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ARTICULOS - POLÍTICA

MIENTRAS NO LOS LLAMEMOS POR SU NOMBRE...

Cuando los nazis vaciaron el Louvre y cargaron los cuadros en un tren para llevárselos a Berlín, la Resistencia se planteó las estrategias para impedir que salieran los cuadros de Francia. Al final la solución fue la más sencilla y barata: decidieron engañarles haciéndoles creer que el tren se dirigía a Berlín, cuando en realidad estuvo dando vueltas por Francia. ¿Cómo? Desviándolo hacia el interior, pero cambiando el nombre a cada estación en el momento en que éste llegaba, para hacerlo coincidir con el que tenían señalado en su ruta los nazis que comandaban y vigilaban este traslado. Así de sencillo: por el procedimiento de cambiarle el nombre a cada una de las estaciones del trayecto, les hicieron creer que iban adonde no iban. Les dieron la medicina que tan profusamente administraban ellos a sus enemigos y a la sociedad civil. Algo parecido nos está ocurriendo respecto al viaje que ha emprendido el tren nacionalista, cuya ruta conocen ellos perfectamente, pero que no les conviene que la conozcan los que no son de su tribu. Al poner en marcha el tren de la independencia, esta palabra no se pronunciaba más que en sus conciliábulos. Era su secreto santo y seña. Proclamaron que su máxima aspiración era ser comprendidos y aceptados tal como eran, apelando al pluralismo democrático. Pero mucho antes de llegar al final del trayecto, ni pensamiento de detenerse: lanzaron el tren a toda velocidad hacia el nuevo destino llamado Autonomía, éste sí definitivo, decían. Pero también mintieron. Volvieron a cambiar los carteles: el destino era un lugar neblinoso llamado ámbito de decisión vasca; y siguieron haciendo juegos malabares con los indicadores de destino: libertad para el pueblo vasco, autodeterminación, soberanía, independencia, apelación a la voluntad del pueblo nacionalista (sólo el pueblo nacionalista), depuración del censo, anexión de territorios históricos... y todo ello con la colaboración de la violencia y el terror, que bajo la mirada complaciente y comprensiva de toda la familia nacionalista está ensayando diversas formas de limpieza, depuración y decantación de los que son nacionalistas y vascos auténticos y de los que no lo son. Ellos sí saben adónde llevan el tren; y lo saben desde el momento en que lo pusieron en marcha. A cada una de las estaciones le ponen un nombre tal, que les haga creer a sus enemigos que van donde les gustaría que fuesen. El final previsto de la película es que de repente se encontrarán los malos con que el tren ha llegado a su heroico destino cuando creían que la dirección era otra. En las primeras estaciones hasta parecía verosímil que el tren se dirigía hacia donde marcaban las estaciones; pero luego, al acelerar la marcha, fue tan evidente la desviación de la ruta incluso para el más confiado y el más lerdo, que fue preciso taparse los ojos, hacerse los tontos, seguir con el ji ji ji, ja ja ja, para no incomodar a los compañeros de viaje: vamos, que sin la vergonzosa complicidad de los mismos engañados, que veían muy bien a dónde se dirigía el tren; sin esa complicidad, sin el temor a enfrentarse a la realidad que se les venía encima y llamarla por su nombre, hubiese sido imposible el engaño. Y así, voluntariamente pillados en la trampa de las falsas denominaciones, siguen siendo llevados a su destino fatal. Saben que están cambiados los nombres, hasta conocen el verdadero nombre de la estación en que se encuentran; pero contagiados por el síndrome de Estocolmo han acabado amando los nombres falsos, y no están dispuestos a renunciar a ellos. Los prefieren a los auténticos.

EL ALMANAQUE examina hoy qué es en realidad una convocatoria.

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