Una de sus formas latinas es Adalfredus, por
lo que se tiende a considerar que su etimología más probable sea Athal-fred, con
el significado de "noble protector". Se barajan, no obstante otras etimologías,
como Ald-frid (en consonancia con la forma latina Alifredus) que
significaría "gobernante pacífico"; incluso hay quien considera que la forma Alf-raed
es más ajustada literalmente, y que le correspondería por tanto el significado
más legendario de "consejo de los elfos" (en la Edad Media se aplicó este
nombre a una especie de duendes, una supuesta raza formada por hombres de pequeña
estatura que habitaban en el subsuelo de Escandinavia, y que poseían poderes
sobrenaturales). Este nombre ha tenido y sigue teniendo aún notable difusión en los
países anglogermánicos. En los de habla hispana ha bajado un tanto su frecuencia, aunque
recientemente, con la nueva oleada de nombres de sabor histórico, se han recuperado los
Alfredos.
San Alfredo monje cisterciense, nació en Hexham 1109. Fue
abad de Rivaulx. Su nombre se ha escrito de muy diversas formas (Aethelredo, Ailrido,
Elredo, Ailredo, Aelredo). Siendo muy joven, entró al servicio del rey David de Escocia,
quien en justo premio por sus servicios quiso elevarle a la dignidad episcopal; pero
Alfredo, sintiéndose atraído por la vida monástica y por el estudio, ingresó en la
abadía cisterciense de Rivaulx. Intervino activamente y con muy buenos resultados en la
política de Inglaterra, gracias a las excelentes relaciones que mantuvo con el rey
Enrique II.Asistió en Londres al traslado de los restos del rey san Eduardo, llamado El
Confesor, lo que le indujo a investigar y escribir la vida del santo. La producción
literaria de san Alfredo fue ingente. Nos dejó seis tratados históricos centrados en la
Inglaterra de su tiempo y otra media docena de obras ascéticas de gran impacto. Murió en
1166 gozando de un gran reconocimiento de su santidad y de su valía personal, tanto que
sólo tardó 35 años en ser canonizado, hecho que se ha dado con muy poca frecuencia en
la historia de la Iglesia.
Los Alfredos celebran su onomástica el 26 de agosto,
aunque en algunas familias se celebra el 12 de enero, y en otras el 15 de septiembre.
Además del santo, otros Alfredos han incrementado la virtud del
nombre, el más significativo de todos Alfredo el Grande (849-901), rey de
los anglosajones. Tenía tan sólo cinco años cuando fue enviado a Roma, a la corte
papal. Allí cuidó de su educación el papa León IV, que le coronó rey. Pasó numerosas
vicisitudes en las que perdió territorios y volvió a recuperarlos, hasta que por fin
consolidó el reino. Se le considera fundador de la universidad de Oxford. Buen latinista
como era, tradujo las Confesiones de san Agustín, la Historia de Orosio, el De
consolatione Philosophiae de Boecio, etc. Digno de mención es también Alfredo Correa
de Oliveira, que abolió la esclavitud en el Brasil (1885), y finalmente el gran Alfredo
Nobel, inventor fecundísimo, especialmente en el campo de los explosivos, que creó la
fundación de su mismo nombre, generosamente dotada, con cuyos beneficios se pagan
anualmente los premios Nobel. ¡Felicidades, Alfredo!