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ARTICULOS - POLÍTICA

SANTOS QUIRICO Y JULITA y EL ARMA DE LA PALABRA

El párroco de la iglesia de san Quirico y santa Julita, de Sant Quirze del Vallès, asiduo lector de esta publicación y buen amigo, me preguntó si podría dedicar la sección onomástica al santo que da nombre al pueblo, por ser mañana su fiesta mayor, a lo que accedo encantado. Doy publicidad a esta información para que sepan nuestros lectores que es nuestra voluntad dar prioridad a los nombres que nos soliciten, con tal que tengan en cuenta que estamos sujetos a limitaciones de todo tipo. Lo único que no tiene límite es nuestra voluntad y nuestro afán por ofrecer un producto lo más digno posible. Dicho esto, paso a glosar el tema que ocupa hoy nuestra reflexión: Cicerón, en su Oratio prima in Catilinam, su primer discurso contra Catilina, un sujeto que estaba conspirando para dinamitar la res pública y quedarse con los restos, no duda en arriesgarse a decirle en público, ante todo el senado, lo que sabe que todos piensan de él, pero nadie se atreve a decirle, por miedo a ser el siguiente cadáver: Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? "¿Hasta cuándo seguirás tirando, Catilina, de nuestra capacidad de aguante?" Y claro, nada más empezar le ha de decir: "¿Acaso piensas, que no está todo el mundo al corriente de tu conspiración?" Porque el tal Catilina, que era un zorro, sabía que todos sabían de su conspiración, pero se conformaba con que no lo dijesen en voz alta, y así no constaba formalmente que estuviese conspirando. Por eso, una vez que ha cogido marcha continúa: lo que ocurre es que nadie se atreve a abrir la boca, porque el tal individuo "incluso viene al senado y con una señal de los ojos indica quién ha de ser el siguiente asesinado. Y nosotros, hombres valientes, estamos convencidos de que hacemos lo bastante en favor de la res pública si conseguimos escapar de su ira y esquivar sus golpes". Está clara la ironía de Cicerón: los políticos procuran no molestar al conspirador ni ofenderlo, no vaya a ser que se fije en ellos y queden marcados para esperar su turno en la lista negra. No es, pues, que no haya conspiración, no es que nadie la vea, es que en boca cerrada no entran moscas. Y los que se atreven a decir lo que todo el mundo ve, son poquísimos. Estamos en la guerra de las palabras, de las ideas y de la opinión. Estaba prohibido hasta hace apenas un par de años decir nada contra los nacionalismos y los nacionalistas, y denunciar sus aberraciones ideológicas y sus evidentes abusos fácticos. Y mientras tanto, asesinato va y secuestro viene. Silencio culpable. Se está dando la batalla de las palabras, y es a este terreno al que hay que trasladar la confrontación. Frente al asesinato, no cabe el silencio; frente a la simple sospecha de complicidades, hay que abrir el debate, hay que señalar a los socios de los asesinos, que le temen más a un silogismo que a un coche bomba. Preferirían que se les pagase con la misma moneda, porque en ella tienen una manifiesta superioridad. Pero el arma de la democracia es la palabra, y con ella tiene que no la facultad, sino la obligación de luchar, precisamente para evitar que aparezcan otras armas en escena. La democracia ha de asumir sin miedo los llamados daños colaterales, inevitables en toda guerra. Los daños ocasionados por una palabra desviada, al fin y al cabo tienen fácil reparación; en cambio no hay reparación posible para los daños ocasionados por las armas. Si la única arma de los demócratas es la palabra, su obligación es servirse de ella con la máxima energía y eficacia.

EL ALMANAQUE se detiene hoy en el análisis de la calumnia.

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