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ARTICULOS - POLÍTICA

¿DÓNDE REGALAN LIBERTAD?

La libertad nunca sale gratis; hay que conquistarla si no se tiene, y mantenerla si se tiene. Los griegos y los romanos (que suyos son los parámetros con que medimos y valoramos las cosas) lo tenían totalmente claro. Tenían que vivir en alerta constante, porque a la que se descuidaban caían bajo el poder de alguien más fuerte, convirtiéndose en sus esclavos. Y ellos a su vez intentaban hacer otro tanto con sus "enemigos", es decir con los que no eran sus amigos y aliados. El mundo estaba montado así, no había medias tintas: o se era libre o se era esclavo. No tuvieron ocasión de pensar en especies intermedias como enfeudado, siervo, súbdito, hipotecado, etc. en las que tan sólo se es esclavo parcialmente. En el orden político que siguió a la esclavitud y la servidumbre, hubo que optar por fórmulas intermedias. Siendo imposible la libertad total, era un gran qué la posibilidad de participar en la determinación de las condiciones de dominación. Fue un alivio para los señores y para los súbditos, por cuanto al implicarse estos últimos a través de los parlamentos en la fijación de los impuestos, en su reparto y en los demás servicios al soberano, la dominación se hizo mucho más llevadera. La violencia que había necesitado ejercer el rey para recaudar unos impuestos cada vez más onerosos, se fue civilizando, de manera que perdió aquellos tintes truculentos de antes. Los propios súbditos, que por otra parte conocían mejor cuáles eran sus posibilidades, negociaban con sus dominadores. Fue en Inglaterra donde antes empezó esta experiencia. Cada una de las cámaras rendía al soberano un servicio inapreciable. Dos categorías de súbditos, cada uno con sus funciones. Fue la gran solución. Se le llamó a esto democracia. El pueblo elegía periódicamente a los que le iban a representar en la cámara baja, y con esto se hacía la ilusión de que sus lazos de dependencia con el soberano eran cada vez más endebles. Ciertamente era así: el soberano quedó en figura decorativa en unos países, y desapareció del todo en otros. Desapareció el soberano, pero no la soberanía; se extinguió la estirpe de los dominadores, pero no la dominación. Se continuó cobrando los impuestos, y se siguió confiscándole sin ninguna contemplación todos los bienes al que no cumplía con el fisco. Es toda la libertad que hemos podido conseguir. Si nos comparamos con los griegos y los romanos libres, muy poca; si nos comparamos con la suma de libres y esclavos, muchísima. Pero no es la misma en todas partes. En el sistema político que hemos conseguido, la clave está en la elección de los que ejercerán nuestra dominación. El pacto sobre el que nos sostenemos para no andar a mamporrazos a cada cambio, es que se respetarán escrupulosamente las reglas electorales: un elector, un voto. Cada segmento social echa sus cuentas y cree mejor encomendarle el poder a un candidato. Es esa la frontera que nos hemos marcado entre el súbdito y el ciudadano. Aquel que elige sus representantes en plano de igualdad con los demás, ejerce de ciudadano; mientras que aquel a quien se le impone el poder a la fuerza o mediante el engaño, se le condena a no ser nada más que un súbdito. Y son muchos en todas las latitudes los que no aprecian la diferencia entre la condición de ciudadano y la de súbdito, y les da lo mismo una cosa que otra; que no saben de qué les serviría más libertad política si es tan escasa la libertad real.

EL ALMANAQUE la da hoy un repaso a la palabra súbdito y al concepto que tras ella se encierra.

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