobre el empleo político del terror. De ahí que terroristas
propiamente dichos no son tanto los que aterrorizan, que todos los
criminales lo hacen, sino los que en uno u otro grado comulgan con las
ideas que defienden, comprenden, toleran y tratan con una especial
deferencia a los que practican el terror con fines políticos. Toca
pues redefinir al terrorista,
y hay que hacerlo desde el terrorismo,
precisamente desde el ismo,
desde la adicción a sus doctrinas. Para el terror sin –ismos, tiene
nuestra lengua los adjetivos aterrador
y terrorífico, que se
aplican a todo acto que causa terror. Para saltar de ahí al –ismo
hay que ponerle cara y ojos al terror, hay que engalanarlo, hay que
construir en torno a él un cuerpo de doctrina, hay que crear fuertes
corrientes que penetren en el tejido social, como se tuvo que hacer con
el liberalismo en su día, y luego con el capitalismo, el comunismo, el
socialismo, el nacionalismo. Si las doctrinas y tendencias no impregnan
el pensamiento y la acción, se agotan en sí mismas. Por eso en el
examen del terrorismo como ideología
política no hay más que ver cómo todo el tejido social ha dado
carta de naturaleza a esa ideología. No hay más que echar un vistazo a
las iglesias que frecuentan los nacionalistas, a los tribunales que
juzgan a los terroristas y a las cárceles en que están alojados los
terroristas presos, en condiciones envidiadas por los presos comunes; no
hay más que ver y oír las constantes piruetas de los políticos en sus
esfuerzos por no llamar a cada uno por su nombre, para entender que el terrorismo
como doctrina ha calado muy hondo, y ha sido asumido no sólo por la
iglesia, por los tribunales (según el Constitucional, los dirigentes
del partido de los terroristas no eran terroristas; y en todo caso no se
debía castigar con excesivo rigor su apología del terrorismo), por el
estado y por los políticos, sino que incluso las víctimas vivientes
(las mortales ya no; recordemos a Ernest Lluc) le reconocen algún tipo
de legitimidad al terrorismo, y por eso han asumido convivir con él. No debieran pues ofenderse de que les llamen terroristas los que en diversos grados entienden y asumen la ideología en que se mueve el terrorismo, porque se trata sobre todo de un fenómeno ideológico. Ni debería sentirse molesto el brazo político de Eta, llámese Hb o Eh, si se le llama con toda propiedad partido terrorista (mejor con artículo determinado); ni debieran molestarse el tribunal constitucional, y el supremo, y la audiencia nacional si se les denomina proterroristas, y muchos opinadores de oficio si se les califica de filoterroristas. Mariano Arnal |