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ACTUALIDAD FIRMAS Mariano Estrada |
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Si
Jesucristo levantara la cabeza no iría a Jerusalén a
echar a los mercaderes del Templo con aquellas
conocidas palabras: “Mi casa será llamada casa de
oración y vosotros la habéis convertido en cueva de
ladrones”. A Jerusalén Iría para decir otras
cosas, como “Amaos los unos a los otros”. O por lo
menos no os matéis, añadiría yo, ya que no queréis
daros territorialmente la paz. Para
echar a los mercaderes del templo tendría que
ir a Bruselas, que es donde ahora se venden los
tomates y algunos tienen forma de Tratado
Constitucional. Ya saben ustedes que la llamada
Constitución Europea, firmada hace unos días en
Roma, es la culminación del Tratado del Carbón y del
Acero, es decir, la mercancía “heavy” de la
antigua Fragua de Vulcano. Éste desembocó en el
Tratado de Roma, donde empezaron a circular libremente
los bienes entre “los seis”, después llegó el
conflicto británico y la prueba de “los nueve”, y
luego la Europa de “los quince”, a la que España
aportó un granito de arena desde sus playas soleadas:
La Manga,
Benidorm, Torremolinos... y la alegría
emergente de los chistes suscitados por Fernando Morán.
A cambio,
fuimos un país subvencionado, en el que se
arrancaron los viñedos y los olivares y
en el que crecieron a sus anchas los
lazarillos. Nos ha ido bien hasta ahora. De
todos modos, no creo que a
Jesucristo se le ocurriera ir a Bruselas a
cuestionar los cambalaches de los mercaderes, sean
Estados o multinacionales. De hecho, Jesucristo no se
oponía a los negocios de los hombres y mujeres, ni
siquiera al más viejo de todos, sino a que éstos se
hicieran en lugares destinados al cultivo de la
espiritualidad. Y tampoco se refirió a los negocios
como tales,
sino únicamente al latrocinio que los envolvía.
Cueva de ladrones. Directamente Encarna. Por otro
lado, los negocios quedaron suficientemente bendecidos
y delimitados en la siguiente declaración de
principios: “Dad al César lo que es del César y a
Dios lo que es de Dios”, en la que quedaba
establecida la separación de poderes mucho antes del
nacimiento de Montesquieu. Con
sus más y sus menos, en esa separación hemos vivido
durante todos estos años, que ya suman dos mil. Unos
levantaron muchos templos, y se corrompieron, otros
muchos mercados, y se corrompieron también. Hubo
injerencias y conflictos, hubo ataques, hubo
infidelidades, hubo zancadillas, hubo incluso
guerras... Pero habíamos llegado a una “entente
cordiale” (más “cordiale” aún que la
“entente” franco-británica de principios de
siglo) en la que cada uno le decía a su compañero de
habitación:
“Let it be”. Eso por una parte. Por otra,
nuestro espíritu se había acostumbrado al chalaneo y
la mercadería y ésta, mal que bien, iba acomodando
los tiempos y los cambios a las viejas enseñanzas de
Jesucristo que, a pesar de las Iglesias, no han pasado
nunca de moda: “El cielo y la tierra pasarán, pero
mis palabras no pasarán” (Nota para navarros: no
leer pacharán). Lo
que quiero decir es que la civilización occidental se
ha ido levantando, además de sobre la filosofía
griega, el derecho romano y la ciencia natural, sobre
estos dos pilares fundamentales que nos interesa
resaltar: la democracia liberal con su economía de
mercado y los valores dimanantes del cristianismo. Por
cierto, habiéndose conseguido un equilibrio
beneficioso para todos que no debiera romper el César
unilateralmente, echando a Jesucristo del templo de la
Constitución europea, que no de la Sociedad, donde
Jesucristo ha sido, es y será siempre un modelo.
Él fue el que dijo que no sólo de pan vive el
hombre. Él fue el que dijo que había que amar a
nuestro prójimo como a nosotros mismos. Él fue el
que dijo que no había que responder a las agresiones,
sino ofrecer la otra mejilla. Ya sabemos de sobra que
el “ojo por ojo” no aplaca las iras de los judíos
ni el “diente por diente” sacia la sed de venganza
de los palestinos. Y al revés tampoco. La
Constitución Europea no se ha redactado para la
igualdad, sino para la conveniencia de los ricos del
Norte y en detrimento de los pobres del Sur y del
Este, que irán siempre a remolque. Y se prescinde,
por la vía del olvido y del silencio, de uno de esos
pilares sobre los que, como digo, se ha construido
esta Europa nuestra que ahora quieren copar en
exclusiva los mercaderes. El cristianismo es molesto,
naturalmente, porque, a pesar de su connivencia con
los ricos, se empeña en no soltar la mano de los
pobres. Es cierto que al camino de la igualdad le
quedan muchas leguas por recorrer, pero también es
verdad que, a partir de ahora, empezaremos a ser mucho
menos iguales.¿Por qué? Porque el edificio se
proyecta sobre una cimentación insolidaria. En
fin, parece ser que el César ha tomado las riendas de
nuestro futuro, con el objetivo de acaparar el poder y
asegurarse la primacía en los beneficios. El César
es un monstruo de veinticinco cabezas que se resumen
en dos, Francia y Alemania.
Su amanuense se llama Giscard, un viejo
chauvinista francés que, por cierto,
siempre ha mirado a los españoles por encima
del hombro. No obstante, los caminos de la firma del
Tratado, con la inestimable ayuda de Zapatero,
condujeron nuevamente a Roma, de cuyas catacumbas
emergió el cristianismo a pesar de la persecución de
los Emperadores. He
intentado escribir estas líneas “desde” la razón,
que es la que nos ha servido de guía tantos años,
pero tal vez la razón tenga que darse ya por ¿superada?
¿finiquitada? ¿En beneficio de qué, además del
entreguismo al dinero? ¿Estamos, como parece,
abocados a un futuro nihilista? ¿Cómo va a suplir el
nihilismo la necesidad que tiene el ser humano de
creencias o el refugio que le ha dado la fe?
Personalmente, declaro mi escepticismo religioso y mi
desencanto político. Lo cual no es óbice, dada mi
persistencia en creer en el hombre y en el progreso,
para que mi entendimiento tenga por bueno el
proyecto de una Europa unida, democrática,
justa,
solidaria... Una Europa respetuosa con las
tradiciones, las culturas y las lenguas de cada
miembro, pero también con los valores comunes
referidos anteriormente, porque éstos afectan a la raíz
sobre la que se asientan aquéllas y constituyen la
base de nuestra convivencia y de nuestro nada
despreciable patrimonio. Mariano
Estrada |
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