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ARTICULOS - POLÍTICA

LAS SERVIDUMBRES DE LA TIERRA

Entre los fundamentos del derecho de los individuos y de los pueblos, hay dos que se han manifestado a lo largo de la historia como especialmente funestos: la tierra y la raza. Y tienen ambos en común su carácter tribal, su voluntad de retroceso a la cuna. Los sociólogos más audaces, cuando este retroceso es especialmente acentuado, lo ven y lo definen como un típico fenómeno autista. Los pueblos, dicen, también pueden enfermar de autismo. En la prehistoria de todas las civilizaciones, la posesión de la tierra (a la cual se accedía más por las armas que por nacimiento) era el mayor título de nobleza. Quien por ser el más fuerte se hacía con el dominio de un territorio, sojuzgaba a sus habitantes, ejerciendo sobre ellos la soberanía. Pero esta situación no se eternizaba: podía durar siglos, pero al final acababan borrándose las diferencias entre los venidos de fuera (unos en son de conquista, otros como peregrinos, buscando medios de susbsistencia en país extranjero (y a menudo también en el propio país con estatuto de extranjero, por haberse dejado arrebatar la tierra). En la historia de Roma está muy bien ejemplificado este fenómeno en la larga lucha entre los patricios y los plebeyos. Resulta que los plebeyos eran los autóctonos, que se habían dejado vencer por los señores de la guerra, y quedaron desposeídos de su tierra, que pasó a manos de los más fuertes. Las cosas eran así, y la gente no se hacía mala sangre por ello. El mismo Platón, incluso habiendo sido esclavo, era ferviente partidario de la esclavitud. Es que no había otra cosa. Los plebeyos, pues, siguieron viviendo en su misma región, pero subordinados a los patricios. Y como fue demostrando el día a día, eran tan necesarios para Roma el orgulloso pópulus como la humilde plebs. La contribución de estos últimos a la defensa de Roma era vital. Por eso la plebe se negó a contribuir a la defensa de Roma (varias veces con los enemigos ya a las puertas), si no se les reconocían algunos derechos que poco a poco los fueron equiparando con los patricios. Es que por no tener derecho, no lo tenían ni a contraer matrimonio (con las ventajas jurídicas a él inherentes); ni tenían derecho a ser propietarios de tierras ni de casas, ni tenían derecho a comprar ni a vender, ni a recurrir las sentencias, ni a comprar y vender... no tenían derecho a nada. Pero el senado tuvo que ir cediéndoles derechos, hasta que llegaron a la equiparación total con los romanos de primera clase. Llegados aquí, una vez superada la arcaica división de la ciudadanía en ciudadanos de primera (con todos los derechos de la ciudadanía) y ciudadanos de segunda (sólo con algunos derechos), el valor de las personas ya no se midió ni por el origen de cada uno, ni por ser o no ser de la tierra, ni por formar parte o no, de la casta de los conquistadores. Todos estaban igualados en este aspecto; así que las diferencias de valor de cada uno las marcaron sus hechos; no su origen. Y lo que ocurrió en Roma, se ha repetido en todas las culturas: los siglos borran las diferencias de origen. Por eso suena tan retrógrado y tan autista echar por la borda las conquistas de la igualación (que no es la conquista de uno u otro pueblo, sino de la humanidad), para buscar las diferencias, cultivarlas, ahondarlas y exacerbarlas, para así restablecer la nueva división de la ciudadanía en autóctonos y extranjeros, soberanos y sometidos (o expulsados si no aceptan las nuevas reglas de juego).

EL ALMANAQUE hurga hoy en el anticuado concepto de solariego.

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