AFINIDAD
Viene
esta palabra del latín affínitas,
que además de los significados generales que aplicamos habitualmente,
tiene uno específico relacionado con el parentesco: affinitate
se devincere cum áliquo era emparentar con alguien por afinidad. Es
el parentesco que te viene de rebote, por matrimonio de uno de tus
consanguíneos. Es decir que no eres tú el que te haces afín de otro,
sino que al enlazarse uno de los tuyos con alguien, quedas también tú
enlazado. Sin que sea preciso que te lo propongas. La afinidad
es casi un principio físico.
De
hecho este término tiene una considerable extensión. Además de
aplicarse al parentesco, que no es poco, se aplica a las matemáticas, a
la fisiología acústica, a la historia natural, a la medicina, a la química.
Es que no sólo en física, sino también en derecho y en sociología,
examinar qué acompaña a qué; qué se acerca siempre a qué; qué es
inseparable de qué, sirve para despejar muchas incógnitas. También en
política es utilísimo el estudio de las afinidades: lo que parecen
misterios inexplicables, a la luz de esas leyes no lo son tanto.
Volviendo
al latín, los clásicos entienden por affinis
confinante (el que comparte frontera), limítrofe, y por consiguiente
también vecino. De ahí extienden el significado a pariente o aliado
por casamiento (al yerno lo llamaban a menudo affinis);
y luego ya a amigo y cómplice. En el año 533 (en el Digesto de
Justiniano) affinire
significaba fijar o determinar. No olvidemos que affinis
es un compuesto de finis, que
entre otros significados tiene el de frontera, territorio. El prefijo ad
nos advierte que aquel a quien aplicamos ese calificativo se
acerca a la frontera o
territorio de otro, que realiza un acto
de aproximación (ad).
Cuando
en medicina se habla de afinidad
morbosa se expresa la idea de que determinadas enfermedades se
producen siempre en torno a otras determinadas, de manera que si se
contrae por ejemplo el sarampión, hay que estar prevenido contra el
coqueluche. Sería una deficiencia grave que un médico no contase con
ello. Por eso en química, en biología, en todas las ciencias, se
intenta establecer las leyes de la afinidad. En historia natural la
afinidad de caracteres es la base de la taxonomía. El simple hecho de
detectar los elementos de afinidad (Linneo se basó para las plantas no
en su aspecto, sino en los elementos constitutivos de la flor tan sólo)
y agrupar las cosas según esos elementos, es ya un avance muy
importante.
Es
digno de observarse que mientras en la unidad social básica que es la
familia están perfectamente definidas
las afinidades, con
variantes en cada cultura (en el Derecho Canónico la afinidad tiene
tratamiento propio), las otras agrupaciones humanas (pueblos, estados,
movimientos políticos, religiones) están en mantillas, de manera que
no hay manera de clasificarlos por el criterio que se emplea en toda
clasificación: por sus afinidades.
Es que no se dejan.
Mariano
Arnal |