La Navidad de El Almanaque

NAVIDAD 2003 

Un año más pasamos por la NAVIDAD aunque sólo sea para recordar que al hombre le pesa mucho más el alma que el cuerpo. Claro que ahí está el cuerpo reclamando lo suyo, pero lo miremos por donde lo miremos, es el alma la que maneja el cuerpo, y no a la inversa. Es que el hombre es la gran creación que, para bien o para mal, no cesa de crecer. Poco ha cambiado nuestro cuerpo desde que pisamos la tierra con sólo dos pies, pero nuestra alma y su reflejo en nuestra conducta y en nuestras obras, acabará convirtiéndose en el alma única con la que aliente todo el planeta: no sabemos si para bien o para mal. 

Como no podemos estar siempre de celebración, aunque sólo fuese porque al ser continua ya no sería celebración sino rutina, hemos dado en concentrar los ritmos y los momentos de nuestra alma en unas fechas determinadas del año. Así tenemos un tiempo para la alegría, un tiempo para el dolor, un tiempo para el amor, un tiempo para los antepasados, un tiempo para el recogimiento, un tiempo para el desenfreno… A lo largo del calendario y a lo ancho de los almanaques se van desgranando nuestras almas colectivas. 

Es que no podemos ser los mismos, no somos los mismos en el solsticio de invierno que en el solsticio de verano, ni en el equinoccio de primavera que en el de otoño, por poner las cosas en términos puramente astronómicos, que es ahí donde empiezan los almanaques primero vividos, y luego escritos. ¡A saber cuántos y cuántos miles de años lleva la humanidad celebrando el solsticio de invierno al que hoy llamamos Navidad! Sabemos que ya los romanos en estas fechas celebraban la lotería, intercambiaban regalos, iban de buenos, se llevaban bien con todo el mundo, sentaban a sus esclavos a la mesa y hasta les obsequiaban con aguinaldos. El patrón de estas fiestas era Saturno, al que consideraban el dios que les había enseñado la agricultura, cruzado con el más antiguo personaje romano y fundador divino de la estirpe. 

Eran fiestas paganas, pero tan profundamente arraigadas en el pueblo romano y en todos los pueblos sometidos, a los que el imperio había permitido añadir sus ancestrales singularidades, que tras siglos de infructuosa lucha de los papas por erradicar estas fiestas de la nueva sociedad, el cristianismo acabó rindiéndose. Aceptó plenamente las saturnales tal como eran en cada lugar, conformándose con sustituir a Saturno por Jesús, igual que sustituyó a Apolo por san Juan en el solsticio de verano. Añadió, eso sí, la calenda respectiva, es decir la lección religiosa, que en este caso era la principal del año, la del NACIMIENTO DE JESÚS, elegida para iniciar con ella el calendario cristiano por ser la que se ajustaba como anillo al dedo al carácter de las celebraciones con las que no pudieron acabar. 

Es que la humanidad necesitaba unas FIESTAS NATALICIAS, porque esas son las celebradas con mayor alegría en toda familia, en toda tribu, en todo pueblo y en todo reino. Y el momento en que el Sol inicia de nuevo su ascenso en el cielo, el momento en que el día vuelve a ganarle terreno a la noche, fue el elegido desde los mismos albores de la humanidad para convertirse en la fiesta natalicia de toda la colectividad. Y en ella situó la sociedad occidental el que fue y sigue siendo el NACIMIENTO que nos marca hasta el calendario.

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