SARA
"Princesa", ese es el bello
significado de la palabra hebrea Sarai. Es hermoso que te llamen princesa. Eso es
señal de que quien así te llama, te ha entronizado en su corazón. Es tener la seguridad
de que para alguien eres una princesa. ¡Claro que es un nombre seductor! ¡Claro que es
halagador! Por eso sigue llevándose desde hace casi tres mil años; y mientras se conozca
su valor, no desaparecerá. Seguirá siendo el nombre de las que han sido elegidas por el
destino para ser princesas de corazones.
Santa Sara es una abadesa de
principios del siglo IV, durante el reinado de Teodosio el Menor, que rigió su
monasterio situado en la región de Libia llamada Sokhit Hmamou, en griego nitriothV nwmoV / nitriotes nómos (región de la sosa). Las fuentes de la época destacan
la virtud de la abadesa Sara, que llevó la comunidad que gobernaba a uno de sus momentos
de mayor esplendor. Recuerda el santoral romano otras dos Saras que merecieron el honor de
los altares, por lo que pueden las que llevan este nombre celebrar su onomástica
el 13 de julio, o bien el 12 de septiembre o el 9 de octubre.
Pero es de Sara, la mujer del patriarca Abraham, de donde
proviene la grandeza de este nombre. En un pueblo de estructura patriarcal como lo son
todos los que forman nuestro tejido cultural, el simple hecho de que la historia se ocupe
de una mujer, es señal de la enorme relevancia que ésta tiene en la construcción de su
pueblo. Es el caso de Sara, esposa de Abraham, mujer de belleza legendaria. Dos episodios
de su vida confirman el irresistible atractivo de Sara. Primero fue en Egipto, donde el
Faraón mandó incorporarla a su harén, convencido de que era la hermana, y no la esposa
de Abraham. Colmó de dones a Abraham: le regaló "ovejas y ganado vacuno y esclavos
y esclavas y asnas y camellos" (Gén. 12, 16). Cuando se enteró el faraón por las
calamidades que Dios le mandó, de que Sara era intocable por ser la mujer de Abraham, los
despidió a ambos con todo cuanto les había regalado. Volvió Abraham a las andadas con
Abimelec, rey de Gerara: también éste hizo llevar a Sara a su palacio, convencido de que
era la hermana de aquel gran jeque que se había instalado como extranjero en su
territorio. Abimelec tuvo una premonición en sueños. Dios le dijo que devolviese a Sara,
y así lo hizo. Pero fue la maternidad de Sara, en competencia con la de su esclava Agar,
lo que marcó su vida. Un día que estaban peleando el hijo de ésta, Ismael, con su
propio hijo, Isaac, decidió que aunque ambos fuesen hijos del mismo padre, tenían que
seguir caminos distintos. Y de este modo se deshizo de la esclava y de su hijo, quedando
ella como única mujer de Abraham, y su hijo como único heredero.
La historia de Sara nos rebela que fue una gran mujer no sólo
por su belleza, sino también por su carácter y por su gran habilidad en el manejo de
situaciones altamente conflictivas. Las Saras tienen en ella un espejo que no ha perdido
el brillo a pesar del paso de los siglos. Su nombre fue una premonición de lo que fue su
vida. Es lo que tienen derecho a esperar las Saras. ¡Felicidades, princesa!
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