Es éste un nombre procedente del italiano buona
ventura. El primero que lo llevó, san Buenaventura, se llamaba Juan, pero su apodo
era Buona ventura, y así le llamaba todo el mundo, con lo que acabó siendo ese su
nombre. Es el mismo caso que ocurrió con el nombre de Francisco. Según la tradición,
fue precisamente san Francisco de Asís quien al serle presentado el pequeño Juan para
que lo curase imponiéndole las manos, exclamó al tiempo que lo curaba: "¡O
buona ventura! Y que a partir de entonces, todos lo llamaron Buenaventura. El
significado del nombre está al alcance de todos. En España llamamos
"buenaventura" a la adivinación que hacen las gitanas por las rayas de las
manos y por la fisonomía. Del mismo grupo léxico que ventura son venturoso, aventura,
bienaventuranza, bienaventurado.
San Buenaventura, llamado el doctor Seráfico,
forma parte del grupo de grandes hombres que en el siglo XIII estaban crando un nuevo
concepto de Europa y de la cristiandad. Era realmente angelical. Siendo una de las mentes
privilegiadas de su siglo, era de una humildad y de una sencillez cautivadoras. A los 17
años ingresó en la Orden de san Francisco y acabados sus estudios fue enviado de
profesor a la universidad de París. "Este es un verdadero israelita, en el que
Adán parece no haber pecado", dijo de él el rector de la universidad. Los
cargos, los honores y las responsabilidades le perseguían. Fue nombrado ministro general
de su orden, y a fe que se notó su rectitud aderezada con una paciencia y una bondad
ilimitadas. En 1271 consiguió poner de acuerdo a los cardenales de los distintos bandos,
que se dirigían a él para pedirle consejo. El papa Gregorio X, que salió elegido de
aquel cónclave, le nombró cardenal y obispo. Dicen que cuando llegó el nuncio del papa
con el capelo cardenalicio, tuvo que esperarse a que san Buenaventura acabase de fregar
los platos del convento: era su estilo, entraba en los turnos de limpieza igual que los
demás. El papa le encargó la preparación y la dirección del concilio general II de
Lyón. Murió en esta ciudad el 15 de julio de 1274 (tres meses antes, yendo de viaje para
el concilio, había muerto santo Tomás de Aquino). Su entierro fue de los que marcan
época. Asistieron a él todo el personal del concilio, el papa y el rey de Aragón, Jaime
I el Conquistador. Su obra más extensa (de 4.000 páginas en folio) son los
comentarios a las sentencias de Pedro Lombardo, y a partir de ahí una lista inacabable de
casi treinta obras, más 700 sermones (se sospecha que 200 de ellos se le han atribuido
sin ser suyos). Sólo en el siglo XV se habían hecho ya más de 50 ediciones de sus
obras. Cultivó especialmente la teología del amor.
El 15 de julio (algunos santorales señalan el 14) celebran su onomástica
los que gozan de este venturoso nombre. Un nombre singular, que por sí mismo habla de
buena ventura tanto para el que lo lleva como para quienes forman su entorno. No es poco
llevar la buena fortuna en el mismo nombre, máxime compartiéndolo con un santo patrón
que fue un modelo extraordinario de bondad, de sabiduría y de buena ventura, con un
enorme poder de irradiación, que con seguridad ha de alcanzar a sus homónimos.
¡Felicidades!