Santa Irene de Bizancio, mártir del primer siglo del
cristianismo, fue bautizada por san Timoteo. Su nombre pagano era Danae, y lo trocó por
el de Irene al hacerse cristiana. Se convirtió en un mito para los griegos, de manera que
los datos biográficos se confundieron con los legendarios. Fue tal el prestigio de que
gozó esta santa, que se le dedicaron numerosos templos por toda la Iglesia oriental.
Santa Irene de Tesalónica vivió en tiempos de
Diocleciano y sufrió martirio en la persecución que éste desencadenó contra los
cristianos. Dicen las actas antiquísimas de su martirio, que vivía Irene con su padre y
sus dos hermanas, llamada Agape (Amor) una y Quionia (Pureza) la otra, en Tesalónica (hoy
Salónica). Que fueron detenidas y llevadas a presencia del prefecto quien, decidido a
conseguir un triunfo con Irene, usó con ella de todos los medios para doblegar su
voluntad. La expuso primero en una casa de lenocinio para que sufriera la humillación que
allí le esperaba. Pero algo había en su rostro que hizo que fuese respetada. Acusada de
haber ocultado en su casa libros prohibidos, contestó que no eran de ella; en efecto,
eran de toda la comunidad cristiana de Tesalónica. El prefecto, irritado porque no pudo
hacerla renegar de su fe, mandó quemarla viva. Sus dos hermanas fueron degolladas ante
ella.
Las Irenes celebran su onomástica el 21 de febrero (santa
Irene mártir); el 5 de abril (santa Irene de Tesalónica); el 5 de mayo (santa Irene de
Bizancio); el 18 de septiembre (santa Irene mártir); y el 20 de octubre (santa Irene de
Portugal).
Irene emperatriz de Constantinopla se distinguió entre
las grandes Irenes que han pasado a la historia. Nació de familia humilde el año 752.
Pero su talento y hermosura la hicieron digna esposa del que sería el emperador León IV.
Tuvo un gran ascendiente sobre su esposo, quien al morir le encomendó la tutela de su
hijo Constantino. Ocupó por tanto la regencia muy provechosamente para el imperio. Frenó
a los sarracenos e hizo la paz con el califa Harun al Raschid. Venció a los iconoclastas,
restableciendo el culto a las imágenes, por lo que la Iglesia Ortodoxa la elevó a la
dignidad de los altares.
El nombre de Irene es una exaltación de la Paz auténtica, no la
del sometido, sino la del aliado. Llamarse Irene obliga a ser dialogante, comprensiva. Es
un nombre que inspira fortaleza y flexibilidad a un tiempo. ¡Felicidades!