DÍA DE TODOS LOS ¿MUERTOS?
Los coches van en tromba a los cementerios, pero se
quedan en las inmediaciones, en aparcamientos
habilitados con precipitación. Después de todo, los
coches sólo van a los cementerios una vez al año
¿Para qué un aparcamiento fijo? Los coches no saben
que muchos de los muertos que hay en los cementerios
proceden de accidentes de tráfico. Coches y motos.
Claro que ni los coches ni las motos son culpables de
la desgracia.
La culpa la tenemos los conductores que conducimos
bajo los efectos del alcohol y de las drogas, a veces
bajo el efecto de la chulería y de la gilipollez, que
tenemos unas prisas injustificadas y, sin saber bien
las razones, corremos mucho más de lo necesario. La
culpa la tienen los fabricantes que dotan a los
vehículos de capacidad para desarrollar velocidades
superiores a las permitidas. La culpa la tienen las
administraciones que se lo permiten hacer y luego se
empeñan en impedirlo recurriendo a prohibiciones que
no siempre dan resultados, salvo el puramente
recaudatorio. La culpa la tiene la sociedad, en
general, o sea todos nosotros, que no tomamos
conciencia de que los accidentes de circulación son
la primera causa de muerte, por encima del sida y del
cáncer.
Es muy posible que mientras escribo estas notas haya
unos cuantos accidentes de circulación en los que
ciertas personas hayan perdido la vida. Algunas de
ellas, quizás, se dirigían a los cementerios donde
acaso tienen algún familiar que, precisamente, había
muerto en accidente de circulación.
Sé que es muy duro hacer estas reflexiones justamente
hoy, pero también sé que esto es así y que va a
seguir siéndolo durante muchos años. Acaso sólo
cambie una cosa: que el número de cadáveres va a ser
cada día mayor.
Por lo demás, hoy es un buen día para reflexionar,
junto a los muertos y la muerte, sobre la velocidad
que en términos generales ha tomado la vida. Por lo
que a mí respecta, creo que estamos corriendo mucho
más de lo que sería razonable. Y no me refiero
solamente al coche o a la moto, me refiero sobre todo
a aquello en lo que está implicado el espíritu,
porque me da la impresión de que pasamos sobre las
cosas sin verlas, sin tocarlas, sin olerlas, sin
oírlas, de que los caminos por los que vamos acaban
en precipicios sin esperanza, de que coqueteamos
irremisiblemente con el vértigo y con el infarto.
Mariano Estrada