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ARTICULOS - POLÍTICA

LA LEY DEL DERECHO DE INVASIÓN

¿Qué pasaría si a la ley de extranjería le cambiásemos el nombre y pasáramos a llamarla "ley del derecho de invasión"? Pues pasaría probablemente que sin ajustarse del todo a la realidad, se acercaría a ella algo más que el nombre que actualmente lleva. En efecto, estamos tratando los síntomas más leves de una enfermedad sumamente grave, porque la hemos diagnosticado erróneamente. Y claro, también el nombre es erróneo. Empecemos por convenir en que para cada uno de los implicados, el mismo fenómeno tiene un nombre distinto, pues la realidad es distinta. Para el país de origen, los emigrantes son eso: heroicos emigrantes (de eso sabemos mucho en España, de cuando la emigración no exigía tanta heroicidad), que alivian al país de unas gentes a las que no puede mantener, y que si tienen éxito, le ayudarán a levantarse: las remesas de los emigrantes tienen en los respectivos países efectos balsámicos. Esos mismos emigrantes son para las mafias de negreros la más rentable de las mercancías. Y para los países receptores son la solución a un déficit de mano de obra que acepta los trabajos que los autóctonos no quieren, y que en cualquier caso es más barata: la economía sumergida, en la que hay cada vez más empresarios extranjeros, es el gran pozo sin fondo en que se pierden miles de inmigrantes. Esas son tres caras de la realidad vista desde dentro. Pero si nos salimos de ella y ponemos una cierta distancia espacial y temporal, nos encontramos ante un fenómeno distinto, el de las invasiones, que se ha producido ya a lo largo de los siglos, de las formas más diversas. ¿Quién hubiera llamado invasores a los desventurados europeos que huyendo de la persecución religiosa y política que sufrían en sus respectivos países, y de las miserias que acompañaban a su condición de réprobos, fueron en calidad de humildes y laboriosos colonos a cultivar (sólo cultivar para sobrevivir) insignificantes pedazos de tierra en los inmensos territorios de las tribus indias? Nadie al verlos llegar. Pero ¿dónde están hoy los indios? Los españoles y portugueses sí que fueron en son de guerra, declarándose invasores desde el primer momento. Los franceses, los ingleses, los holandeses, no se declararon invasores, pero lo fueron. ¿Tenían intención de serlo? Seguro que no, pero lo fueron. Fue la elevada suma de migraciones lo que convirtió la totalidad de las mismas en invasión. El hecho objetivo del lleno a rebosar de Europa, con las tensiones que tal situación producía, frente al vacío succionador de América, fue el responsable de la invasión de este continente. Y hoy está ocurriendo lo mismo: el importante vacío de puestos de trabajo, es decir de recursos para vivir de Europa (y en nuestro caso concreto de España) hace de poderoso succionador de unas poblaciones excesivamente densas, sumamente pobres y cargadas por unas cosas y otras de graves conflictos internos. A la hora de legislar hay que pensar en los dos fenómenos a la vez (el de nuestra necesidad de mano de obra y el del exceso de población africana que presiona nuestras fronteras cada vez con más audacia), si fuese posible sin mezclarlos, o al menos sin confundirlos. No podemos ignorar la presión invasora no sólo de los pueblos emigradores, sino también de sus estados, y sobre todo de sus grandes, enormes, todopoderosas organizaciones religiosas. En el caso de África y Asia, se trata nada menos que del Islam. De una invasión islámica. De aquí a cien años sabremos si es así.

EL ALMANAQUE, siguiendo en su esfuerzo por encontrar los nombres de las cosas que nos importan, se pregunta qué tienen de invasión las migraciones.

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