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LÉXICO  DERECHO - JUSTICIA - POLÍTICA

RECIPROCIDAD

Las leyes sagradas de la hospitalidad funcionaron bastante bien durante muchos siglos, hasta que el Dios de los cristianos relevó a Zeus en la protección del peregrino, del pobre y del extranjero, y las cambió sustancialmente; y pudieron funcionar, no tanto porque la religión y la consiguiente presión social velaran por su cumplimiento, sino porque estaban fundadas sobre el razonable principio de la reciprocidad: “hoy por ti, mañana por mí”. Zeus, el valedor de los extranjeros, no exigía a los griegos que les acogiesen gratis, sino que les dieran la hospitalidad al fiado, en la confianza de que el extranjero, llegado el momento, sabría cumplir religiosamente. Hubiese sido ocioso pedirles más a los griegos, porque unas normas de conducta basadas exclusivamente en una altruista generosidad, no hubiesen funcionado. 

Vamos a precisar un poco más: el extranjero al que el griego concedía la hospitalidad era un creyente, un correligionario; es decir alguien que tenía a Zeus como garante de que la generosidad ejercida para con el peregrino, no caía en saco roto. No era por tanto profundamente extranjero, sino que lo era tan sólo un poco: era griego. Los extranjeros más auténticos eran esclavos. Les costó entenderlo, pero al final comprendieron que no debían hacerle la guerra al vecino, sino tenerlo como aliado; por eso las guerras se trasladaron cada vez más lejos y los esclavos resultantes eran cada vez más extranjeros, más ajenos. Al establecer el paralelismo entre la cultura griega y la nuestra, es fácil ver que el alma humana ha cambiado muy poco: los casos más sangrantes de explotación inmisericorde se dan con los “más extranjeros”, con los menos parecidos a nosotros: esos son los que están en la economía sumergida, esos son los que más fácilmente caen víctimas de las mafias instaladas en España para explotar a fondo tanta mano de obra hambrienta. 

El deber de reciprocidad impone para con aquellos con quienes se tienen contraídas deudas de hospitalidad (toda la América hispana está en este caso) hacer todos los esfuerzos en dos direcciones: primera, que no caigan en la esclavitud (hemos de llamar a las cosas por su nombre, y éste es el que corresponde a muchos niveles modernos de explotación del inmigrante, entre ellos el de la prostitución); y segunda, abrir al máximo las puertas a aquellos con quienes se está en deuda. Y abrirlas al máximo no significa abrirlas de par en par, porque es entonces cuando se entra en la espiral de la esclavitud. 

Recíprocus es un curioso adjetivo latino que se usa para calificar aquello que va y vuelve. Recíprocum mare es el mar que fluye y refluye; recíprocae voces son las voces que se repiten, las que nos devuelve el eco; argumenta recíproca son los argumentos que rebotan, que se vuelven contra quien los emplea; recíprocae vices pugnandi son las suertes del combate, sus vicisitudes, que van en una dirección o en la contraria. Tenían también los romanos el verbo reciprocare, con el que expresaban la acción de mover o moverse algo hacia delante y hacia atrás; hacer ir y venir algo; empujar una cosa con movimiento alternativo: telum recíprocans incidebat, avanzaba blandiendo la lanza (moviéndola hacia delante y hacia atrás); cum nec reciprocare ánimam sineret (ventus), como el viento ni siquiera dejaba retomar aliento; ista sic reciprocantur ut... estas son tan correlativas que... (se refiere Cicerón a proposiciones recíprocas). Y además del verbo, tenían el sustantivo reciprocatio, que era el movimiento alternativo o recíproco, la acción de ir y venir algo: reciprocatio talionum, la reciprocidad del talión (el ojo por ojo); errantium síderum reciprocatio, el retorno de los planetas (estrellas errantes) a su punto de origen. Es de destacar que no tiene el latín clásico la reciprócitas (reciprocidad) porque no llegaron al valor que nosotros le hemos dado de acción que devuelve aquel que la recibe. La desinencia –idad le da valor iterativo, de repetición o continuidad.

Mariano Arnal

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