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LÉXICO  DERECHO - JUSTICIA - POLÍTICA

 
ILEGALIZACIÓN

Hay que empezar por dejar sentado que nos las vemos con un palabrote; y que cuando el nombre anda escaso de legitimidad léxica, no es nada fácil que la cosa que nombra tenga mayor entereza. A partir de ley se forma el adjetivo legal, recurriendo a la raíz latina lex, legis. El adjetivo legalis, antecesor directo de legal, es de formación tardía, y más tardío aún el adverbio. De legal pasamos al bárbaro verbo, legalizar que según el diccionario es dar estado legal a una cosa; y también certificar la autenticidad de un documento o firma. Notemos que está fuera de legislar, que es hacer las leyes, y juzgar, que es inquirir sobre su aplicación. La legalización nunca es un un acto judicial, sino como mucho legislativo (haciendo que una nueva ley cubra actos o situaciones que antes estaban fuera de ella), y más comúnmente de la ciudadanía, que ajusta a la ley su situación o sus actos. Su artificioso contrario, ilegalizar, tendría que ser exactamente el camino de vuelta: dar estado de ilegal a una cosa en la primera acepción, y certificar la falta de legalidad o autenticidad de algo, en la segunda. 

Si aplicamos este verbo y su respectivo sustantivo a los partidos políticos, suena aún más extraño, puesto que no existe el trámite de “legalizar” un partido político o cualquier otra asociación. No existe, pero sí que existía durante la dictadura, cuando era ilegal per se asociarse, y por tanto toda asociación (nunca partido político) debía pasar un trámite de legalización antes de poder inscribirse en el registro de asociaciones. Y podía ser ilegalizado en cualquier momento, cuando los guardianes del sistema (que para estos menesteres no lo eran los jueces) apreciasen cualquier desviación. Si además tenemos en cuenta que en nuestra legislación las asociaciones o sociedades no delinquen, sino que lo hacen los individuos uno a uno, resulta aún más difícil eso de ilegalizar un partido político. No es ese el concepto, ni es esa la palabra. No se trata de revocar un trámite ya dado por bueno, ni de “juzgar” y luego “condenar” al partido en cuestión. No van por ahí los tiros. Lo que en realidad se pretende expresar cuando se habla de ilegalizar un partido político, excomulgarlo. 

Lo que en el plano religioso llamamos excomunión, en el plano civil es la ilegalización. Se trata en uno y otro caso de proclamar con la respectiva solemnidad que las personas que practican determinadas conductas y las organizaciones que las acogen, no tienen nada en común con el sistema que las expulsa de su seno. Y perfilando aún más, lo que significan esos pronunciamientos no es tanto que la iglesia o el sistema político expulsan de su seno a los que están en él en franca rebeldía, sino que “declaran” que han llegado tan lejos en su actitud rebelde, que se han salido totalmente del sistema. Y por lo general se produce esta declaración no en el justo momento en que llegan a la frontera entre lo admisible y lo inadmisible, sino cuando la han rebasado en muchas leguas, de manera que constituye un escándalo y un sarcasmo seguir predicando que los rebeldes están en comunión con el sistema, y el sistema en comunión con los rebeldes. 

Si existe la excomunión, llamada en política ilegalización, es porque llega un momento en que se deben clarificar las fronteras entre lo correcto y lo incorrecto. Son los fines quos ultra cítraque nequit consístere rectum, que dice Horacio: los “límites más allá y más acá de los cuales no pueden ser las cosas correctas”. La frontera entre la opinión y la acción; entre la opinión que debate y la que adoctrina, y además guía la acción. Si resulta que por procedimientos democráticos se puede llegar al fascismo, es que la democracia tiene en sí la semilla del fascismo y puede alimentarla con sus propias leyes. Si nuestra consigna ha de ser Fiat lex et péreat mundus, “hágase la ley y caiga el mundo”, en vez de Fiat lex ne péreat mundus, apaga y vámonos. Ya lo advirtió Cicerón: Legum omnes servi sumus, ut líberi esse possimus, “todos somos esclavos de las leyes para poder ser libres”. ¿Consentiremos que las leyes nos conduzcan a la esclavitud?

Mariano Arnal

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