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AGENDA 

Estamos ante una palabra netamente latina: es el participio futuro de ago, ágere, egi actum, forma de la que hemos obtenido el gerundio. En este término el peso específico de la significación está repartido a partes iguales entre la raíz (ag-) y la desinencia (-enda). El verbo es el que ha dado lugar a agitar (forma iterativa) y a agente, agencia , activo, acción, actuar, acto, actor. El significado está cruzado y mezclado con los del verbo hacer, de modo que a efectos prácticos se suelen confundir. El correspondiente a agenda, en el verbo hacer es hacienda; el de agente, “haciente” (lo tenemos tan sólo en el compuesto fehaciente); el de actor, hacedor, ya en desuso.   

Elemento tan importante como la raíz, es la desinencia –endus, -enda, -endum o –andus, anda, andum, que imprimen a la palabra carácter de necesidad, obligación, futuro necesario. Referéndum y memorándum son dos ejemplos de forma neutra en singular, que tienen carácter hiperculto. Agenda es la forma de plural neutro: significa en rigor “cosas que han de ser llevadas a cabo”. El verbo ágere no es tan taxativo como el verbo fácere. Recordemos que el agente es el que promueve, mueve, empuja, hace avanzar las cosas, tira de ellas. Es decir que la agenda está en el orden de lo que se procurará, se intentará, se pondrá empeño. Eso es lo que dice la palabra en latín. 

Característica de la agenda tal como hoy la entendemos, es que se ha convertido en sinónimo de calendario y de almanaque, con la particularidad de que en ésta empleamos como plantilla el calendario, y utilizando como trama la sucesión de las horas, de los días, de las semanas y de los meses, sobreescribimos nuestras obligaciones y nuestros propósitos y compromisos. En la agenda se entretejen los días con la vida. En ella nos imponemos unas actividades limitándoles el tiempo. Las agendas están pensadas para limitar nuestra actividad en el tiempo, para comprimirla, de manera que en el mismo tiempo nos quepa cada vez más actividad. La agenda que llevamos en el bolsillo, como el reloj que llevamos en la muñeca, no se inventó para que nos adueñemos del tiempo, sino para someternos a él más estrictamente. No se inventaron esos artilugios para la libertad, sino para la obligación: en la agenda, la mitad de la palabra está lastrada por ese aspecto. 

La agenda es un emblema de una civilización cada vez más asfixiante. Es la programación previa a la que se somete cada uno, para que le cunda más el tiempo. Y así nos encontramos con que es finalmente la agenda la que manda sobre nosotros. Cuando alguien con poder no tiene interés en atender a alguien que está por debajo, alega “problemas de agenda”; y cuando este mismo quiere presionar a su subordinado, vuelve a ser la agenda la razón última de las presiones y de las precipitaciones. Hemos pasado de ser administradores de nuestra agenda, a ser administrados por ella.

Mariano Arnal 

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