ETIMOLOGÍA - LÉXICO          

SEUDÓNIMO

El artero Ulises, para engañar al tonto de Polifemo y dejarlo en ridículo ante los demás cíclopes, que se negaron a prestarle ayuda, ideó la treta de mentir en cuanto a su nombre. Ulises le dijo que se llamaba oudeiV (udéis), traducido al latín, nemo (¡quién no recuerda al capitán Nemo!), y en español, nadie. No es ninguna tontería el invento, por eso es un clásico. El engaño de Ulises se repite constantemente: ¿Quién ha sido? "Nadie"; y lo tenemos ante nuestros ojos, pero jurídicamente se llama "Nadie"; y como "nadie" no puede ser acusado de nada, pues ahí se queda el delito impune. Siguen tan vivos como siempre entre nosotros el astuto Ulises, siempre con nuevos engaños en la faltriquera, hasta llegar al caballo de Troya, y el tonto de Polifemo, gigantesco, torpe de movimientos y de entendimiento, y con un solo ojo, grande pero de escasa agudeza. Los papeles están repartidos, y cada uno cumple fielmente con el suyo.

OudeiV (udéis), Nemo, Nadie, es pues el primer seudónimo, el primer "nombre falso" de nuestra cultura. No está mal para empezar. Luego la literatura será pródiga en seudónimos, que serán el nudo de muchos argumentos. La mentira sobre la propia identidad (representada por el nombre), es la que da más juego, la que permite mayores maniobras, la que hace más apasionante cualquier novela y cualquier realidad. Los demás engaños ya son de menor entidad. YeudwnumoV (pseudónymos) es la palabra que formaron los griegos para denominar al que lleva o se da un nombre falso. Es una más entre las decenas de palabras que formaron a partir de yeudhV (pseudés), con la que en nuestras lenguas hemos formado algunos cultismos.

Como en español, tenemos también en griego las tres formaciones básicas del lexema: el verbo mentir (yeudw / pséudo), el sustantivo mentira (yeudoV / pséudos), y el adjetivo mentiroso (yeudhV /pseudés). El significado no ha variado desde que se creó el concepto: quien miente, lo hace con intención de engañar o engañarse, y así van inseparables las ideas de mentira y engaño. Y como en español, también en griego se usaron estas palabras en formas menos duras (el paradigma es la "mentira piadosa").

En cuanto al segundo elemento, onoma (ónoma; gen. onomatoV/ onómatos), sí que hay una notable diferencia: para los griegos el nombre tenía, además de su valor práctico, toda una aura de cosa sagrada, en especial el nombre propio. No olvidemos que es en la antigua Grecia donde se inicia la discusión de los universales, que arreciaría en la edad media: sobre si los nombres emanaban de las mismas cosas y venían por ello a ser su representación natural, o si por el contrario se asignaban arbitrariamente.

Toda mentira bien construida ha de empezar mintiendo sobre el mismo nombre. Y esas son en efecto las que más prosperan. Por eso nos conviene ser conscientes de que antes de entrar a examinar otras mentiras de quien busca nuestro mal, hemos de averiguar si no está mintiendo sobre su propio nombre, si no se está escondiendo bajo seudónimos.

Mariano Arnal