SOFÍA

Sojia (Sofía) es la forma griega de este nombre. Se mantiene, pues, invariable a lo largo de los milenios. Significa sabiduría. Al que los romanos llamaban sapiens, los griegos le llamaban sojoV (sofós). Sofía era para ellos la sabiduría, el que a partir de Sócrates ("sólo sé que no sé nada") se consideró el ideal inalcanzable. Por eso renunciaron a la sofía para dedicarse a la filo-sofía, es decir a cortejar a la sabiduría, a acercarse a ella.

Santa Sofía de Constantinopla (AGIA SOFIA) es para la Iglesia oriental lo que la basílica de San Pedro del Vaticano es para la Iglesia católica. Es para ellos la iglesia más importante, la madre de todas las iglesias. Constantinopla fue desde su fundación por Constantino el Grande la capital del imperio romano de Oriente y la sede primada de la Iglesia ortodoxa. Era, por tanto, la capital religiosa del imperio bizantino. Y del mismo modo que la iglesia romana dedicó su primer templo al que era el cimiento y la piedra de la Iglesia, san Pedro, y sobre su sepulcro edificó la gran basílica, la iglesia griega dedicó su templo principal a lo que entendió que era el cimiento sobre el que estaba construido absolutamente todo: el hombre, el universo la propia Iglesia: lo dedicó a la santa sabiduría divina (Agia Sofia / Hagia Sofía), es decir a la Sabiduría de Dios. Y fue precisamente el prestigio de este templo, la joya del arte bizantino, y su capitalidad, lo que mayormente impulsó el uso de este bellísimo nombre de mujer.

Santa Sofía es el nombre de una mártir de los primeros tiempos del cristianismo. Dice el martirologio que sufrió el martirio durante la persecución de Adriano, hacia el año 140. El caso es que al ser tan necesaria la materialización de este nombre en una persona y en una biografía, el culto a esta santa se extendió muchísimo en la iglesia de Oriente. El fervor popular forjó en torno a ella una leyenda, parte de la cual eran sus tres hijas a las que llamó por amor a la religión que había abrazado, Fe, Esperanza y Caridad, que también sufrieron martirio.

Celebran su onomástica las Sofías el 18 o el 30 de septiembre, o bien el 30 de abril, días en que se conmemoran otras tantas santas de este nombre, que han engrandecido además un buen puñado de grandes reinas y princesas, que han hecho gala de su nombre y de la grandeza de su significado. Han reinado en Bizancio, Grecia, Austria, Países Bajos, Prusia, Rusia, Suecia; y más cerca de nosotros, la reina doña Sofía de España.

Es proverbial la acumulación de belleza en los nombres de mujer, y la de grandeza en todos los nombres de persona. En el de Sofía se han juntado lo más grande y lo más bello: la Sabiduría divina exhibida y glorificada precisamente en la mujer. Fue genial quien por primera vez impuso a una niña el nombre de Sofía. Un nombre que honra, embellece y obliga. Tienen las que lo llevan el deber de que su vida no esté en contradicción con su nombre, y para ello cuentan con la fuerza y la virtud de éste, que es de las más grandes. ¡Felicidades, Sofía!

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