LÉXICO DERECHO
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Conviene
distinguir entre terror y horror,
dos términos que se intercambian impropiamente. Hablamos de películas
de terror, cuando sería más
propio llamarlas de horror.
La clave de la diferencia de significado de ambas palabras, está en el
sujeto. El verbo horrorizar
no solamente admite la forma reflexiva (horrorizarse),
sino que incluso es ésta la más frecuente. O se horroriza uno mismo, o
si el horrorizador es otro necesita la colaboración del horrorizado.
Con el terror ocurre de otro modo: no existen las formas reflexivas de
aterrar o aterrorizar, porque es siempre otro el que produce el terror,
y uno el que lo padece. No se dice “yo me aterro”, o “yo me
aterrorizo”, sino “me aterra tal cosa”, “me aterra sólo el
pensarlo”, “estoy aterrorizado (mejor aterrado)”. El terror viene
siempre de fuera; el horror nace en uno mismo, se genera dentro de uno
como consecuencia de algo horrible. El
diccionario da una definición inequívoca para horror:
dice que es un movimiento del alma
causado por una cosa terrible y espantosa. Es una reacción
anímica ante algo espantoso. En su origen (hórreo,
horrere, hórrui) significó ponérsele a uno los pelos de
punta, erizarse. Horripilante
(lo de pilus= pelo es una
redundancia) es aquello que le pone a uno los pelos de punta. Horrendo
es algo por lo que deberían ponérsele a uno los pelos de punta. Es la
respuesta del individuo a un estímulo externo. El
terrorista, aquel que cree
en las virtudes del terror y en consecuencia lo practica, es el que crea
el estímulo externo. Busca asustar, aterrorizar; esa es su táctica.
Para el terrorismo las matanzas son un medio, no un fin. Lo que persigue
el terrorista es intimidar, dominar mediante el miedo a una población.
Para ello cuenta con la onda expansiva de la publicidad que de su terror
harán los medios. Y cuenta sobre todo con la penetración en el alma de
los horrores; cuenta con que ante la visión de sus carnicerías, las
gentes se horrorizarán, se les pondrán los pelos de punta. Si al soldado se le entrena por una parte a no dejarse aterrorizar por el enemigo, y por otra a no horrorizarse por las carnicerías que él mismo tenga que hacer para no ser él la víctima, habrá que ir pensando cómo entrenar a la población civil para resistir tanto al terror como a los horrores, desde el momento en que se ha convertido en el blanco preferido de las guerras modernas. Quizás el mantenerla alejada de la sangre, tanto de los suyos como de los enemigos, forme parte de las nuevas tácticas para afrontar la guerra sin desquiciarse. De la misma manera que a fuerza de contemplar maravillas perdemos la capacidad de maravillarnos, a fuerza de sufrir horrores desviando de ellos la vista, aprenderemos a no horrorizarnos. Esa debe ser la razón por la que los ejércitos mantienen la mayor discreción sobre sus bajas, y sobre todo por los horrores de que están rodeadas. Y esa la razón por la que se esfuerzan en sublimar los horrores, convirtiéndolos en motivo de orgullo. Los muertos, los heridos, los mutilados por la guerra no son unos desgraciados, sino unos héroes. Y si las bajas son del enemigo, tanto mayor es la gloria cuanto mayores son. No son los horrores, sino los honores de la guerra. Mariano Arnal |