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ARTICULOS - POLÍTICA

QUIEN NO ACUSA, NUNCA GANA UNA CAUSA

Está claro que quien quiera adquirir para sí lo que tiene otro, antes tiene que acusarle de que no es legítimo poseedor, sino que lo adquirió abusivamente y por tanto el acusador está legitimado para reivindicar la cosa por cualesquiera medios que tenga a su alcance. Los griegos a eso lo llamaban algo así como "categorizar", un compuesto de ágora, que es el equivalente del foro romano, lugares ambos en que se celebraban los juicios, de donde nuestros conceptos de forense, foral, fuero y desafuero. Y la expresión popular de "Menos fueros" y análogas, cuando se le suben a uno los humos. Esta es la vertiente latina, pero la griega se mueve en un plano que Aristóteles elevó a metafísico: el de las categorías. Quien quiere estar por encima de otro, tiene que recurrir al truco de evitar que se confundan los buenos y los malos, y que en cada una de estas divisiones se distingan también las categorías de los buenísimos, u óptimos, a los que los griegos llamaban áristoi (de ahí nace todo género de aristocracia); la categoría algo inferior de los muy buenos; y la más multitudinaria, demótica que dirían los griegos (en oposición a los plebeyos, conocidos entre ellos como laós, del que obtendremos nuestros adjetivos "laico" y "lego", ¡qué cosas!); y la categoría de los simplemente buenos: no está nada claro que no tenga nada que ver con este significado, o acaso con la divinidad, el nombre de godo. Los malos también tienen sus categorías, incluidas todas ellas en el concepto tan romano de inimicus, que no era, por supuesto, el que iba contra ellos y les atacaba, sino el desventurado in amicus, es decir el que no tenía la fortuna de ser amicus et socius de los romanos. En este saco estaban todos los que no eran ellos, es decir "los otros (tan bien expresado por el Sinn Fein = Nosotros Solos)". Pertenecer a la categoría de los otros es el primer gran baldón del que es encerrado en el mundo de las categorías. Por supuesto que en la categoría de "los otros", es decir de los malos, los hay simplemente malos, los que no son de los nuestros, legítimo objetivo del ataque de los buenos; los hay peores, que son aquellos a quienes los malos eligen para que los representen (este es el peor delito de los malos, haber elegido mal cuando tenían resplandeciendo el bien ante sus ojos, y sin embargo se inclinaron al mal); y los pésimos, aquellos que persiguen y encarcelan y matan a los buenos. Una vez etiquetado cada uno según su categoría, las cosas son mucho más fáciles. Todo el mundo sabe quién es quién, y a partir de ahí sabes perfectamente si haces bien o si haces mal. Según a quién le hagas las cosas, estarán bien o mal hechas. Si haces el bien a los tuyos, haces bien; si se lo haces a alguno de "los otros", haces mal. Si haces el mal a alguno de los tuyos, haces mal; si se lo haces a alguno de los otros, haces bien. Todo es cuestión de saber distinguir a cada uno según su categoría, y actuar en consecuencia. ¿Y esto sólo porque sí? No, no, se trata de expoliar a una parte de nuestros vecinos y alzarnos con el expolio. Pero es preciso no hacerlo indiscriminadamente, para lo cual es imprescindible discriminar: la mejor manera, incriminando, acusando, categorizando, que dirían los griegos, es decir acusando, o estableciendo categorías, que decimos nosotros, dejándonos enredar en metafísicas aristotélicas.

EL ALMANAQUE, siguiendo el hilo que salió ayer del ovillo de la denominación, se ocupa hoy de algo tan contrario a la igualdad como son las categorías; muy útiles aplicadas a las cosas, pero inquietantes si se aplican a las personas.

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