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ARTICULOS - POLÍTICA

ÍNDICE DE NACIONALISMO EN LA SANGRE

Hoy, 12 de octubre, es la fiesta de la Hispanidad; la que antaño se llamó fiesta de la raza; un nombre creado en pleno furor nacionalista, a la sombra del nacionalismo de España, llamado Movimiento Nacionalsindicalista; del italiano, llamado Fascio o Fascismo, y del nacionalismo alemán, llamado Nazismo. Contra el más elemental rigor zootécnico, se empeñaron en afirmar una raza española, una raza italiana, y una raza alemana (aria), igual que Arzallus ama hablar de su raza vasca. Afortunadamente, la fiesta nacional de España ya no se llama Fiesta de la Raza, porque España ha abandonado su pretensión de ser una raza (Arzallus, que ama volver al seno materno del nacionalismo vasco, o a su embrión, sueña con la raza vasca y con sus genes diferenciales). Despojada pues la fiesta nacional (¡menudo baldón el del equívoco de llamar fiesta nacional a la de los toros!); despojada de sus connotaciones racistas, es homologable a tantas fiestas nacionales honorables que se celebran en nuestro entorno cultural: honorables por estar despojadas de todo furor nacionalista y del ahogo de banderas (imagen nazi-fascista donde las haya) que caracterizó ayer, y sigue caracterizando hoy, a los que hacen del nacionalismo militancia, profesión de fe y de lucha, que les hace estar permanentemente en pie de guerra. Cuando en una nación hay una sola raza, una sola lengua, una sola cultura y una sola bandera; y todo, tanto la raza y sus apellidos como la lengua, la cultura y la bandera se prodigan y se imponen en forma asfixiante, para que en el espacio que ocupan no pueda respirar nada ni nadie más; cuando las cosas son así, es que esa nación tiene una concentración tal de nacionalismo en la sangre, que está en situación de alto riesgo, un riesgo que se extiende a todo el cuerpo social del que forma parte. Cuando por el contrario tenemos una nación como la española formada por muchas razas, por muchas culturas, por varias lenguas y por numerosas banderas; cuando celebramos tener una sangre tan mezclada; cuando la fiesta nacional no se celebra inundando de banderas el espacio y las conciencias; cuando tal ocurre, podemos felicitarnos porque nuestro nivel de nacionalismo en la sangre es tal que nos proporciona la capacidad de aceptar con satisfacción y orgullo nuestra multiplicidad y diversidad. Y aún más razón tenemos de estar contentos de nosotros mismos y de nuestro nivel de nacionalismo, si nos fijamos en la extensión que tiene el concepto de hispanidad, en el que cabe tanta historia con tantos pueblos, cada uno con su propia entidad política; que es una fiesta en que se celebran los aglutinadores culturales; una fiesta en que no se reivindican privilegios políticos ni de dominación para nadie; una celebración en que se conmemora algo tan antiguo y trascendental, como el descubrimiento de América, que precisamente por su lejanía es el acontecimiento en el que más pueblos y culturas se pueden sentir representados, y que es por tanto menos exclusivo y excluyente. Una fecha en que nos reafirmamos en la forma de hacer nación múltiple y diversa, cimentada en el mestizaje no sólo étnico, sino también cultural. Un buen referente que oponer a los anticuados nacionalismos modernos, que al optar por la pura e inviolable unidad de lengua, de cultura y si el viento sopla a favor, también de raza, ponen en constante riesgo y tensión la convivencia en una realidad política y social innegablemente multi-cultural y multi-racial. En fin, la hispanidad es un espacio étnico y cultural confortable. Como para celebrarlo.

EL ALMANAQUE se detiene hoy en las banderas.

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