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ARTICULOS - POLÍTICA

¡MENOS LOBOS, CAPERUCITA!

Las cosas vistas desde lejos siempre presentan mejor aspecto, porque a tanta distancia no se ven los defectos. Desde la lejanía de México se ve la transición española de la dictadura a la democracia como una obra de arte de la política; vivida de cerca en cambio, es un queso lleno de agujeros. España corría un serio peligro de ruptura entre las dos concepciones antagónicas: el franquismo, que es como acabó llamándose el nacional-sindicalismo, y el comunismo, que llevaba la voz cantante en la lucha contra el régimen, y tenía como aliados a los nacionalistas en el país Vasco y en Cataluña; a los socialistas de todos los colores del arco iris; a los anarquistas, por supuesto, y hasta a la Democracia Cristiana. El objetivo común de sacudirse el régimen había propiciado extrañas alianzas; pero tan pronto como cayó el régimen, cada uno fue a defender su coto privado. Y lo que hubo al final fue un reparto del árbol caído. Cada uno se agarró a su rama con todas sus fuerzas. No les importaba nada que el árbol estuviese agusanado; lo que hasta entonces habían vituperado, en quedando al alcance de su mano tuvo otro color. Ya no querían desmantelar el antiguo régimen, sino repartírselo a pedazos. Y lo más asombroso fue que justo los que más habían denostado el régimen, los comunistas, van y piden como parte del botín nada menos que el buque insignia del régimen, nada menos que la CNS, la organización sindical. Y pedían (que por pedir no quedase), mantenerla con la afiliación obligatoria (y con ella la cuota, claro está) y que además continuara como sindicato único. La mayor fuente de corrupción del régimen la querían los comunistas, que para eso se habían jugado el pellejo luchando contra el dictador. Y los del régimen exigieron continuar manteniendo en sus manos el poder durante la primera etapa de la transición, instalando como jefe del nuevo gobierno, nada menos que el secretario general del Movimiento, es decir el máximo líder del partido único del régimen a extinguir, su ideólogo y jefe de organización. Vamos, como si Zedillo le pidiese a Fox ser él el jefe de gobierno de la transición, para tener la máxima garantía de que se hace sin sobresaltos y sin poner en riesgo los intereses creados. Cuando el que en diciembre será nuevo presidente de México dice que el modelo de transición que desea para su país es el de España, es o porque conoce sólo de oídas la transición de España, o porque realmente está dispuesto a hacer importantes concesiones al aparato del antiguo régimen, y porque piensa conservar intactas algunas de las estructuras de poder del PRI para encajarlas como sea en el nuevo mosaico democrático. Quizá sea inevitable pactar con personas e instituciones preexistentes para no desmantelar el Estado. Quizá sea impensable erradicar la corrupción de golpe. Quizá la victoria del PAN sea un sueño del que hay que despertar muy poquito a poco y dedicarse tan sólo a la política posible, renunciando a lo imposible. Por más que se diga y se elogie, en España la transición no se hizo nada bien. Fue demasiado blanda, demasiado consentida, demasiado comprensiva con la corrupción; tanto que se heredó y se cultivó luego. La corrupción franquista no sufrió una rotura, porque fueron los hombres de Franco los que se alzaron con el poder, y esos mismos los que se lo traspasaron a los socialistas, y con él la dulcísima y agradecida corrupción.

EL ALMANAQUE considera hoy el proceso de transformación que le espera a México, y piensa en el botín en que muchos están soñando ya.

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