LAS COSAS Y SUS NOMBRES  NOMINA RERUM                                    Mariano Arnal


GODOS 

Los nombres de pueblos son plurales o colectivos por definición. Por derivación gramatical se convierten luego en singulares; y según sean las características del pueblo en cuestión, se convierten incluso en adjetivos. Así crearon los griegos el término genérico de bárbaros para todos aquellos pueblos cuya lengua no entendían (para ellos no eran más que bla-bla-loi (bla-bla-loi), los que hablan bla-bla; que ese es el origen de la palabra); y así llamaron los hispanorromanos a los godos que les invadieron: bárbaros. En español quedó el término godo como indicativo del romano con poder que se acomodó entre los godos y formó parte de su nobleza. Y a partir de ahí se extendió a todo el que presumía de nobleza y abolengo. Obviamente se empleó en los países de la América hispana para denominar a los españoles que ejercían allí el poder; y superada esta situación, se adjudicó en política el calificativo de godos a los conservadores.  

Los romanos llamaron Gothi a los godos. Si pusieron la th es porque esa t les sonaba a z. Pero no debió ser esa la única forma de pronunciarlo, puesto que la primera vez que se les nombra en latín lo hace el historiador Tácito (55-120) alrededor del año 1 de nuestra era: los llama Gotones y los sitúa al noreste de Germania, dos siglos antes de que empezaran a hacer presión contra las fronteras del imperio romano. La Espasa indica que este nombre procede del gótico guthans; el webster’s lo hace derivar de la raíz goth – gut (Gut-thuida = pueblo godo); en línea con la percepción de Tácito y con la evolución en español; indica además que es sinónimo de rudo y de bárbaro. 

¿Y quiénes son los godos? Por lo que nos atañe, son un pueblo numerosísimo no sólo por su capacidad reproductiva, sino por su capacidad de asimilación o absorción de otros pueblos, o acaso de simple conjunción. El caso es que en sus filas se encuentran, bajo la denominación genérica de godos, los hérulos, los rugios, los eskiros, los turcilingos, los gépidas, los vándalos y muchos otros. Estaban todos ellos asociados en una empresa común, que era crecer a costa de terceros. Aparte de las infinitas tribus y cuerpos de ejército que seguían un solo mando en lo esencial (es decir respecto a quién tenían que respetar y ayudar en caso de peligro, y a quién tenían que atacar), se distinguían dos grandes bloques: el de los visigodos o tervingos, que ocupaban desde los Cárpatos hasta el Dnieper, y el de los ostrogodos, que ocupaban las estepas de Rusia. 

El año 269 un ejército de 320.000 godos ataca el imperio, y más que derrotado es dispersado por el emperador Claudio II el Gótico (214-270). Era ya imposible contenerlos. Cuando se preparaba para volver al ataque, lo mató la peste. Su sucesor Aureliano (predecesor de Diocleciano) les cedió de inmediato (270) a los bárbaros una provincia del imperio, la Dacia, a la izquierda del Danubio. Tenía abiertos muchos frentes: cuando él llegó al poder, la Galia tenía su propio emperador, Tétrico, contra el que combatió y al que derrotó. Venció también a Zenobia y a su hijo en Palmira, acabando con el poder de esta ciudad el año 273 (continuará).