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ARTICULOS - POLÍTICA

LA VERDAD ES QUE SON BUENA GENTE

Los políticos de aquí, de allá y de acullá, por el procedimiento de inflar precios consiguen resolver multitud de problemas tanto personales como de su partido. Hay casos en que la inflación es descarada: se hinchan los presupuestos al doble, al triple, etc., tanto como meter directamente la mano en la caja común o en el bolsillo de los contribuyentes. Pero en nuestras latitudes el sobrecargo de precios para devolvérselo a los políticos concesionarios en dinero negro, no suele sobrepasar el 15% en obras públicas. Las grandes empresas monstruo que trabajan con la Administración, ya saben que la manera de tener garantia de contratos y concesiones es pagando religiosamente a quien corresponda. Y los partidos políticos, desde el jefe al último botones, saben que cuando están los gastos (los oficiales y los extraoficiales) muy por encima de los ingresos oficiales, es que hay otras fuentes de ingresos de las que nadie debe saber nada, ni el mismo que las gestiona. Y claro, el jefe es el primero que se entera por los periódicos. Y si el jefe, que lo sabe todo, no sabe nada de eso, es que ya puede investigar la justicia, que tampoco encontrará nada. Así es como va la cosa, y si sale algo es por alguna vendetta. Y aún así, acaban faltando papeles, que son los que cantan. Viene esto a cuento de que acaban de pillar al pobre Mitterrand, presidente que fue de la República Francesa, con las manos en la masa. Como pillaron a todo un gobierno japonés hace dos años, a Helmut Kohl en Alemania, a Bettino Craxi en Italia, a Felipe González con su Filesa, a Aznar con otros enredos en España. Estos últimos dejaron el trabajo arriesgado en manos de sus subordinados, que para eso están. Pero el bueno de Kohl, y el paternal Mitterrand quisieron cuidarse ellos mismos de estos menesteres. El presidente francés, ¡enternecedor!, cargaba tan sólo cincuenta céntimos (no de franco, sino de peseta) por cada litro de gasolina. Nada que se parezca ni de lejos al clásico y casi sagrado diezmo (que en el más escandaloso de los casos puede llegar a doblarse) que se cobra en casi todo; ni a los escandalosos dos mil millones de pesetas que se cobraron de comisión por el Ave; nada de eso, sino un modestísimo y consideradísimo 0.3%, menos de la mitad de lo que se pide para los países subdesarrollados; pero no de la gasolina, sino de todo el producto interior bruto. Una bellísima persona, este François Mitterrand, un auténtico padre que distribuía él directamente el dinero de tan morigerada recaudación. ¿Quién tendrá entrañas para tirar la primera piedra contra el buen anciano? En política no puede fiarse uno de nadie: es capaz de salir el más corrupto, el que ha cobrado todas las comisiones imaginables, aquel en cuyo nombre se ha extorsionado y chantajeado para financiar el partido; e incluso quien se ha atrevido a meter la mano en la caja (pero como no le han pillado, es técnicamente inocente); puede salir alguno de estos y empezar a tirar piedras contra el pobre Mitterrand. ¡Ten amigos para eso! Claro, la sociedad, ingrata, espera de ellos milagros, pero sin dotarles de recursos. Los pobres se arreglan como pueden, y tiran los unos de contratos, los otros de concesiones, los de más allá de recalificaciones a medida... todos con la mejor voluntad y la más recta conciencia. Por eso es una crueldad perseguirlos. Como al pobre Villalonga, que se entera por la prensa de que van a subir las acciones de Telefónica, y pide un pequeño préstamo de 200 millones de pesetas para comprar unas pocas opciones sobre las mismas. Sin ningún riesgo, claro.

EL ALMANAQUE examina hoy la palabra concesión. Es clave.

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