FERMÍN

Firminus es la forma latina de Fermín; obviamente, el gentilicio de Firmus, es decir, hijo de Firmus, nombre romano originado en el respectivo sobrenombre elogioso, cuya versión española es Firmo, bajo cuyo nombre conmemora el martirologio romano cinco santos. Es un nombre que nos habla de firmeza, de resistencia, de solidez y de seguridad. La familia léxica de Firmus está compuesta por el verbo firmo, firmare, firmatum, (fortalecer, robustecer, consolidar), el adjetivo firmus (firme, fuerte, resistente), los sustantivos firmamentum (cimiento, firmamento, construcción sólida), firmitudo y fírmitas (firmeza, entereza, constancia, solidez, resistencia). Su contrario infirmus (débil) nos da la medida del valor de Firmus y de su gentilicio Firminus; y sus formas intensivas afirmar y confirmar, acaban de completar los valores léxicos que se atesoran en el nombre de Fermín.

San Fermín, patrón de Pamplona, según todos los hagiógrafos es un santo de los primeros tiempos del cristianismo, sin que haya sido posible hasta el presente fijar las fechas. Según las Acta Sanctorum de san Honesto, aceptadas y reproducidas por los Bolandistas, los padres de san Fermín fueron Firmo y Eugenia, ambos paganos. Su madre, convertida al cristianismo, encargó la educación de su hijo adolescente al presbítero Honesto, que más tarde sería obispo y más tarde recibiría la corona del martirio. Los progresos de Fermín en los estudios sagrados fueron tan espectaculares, que a los dieciocho años era ordenado presbítero. Y siguió creciendo en ciencia y virtud, de manera que a los pocos años era ordenado obispo sin sede asignada. Fue destinado por sus superiores a la evangelización del norte de las Galias y se dedicó a la predicación con extraordinarios frutos, por lo que fue señalado como víctima preferente en la persecución contra los cristianos. Sufrió martirio en Amiens (llamada Samorabriva durante la dominación romana), de donde fue el primer obispo, el 25 de septiembre. Su culto y sus fiestas son especialmente relevantes en Pamplona desde 1717, año en que el 7 de julio se consagró la capilla de san Fermín, construida con las aportaciones de los navarros de todo el mundo, y se trasladó a ella la efigie conteniendo las reliquias del santo. Desde entonces, cada 7 de julio se celebran en Navarra las fiestas en que se conmemora este acontecimiento.

Los Fermines celebran su onomástica normalmente el 7 de julio, aunque tienen la opción de volver a celebrarla el 25 de septiembre, que es cuando conmemora la Iglesia el martirio del santo. Otros cuatro santos con este nombre celebra la Iglesia el 11 y el 24 de marzo, el 18 de agosto y el 11 de octubre. Los sanfermines, para que se vea lo que da de sí el nombre, son una buena muestra de reciedumbre, de resistencia, de bravura, de firmeza, de afirmación. Como si por tratarse de san Fermín tuvieran que ser necesariamente así de bravas. El escritor norteamericano Ernest Hemingwei inmortalizó estas fiestas con su pluma y las hizo célebres en todo el mundo. Entre lo que lleva el nombre, que es mucho, lo que lleva el santo y lo que llevan sus fiestas, los Fermines pueden sentirse seguros de que llevan un nombre recio y pletórico de vida. ¡Felicidades!

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